Durante mis años de universitaria daba clases particulares a adolescentes para sacarme un dinerillo extra. Me gustaba ayudar a otras personas y parecía que a la gente le gustaba mi forma de trabajar porque llegué a tener bastante volumen de trabajo.

Mi número de estudiantes aumentaba, pero mi economía aún no daba para comprarme una moto, con todo el mantenimiento que ello requiere. A esto le sumamos que el transporte público de mi ciudad era penoso, por lo que tenía que coger siempre el coche de san Fernando (Un ratito a pie y otro andando).
Aunque había días que me daba pereza y las primeras semanas sentí que se me desgarraban las piernas en varias ocasiones, le acabé pillando el gusto. Caminaba tanto que terminé desarrollando unos gemelos supersónicos, dignos de Contador al terminar una etapa.

Me sentía invencible, podía llegar a todas partes en menos de quince minutos y los paseos me ayudaban a despejar de mi día a día. Todo parecía perfecto pero una vez más la vida me dio una cura de humildad en forma de diluvio universal.

Aquel lunes parecía un día normal, tenía varias clases así que cargué mi mochila de libros y salí por la puerta. A mitad de camino comenzó a llover un poco, pero ilusa de mi decidí no dar la vuelta pensando que me daría tiempo a llegar. De golpe el cielo se abrió en dos y dejo car la mayor tromba de agua que he presenciado en mi vida. Lluvia y unas ráfagas de viento que hacían imposible caminar recto, la combi completa que diría Daddy Yankee.

 Y allí estaba yo, siendo completamente maltratada por un fenómeno meteorológico, tratando de arrastrarme con uñas y dientes hasta mi destino. Después de 10 minutos (que a mí me cundieron como dos horas) llegué a la clase como estaba planeado. Me abrió la puerta la madre de la criatura y me recibió como si acabase de encontrar un perro abandonado en una cuneta. Yo estaba completamente empapada, sentía el pelo chorreando y emanaba un tufillo a rana de charca.  

La mujer conmovida por mi situación de mierda en seguida se ofreció a dejarme algo de ropa, que yo haciéndome la digna, intenté rechazar. A mí me cuesta mucho aceptar que me ayuden, pero en el punto en el que estaba no podía seguir engañándome a mí misma, así que acepté.

Pero había algo con lo que no contábamos, las tallas, LAS PUTAS TALLAS. El cuerpo de mi salvadora era completamente diferente al mío no podía prestarme nada de su armario, pero sí podía dejarme algo de su marido.

Y así hijos míos, fue como terminé llevando un chándal de futbol sala regional del año 82 de un señor al que no había visto ni una sola vez. No solo tuve que ponérmelo, sino que tuve que exhibirlo en las dos clases que me faltaban por dar esa tarde y no recibí precisamente elogios por ello. Sólo puedo decir que es cierto que los borrachos y los niños dicen siempre la verdad, pero a veces uno no está preparado para oírlo.

Barby.