Hasta seis mujeres de mi entorno cercano han sufrido abortos en los últimos tres años. No hablo de interrupciones involuntarias durante las primeras siete semanas, que son los más frecuentes, sino pasados la décima. Dos de ellos pasada la semana 20.
En todos los casos que conozco, supuso un verdadero drama. Eran bebés buscados y deseados. La perspectiva de su llegada inminente cambió para siempre a los padres, tanto como les cambió saber que, finalmente, no llegaría. Algunas de las mujeres de las que hablo han logrado nuevos embarazos después, otras aún lo están intentando, pero ninguna olvida lo que le pasó.
No quiero entrar en detalles porque no es el sentido del post, pero, entre todas ellas, varios fetos murieron y hubo que provocar la expulsión; algunos traían malformaciones y, en cuanto se detectó, se sugirió a los padres la interrupción. Con todo, me he preguntado si hay más abortos involuntarios ahora que antes, o si es solo que, por la edad que tengo, me entero de más casos cercanos.
¿Hay más?
He buscado información por curiosidad y no sé concluir si hay más abortos involuntarios ahora que antes, pero hay factores que apuntan a que sí. A día de hoy, es bastante común.
Una de cada 10 mujeres aborta por causas naturales antes de la semana 20 de embarazo. En el mundo se producen 44 pérdidas por minuto, 23 millones de abortos en total, y solo en España, en 2019, se registraron más de 47.000.
En cuanto a los abortos de mi entorno, todas las mujeres que lo sufrieron tenían más de 35 años. Al parecer, si la media es del 15% en total, las mujeres entre 25 y 29 años acaparan un 9%, las de alrededor de 40 años el 33%, y las de más de 45 años el 50%.
Es una realidad que no se puede obviar, pero también contribuye a generar culpas. Amigas y familiares tuvieron la sensatez de esperar la madurez emocional y estabilidad familiar y económica para embarcarse en la aventura de ser madres, pero, con el sistema actual, eso tarda en llegar (si es que llega). Y, a más espera, más riesgo.
Hay otro factor que he comentado con un ser querido recientemente: en los últimos años, las nuevas modalidades de ecografías han mejorado el diagnóstico de malformaciones fetales. La visión de los órganos internos es mucho más avanzada, lo que era una asignatura pendiente, y con la inteligencia artificial el diagnóstico se podría mejorar incluso más. Por lo tanto, podemos ver mejor las posibles malformaciones y somos más conscientes de lo que supondría tener un bebé con problemas de salud.
Un tema que sigue silenciado
Recuerdo el día en que una de mis mejores amigas anunció que había perdido a su bebé y estaba en el hospital. Se lo contó al resto de amigas por un grupo de WhatsApp no porque tuviera ganas de hacerlo, sino para evitar que le preguntaran por el embarazo en los días siguientes. En principio, parecía entera y trató de normalizarlo, porque, verdaderamente, se trata de algo bastante común y frecuente. Nosotras intentamos darle ánimos, algunas le preguntamos cómo estaba unos días después, pero después nada. Pasaron los días y aquello se convirtió en algo que no merecía ser recordado.
Me he quejado en algunos posts del poco tacto que se tiene con mujeres que acaban de abortar, al igual que con madres y con mujeres que no desean procrear, pero tampoco tengo claro que la solución sea no volver a sacar el tema. Es difícil saber cómo actuar: ¿esperar a que ella quiera hablar y decida con quién? ¿O preguntarle para que sepa que estamos dispuestas a escuchar? No es fácil identificar los factores pertinentes para el sí o para el no, pero es cierto que, pese al alto número de casos, sigue siendo un tema silenciado.
He visto a amigos perder padres, madres y hermanos en circunstancias bastante trágicas, y, aunque no hay necesidad de comparar, diría que una muerte perinatal deja heridas comparables. No importa que sus padres jamás vieran a esos bebés, en comparación con familiares que pasaron años en sus vidas y con quienes tienen cientos de recuerdos.
El impacto en la salud física y psicológica de las mujeres es demasiado alto como para que este sea un fenómeno tan silenciado. Mi amiga, como otras tantas mujeres, tuvo que gestionar esto en soledad, viendo a amigas cercanas tener embarazos y partos exitosos y con poca o nula orientación de las instituciones. Su aborto farmacológico fue, de largo, la peor experiencia clínica de su vida, y lo único que se llevó fue la sensación de haber tenido mala suerte. Solo le quedaba intentarlo de nuevo.
Así están las cosas para las mujeres que quieren ser madres: peleando por una estabilidad que tarda en llegar, despreciadas por la sociedad cuando no cumplen todos los criterios para ser madres y, a la vez, culpabilizadas cuando esperan mucho porque aumenta el riesgo. Además, cuando abortan, son ignoradas por los especialistas y por su red familiar, que no sabe cómo ayudarla y cree es mejor pasar un tupido velo. Lo llamo drama y me quedo corta.