Qué maravilla la menstruación, ¿verdad? Cólicos por doquier, dolor de riñones, cansancio, retortijones, pinchazos sorpresa, preguntarle a tu amiga cada cinco minutos «¿me he manchado?», gastarse una pasta en compresas y tampones… Los hombres no saben la fiesta que se están perdiendo. Pero lo mejor de todo es cuando tienes ciclos irregulares, como en mi caso, y te baja la regla cuando le da la real gana y sin avisar: fantasía. ¿Que tienes planeado un viaje? Tomatazo. ¿Que justo viene tu chico de visita? Tomatazo. ¿Que llevabas semanas esperando esa cita? Tomatazo.
Esto último fue precisamente lo que me pasó a mí hace un par de meses. Aunque fue una auténtica putada, lo peor no fue que me bajara la regla por sorpresa en medio de una cita, sino lo que vino después. Había conocido a un chico, un amigo del novio de mi mejor amiga. Nos habíamos visto y charlado en varias ocasiones y entre nosotros había un flirteo implícito, una tensión sexual no resuelta porque, básicamente, nunca habíamos tenido la oportunidad de estar solos. Hasta que un día, el chaval cogió la sartén por el mango y me propuso quedar para cenar a solas.
La verdad es que antaño tenía un armario que hubiera sido la envidia de Bad Gyal, repleto de modelitos llamativos, outfits de femme fatale, tacones de vértigo… Sin embargo, con los años la comodidad se había impuesto a los looks sexys y atrevidos, hasta que aquella noche me dio un derrepente y me propuse ir vestida para matar. Digamos que la idea era que al chaval se le pusiera como el cuello de un cantaor nada más verme, así que opté por un micro vestido blanco súper ajustado. Y que sea lo que Dios quiera, pensé.
Mientras lo llevaba puesto y caminaba hacia el restaurante donde habíamos quedado, me sentí guapa y tremendamente empoderada, segura de mí misma como hacía mucho tiempo que no me sentía. ¿Por qué no me vestía así más a menudo? El caso es que cuando llegué, él ya me estaba esperando y cuando me vio aparecer se levantó de la silla de un brinco, con tal ímpetu que por poco tira la copa de vino. Supongo que objetivo conseguido, pensé llena de orgullo.
Él tampoco se quedaba atrás, estaba que se comía solo y el hecho de saber que estábamos a solas y que ninguno de nuestros amigos aparecería en ningún momento, le añadió más morbo a la cosa. De camino a nuestra mesa, podía notar cómo me miraba el culo a mi espalda y, una vez sentados, casi grito de alegría cuando puso su mano en mi pierna y se acercó para besarme. La cena iba sobre ruedas y yo me sentía súper cómoda con él. Pero como suele suceder en mi vida cuando algo va demasiado bien, el universo trabaja para bajarme los humos y devolverme a la realidad con dos hostias y un claro mensaje: estás on fire con ese vestido, sería una pena que te bajase la regla en este mismo momento… Y ¡glup! En aquel instante, noté como manchaba la ropa interior.
Además del cabreo, mil preguntas cruzaron mi mente. ¿Había cogido tampones? ¿Habría manchado el vestido? ¿Habría manchado la silla? Me disculpé, agarré mi bolso y, deseando no tener una mancha roja en mi vestido blanco, fui corriendo al baño donde suspiré aliviada. Sí, mi tanga estaba empapado, pero no había calado hasta la tela del vestido; me puse un tampón que por suerte llevaba en el bolso, me limpié con unas toallitas y decidí quitarme la ropa interior manchada. Era consciente del peligro de ir sin bragas por ahí con un vestido corto, pero ¿acaso tenía otra opción? Si la tenía, no se me ocurrió.
Después de decidir que sería un palo si por casualidad el chaval viera mi tanga manchado dentro del bolso, opté por tirarlo a la basura. Seguramente el polvo quedaba descartado, pero nunca se sabía, aún existen buenos guerreros que no temen manchar su espada de sangre. Así es que decidí seguir como si nada, con aquella actitud de tía sexy y segura de sí misma. Al ir hacia mi mesa, noté que algunas personas me miraban y que otras incluso se giraban para verme; yo me quedé flipada, no me imaginaba que pudiera levantar tantas pasiones, aquel vestido era mágico.
Cuando terminamos de cenar, me propuso ir a tomar una copa y yo acepté más que encantada, no iba a dejar que la regla me estropeara los planes. Una vez más, yo caminaba delante y notaba cómo su vista se perdía en mi trasero, solo que esta vez, cuando me giré para mirarle, él tenía una cara muy rara, como si le hubieran dicho que la declaración le salía a pagar. Entonces, me dijo muy serio mirando el bajo de mi vestido: «Tienes una cuerda o algo así». Fue cuando miré y vi que me asomaba un buen cacho del cordón del tampón.
No había contado con ello, pero al no llevar bragas, el hilito iba colgando a su libre albedrío asomando por debajo de mi vestido, como si yo fuese una piñata. Vale, creo que ahora sí que queda descartado el polvo, pensé. Volví a entrar al servicio a toda prisa rezando porque nadie más se diera cuenta de que parecía un petardo y lo resolví metiendo el hilito entre mis nalgas aunque ya lo mismo daba, porque cuando salí, el morbo y la tensión sexual se habían evaporado.
Sospecho que, aunque se hacía una idea de qué podía ser aquello, el tío, como cualquier otro, no estaba del todo seguro de qué era, total, hace poco leí que la mayoría de los hombres piensan que nos ponemos los tampones por el mismo orificio por el que hacemos pis. Consciente de ello o no, la cita terminó ahí y, aunque hemos vuelto a vernos junto al resto de colegas, nunca hemos repetido a solas. PD: desde entonces, llevo unas braguitas de repuesto en el bolso, nunca se sabe.
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