A principios de este siglo, apenas se conocían los problemas que podría provocar la píldora anticonceptiva. Era habitual que las mujeres la tomasen para regular su periodo menstrual y también que los hombres nos apuntásemos al carro por aquello de «a pelo es mucho mejor». Yo cambié al poco tiempo de esta anécdota y ahora uso siempre preservativo, pero quería recordar la historia que ahora te cuento.

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Mi pareja venía a mi ciudad para pasar unos días y me comentó que se le habían terminado las pastillas. Como no tenía ni la menor idea de cómo iba eso, me dijo que las pidiera en una farmacia que las solían vender sin problemas a cambio de la receta que ella traía en su equipaje. Así, me voy al hotel a ocupar la habitación y a dejar alguna sorpresa y busco dónde está la farmacia más cercana. La encuentro, veo a algunas chicas atendiendo a los clientes y disimulo hasta que veo a un mancebo que no parecía estar haciendo demasiado y me acerco sigilosamente como el que va a robar un banco.

Le pido las pastillas por su nombre y me dice que «tenerlas las tenemos, pero yo no se las voy a vender porque tomarlas contribuye a evitar embarazos y eso es pecado». Le comento que me parece muy bien su opinión, pero que si es un problema de su moral, que le diga a otra persona que me las venda. «Es que no se lo voy a decir porque soy el dueño de la farmacia y me niego a vender eso a cualquier persona». Le digo que si es por la receta, que no se preocupe porque mi pareja llegaba en una hora y si era necesario pues volveríamos a por las pastillas. 

«Le repito que no le voy a vender esas pastillas ni con receta, ni sin receta» me espetó el tipo. Fue entonces cuando le pregunté «¿entonces, para qué las tienes?». Me respondió que solo se las vendía a algunas chicas con síndrome de Down, o de Turner, para regular el periodo, pero nunca a mujeres. La conversación fue aumentando de intensidad y tras escuchar la homilía del domingo, y alguna que otra cita del evangelio, le grito: «¿me tengo que quedar sin follar dos días porque a ti te sale de los huevos?». 

En ese mismo momento, entra en la farmacia un señor mayor y me pregunta que qué sucede. Se lo explico y le dice al tipo «Pepito, tráele ahora mismo las pastillas a este señor y ya traerá la receta». Pepito sale corriendo que se las pela, vuelve con las pastillas y me las cobra. Le pregunto al recién llegado al respecto y me dice «disculpe, es mi hijo, está medio tonto por las drogas y ahora le ha dado por no vender ni pastillas anticonceptivas, ni preservativos. El año pasado fue peor porque no vendía antigripales diciendo que la gripe era un castigo de Dios que a quien le tocase tenía que soportar». Pillé las pastillas y si no me acordé de los ancestros de Pepito fue porque su padre me permitió pasar un gran fin de semana. Eso sí, llevamos la receta y Pepito estaba en la puerta barriendo. Al entrar me dijo «me han castigado por tu culpa, follador perverso». No nos quedó más remedio que reírnos y el apelativo todavía me lo dice mi mujer en ocasiones.

Años después supe que Pepito pegó un pelotazo enorme al vender la farmacia. Desde entonces, no sabemos nada de él. Hay rumores que indican que anda por la República Dominicana pegándose la vida padre. ¿Habrá abierto otra farmacia?

 

 

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