El compañero complaciente
La anécdota que os vengo a contar hoy pertenece a una buena amiga.
Mi amiga, a la que llamaremos Claudia, tenía 24 años, tenía un novio con el que la cosa estaba regulín y acababa de empezar a trabajar de recepcionista por las tardes mientras iba a la universidad por las mañanas.
Recuerdo la ilusión que le hizo encontrar aquel trabajo porque era una empresa muy prestigiosa, en un edificio muy bonito, le quedaba cerca de casa y tenía unos compañeros muy majos además de que, una vez terminara sus estudios, tenía oportunidad de moverse internamente y trabajar en otro puesto.
Así que empezó muy contenta y motivada. Le gustaba el trabajo, el trato con la gente, el horario y además era un lugar muy bonito así que estaba muy a gusto.
Durante los primeros días, como es habitual cuando empiezas en un sitio nuevo, se le fueron presentando los compañeros cuando pasaban por la recepción y, en una de estas presentaciones, conoció a uno muy particular.
Era un chico de 38 años, divorciado, muy simpático y divertido, que siempre le hacía bromas, le sacaba una sonrisa, le traía cafés.
Claudia, en ese momento, estaba un poco chof a nivel personal porque las cosas no iban muy bien con su novio y estaba de capa caída.
Llamaremos a su compañero majete Alberto.
Alberto, que era muy atento y observador, se dio cuenta de la situación y, rápidamente, se convirtió en su sombra.
Iba todos los días a saludarla, le traía chuches, chocolates, cafés, la esperaba a la hora de la comida para ir juntos, la acompañaba a casa en su coche muchas tardes cuando salían para que no se fuera sola (la empresa estaba en medio de un polígono industrial y no había muy buena conexión con transporte público y ella no tenía coche).
En fin, se deshacía en atenciones y halagos y, Claudia, que en ese momento estaba falta de cariño, se sentía reconfortada con sus detalles y su atención.
Hasta que llegó el día en que, como ya se venía divisando, rompió con su novio.
Fue una ruptura dolorosa y la verdad es que lo pasó muy mal y, Alberto, no se separo un segundo de su lado, fue su mayor apoyo. La ayudó muchísimo a pintar el nuevo piso, a montar muebles, acompañarla cuando le daban los bajones y las lloreras, hacerla reír, en fin, fue un soporte vital para ella que le empezó a coger mucho cariño, pero, a la vez, tenía claro que no quería embarcarse en una relación sentimental con él por 2 motivos: el primero, estaba saliendo de una ruptura dolorosa y no estaba preparada para otra relación y, el segundo, la diferencia de edad, el conflicto generacional y la diferencia en sus gustos y aficiones, hacia presagiar que no era una buena idea y que como pareja no eran compatibles.
Así que siguieron con su amistad, hasta que un día, sin saber muy bien cómo, estaban en el sofá de su casa hablando tranquilamente y la besó.
En ese momento, Claudia se apartó inmediatamente porque sintió que aquello no estaba bien. Sentía que era complicado porque no quería establecer una relación con Alberto, pero se estaba dando cuenta de que, él, si tenía esa esperanza y probablemente por eso estaba haciendo todo lo que hacía porque confiaba en que, con el tiempo y el cariño, ella, podría verlo con otros ojos.
Claudia entró en un mar de dudas y se debatía entre si debía poner tierra de por medio para que él no siguiera ilusionándose y no hacerle daño o bien, si debía abrir su mente y darle una oportunidad pese a que intuía que no iba a ser buena idea.
Finalmente, decidió dejarse llevar y lo que pasó fue realmente sorprendente. Resulta, que Alberto, le dio la mejor experiencia cochinota que había tenido hasta ese momento.
Ella era muy jovencita y solo había estado con 1 pareja sexualmente y al experimentar con él, se le abrió un nuevo mundo que ni se imaginaba.
Obviamente, la diferencia de edad, en esta cuestión era un factor que jugaba muy a favor de Alberto porque tenía mucha más experiencia y práctica.
Era habilidoso, delicado, cuidadoso, concienzudo, estaba super preocupado de que ella estuviera cómoda y disfrutara y le encantaba recrearse con la lengua en su entrepierna algo que era completamente nuevo para mi amiga.
Lo que pasó a continuación fue que mi amiga entró como en una especie de callejón sin salida en el que, por un lado, le encantaba tener sexo con él porque disfrutaba muchísimo y la hacía sentir una diosa, pero, por otro lado, sentía que no tenían nada en común y no podía establecer una relación con él.
Pasó una temporada increíble sumergida en un bucle de sexo sin fin que le devolvió el brillo y la confianza y la hizo gozar como nunca.
Como estaba en un vaivén emocional en el que no quería perder ese sexo tan maravilloso que había descubierto, pero tampoco quería que la cosa siguiera avanzando para no hacerle daño a Alberto, su encrucijada se iba haciendo más y más grande a medida que pasaban los días y sabía, que no podía seguir adelante con aquello.
Un día, se armó de valor y habló con él. No fue fácil, pero sentía que era lo que tenía que hacer. Alberto, se trincó un cabreo monumental, se fue y ya nunca más volvieron a verse.
Ella, guardó siempre el recuerdo de Alberto y aprendió que, aunque a veces cuesta y es doloroso, es mejor seguir tu instinto y ser honesto antes que alargar algo que no va a ninguna parte y hacer daño a otra persona.
Happy Gal
