Los cumpleaños infantiles dan para hablar largo y tendido. En mi época, mi madre me dejaba invitar a tres o cuatro amigas a casa, nos sacaba unos sándwiches de nocilla, unas patatas fritas y a correr. Ahora, más que cumpleaños, parecen bodas.

Canal de mamis en whatsapp, vente!

Con la única deferencia de que a mí ahora, con cuarenta y dos años que tengo, si no me invitan a una boda, me hacen un favor. Pero mi hijo con seis años, si se entera de que fulanito a celebrado su cumpleaños y no le han invitado, pues ya tenemos un berrinche montado.

Yo trato de explicarle la realidad de la vida, que no siempre nos van a invitar a todo, que hay niños con los que se tiene más afinidad que con otros, o que los papás han decidido que sólo van a invitar a un número reducido de niños, porque, a lo mejor, su economía no les permite invitar a toda la clase.

Pues mi hijo, como es de esperar, no lo entiende. Y cuando se entera de que un niño de su clase no le ha invitado al cumpleaños, automáticamente pasa a su lista negra. Y estar en la lista negra de mi hijo significa que ya no eres su amigo, por lo menos hasta el día siguiente. Es lo bueno de ser niños, que el enfado se te pasa con a luz de un nuevo día.

 

Pero el problema viene cuando llega su cumpleaños. Por supuesto, él ya no se acuerda de que fulanito no lo invitó a él y lo incluye en su lista de invitados, a él y a los otros dieciocho niños de clase. Porque a esas edades, tus amigos son todos los niños de tu clase.

Y no pasaría nada por invitar a diecinueve niños si no fuera porque los cumpleaños de ahora no son cumpleaños. Son eventos. Hay locales de fiesta, parques de bolas, animadores, pintacaras, meriendas temáticas, bolsas de chuches y, si tienes dinero, hasta un mago.

Yo a veces pienso en los cumpleaños de ahora y lo raro no es que los niños se enfaden cuando no les invitan, lo raro sería que no se enfadaran. Porque vaya despliegue de medios…

Está genial ir de invitado, pero cuando el que cumple años es tu hijo, tienes que organizarlo tú y encima tu hijo quiere invitar a toda la clase, aquí está el dilema.

¿Me lío la manta a la cabeza, alquilo un local e invito a toda la case, o le digo que escoja a sus diez mejores amigos y me los llevo a un parque de bolas con monitores que se encargan de vigilarles y jugar con ellos, les dan la merienda y no me tengo que preocupar yo de hacer los sándwiches de nocilla?

La segunda opción es más cara porque pagas por niño, a más niños, más dinero. Mientras que, si alquilas un local y preparas tú la comida, te da la opción de invitar a todos los niños que tu hijo quiera, porque, total, donde comen diez pues comen veinte.

Al final decides que mejor invitar a toda la clase para que ningún niño se sienta excluido. No hay necesidad de hacer pasar un mal rato a un niño porque no le han invitado a un cumpleaños.

Así que envías la invitación al grupo de WhatsApp de padres del cole, mientras rezas para que unos cuantos tenga actividades extraescolares ese día y no te vengan los veinte niños de la clase.

Que no es solo dar de merendar a los niños, que luego ni comen porque están jugando. Los peores son los padres que acaban con las cervezas en un abrir y cerrar de ojos.

Porque esa es otra: el cumpleaños infantil se ha convertido también en un pequeño evento social para los padres. Los niños corren como pollos sin cabeza por el local, mientras los adultos nos agrupamos cerca de la mesa de bebidas como si estuviéramos en un bar. Al principio todos somos muy educados: “¿Quieres una cerveza?”, “No, no, coge tú primero”. Diez minutos después, ya estamos abriendo la tercera.

Mientras tanto, los niños están completamente descontrolados. Uno llora porque le han quitado un globo, otro se ha caído, otro quiere soplar las velas aunque no sea su cumpleaños y siempre hay uno que decide que la mejor idea del mundo es abrir las bolsas de chuches antes de tiempo o meter un dedo en la tarta.

Cuando por fin se van todos los niños, llega mi parte menos favorita: limpiar el local. Globos desinflados por el suelo, servilletas pegadas a las mesas, restos de patatas fritas por todas partes… Y entonces pienso que el año que viene me los llevo a un sitio de esos con monitores que tú no tienes que hacer nada. Pago la entrada de los veinte niños, no me importa, con tal de no tener que limpiar yo el desastre.

Y ahí estás tú, recogiendo y pensando en el cumpleaños del año que viene, mientras tu hijo se acerca feliz y te dice:

—Ha sido el mejor cumpleaños de mi vida.

Y en ese momento se te olvida todo. El estrés, el dinero que te has gastado en la dichosa fiesta, el dolor de cabeza que tienes gracias a los gritos de los veinte niños, más algún hermanito que se acopló.

Porque al final los cumpleaños infantiles son para ellos. Y si tengo que invitar a diecinueve niños, pues los invito, con tal de que pasen juntos un día de diversión y ninguno de ellos esté en su casa llorando porque mi hijo no lo ha invitado a su cumpleaños.