Soy una de esas madres millenials que se ha informado de todo antes de serlo: embarazo, lactancia, puerperio, infancia… Lucía y mi pediatra y yo somos casi “besties”. Soy conscientes de todas las necesidades actuales de la maternidad y la paternidad y en casa intentamos seguir las últimas actualizaciones. 

Nuestros hijos llevan una alimentación diaria sin azúcares añadidos, toman fruta, mucha verdura y hacen ejercicio casi a diario. Vamos al parque y les damos almuerzos saludables. 

Les educamos en positivo y jamás se nos ha ocurrido levantarles la mano. Compartimos tiempo de calidad y bla-bla-bla. Pero hay veces que estoy hasta el moño. 

¿Desde cuándo el zapato empático es tan poco agradable con los bolsillos? ¿Por qué tengo que hacer cumpleaños multitudinarios a 15 euros por niño? ¿Qué es eso de estar de taxista para extraescolares que desarrollen sus capacidades cada día?

Yo hay veces que me planto. Y me planto no porque crea que está bien, lo hago por salud mental. Mirad, estoy hasta el mismísimo arco del triunfo de ser la rara porque mis hijos no ven la tele y no tocan pantallas y también porque al almuerzo llevan hummus, panes integrales y fruta de temporada. 

Las otras madres me miran con cara de ser la hierbas, la hippie o la pija-moderna. Y yo sé que son ellas las que deberían actualizarse, pero estoy cansada de luchar a contracorriente cuando esto implica a otros niños. 

Me explico. El año pasado hicimos el cumple de mi hijo en el parque y llevé crudités, empanadas caseras, hicimos una tarta sin azúcar y con dátiles… Y me lo llevé a casa casi todo intacto. No os imagináis el disgusto después de haber preparado todo con tanto cariño. 

Este año el cumple vuelve a ser en el parque y, que me perdonen las de Futurlife21, pero voy a llevar sándwiches de pan blanco y nocilla, jamón de york y queso del malísimo y una tarta de la Patrulla Canina de esas que venden hechas en los supermercados. ¡Soy una bruja!

 

Igual es por el entorno en el que yo me muevo, pero ser la rara y que tus hijos sean los del cumpleaños al que hay que ir merendados, no me apetece. En mi día a día hago lo que quiero y soy flexible: comer sano no implica que no se puedan hacer excepciones. 

Precisamente dentro de esas variables entran los cumpleaños de mis hijos: si hay que comprar chucherías para que se lleven sus amigos, se compran. ¡Un día es un día!

Muchas pensaréis que qué poco carácter, pero es más una cuestión democrática: voy a hacer una fiesta y todos menos nosotros quieren nocilla. No me cuesta nada romper mis costumbres porque sé que es esporádico. 

Este año todo el mundo va a salir del cumpleaños con un subidón de azúcar épico. ¡La casa de Hansel y Gretel va a ser sana al lado de mi merienda!

 

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