El olor a café recién molido llenaba la pequeña cafetería de la calle Huertas. Eva, con su mandil negro y el pelo recogido en un moño despeinado, miraba la cafetera como si fuera su peor enemiga. La máquina, nueva y supuestamente moderna, llevaba una semana complicándole la existencia.

—No me jodas, ¿otra vez? —gruñó mientras apretaba botones sin sentido, como si con fuerza se arreglara todo — Como no arranques juro que te subo a Wallapop.

—¿Sueles hablarle así a las máquinas? —preguntó una voz masculina, profunda y con un toque divertido.

Eva levantó la cabeza, medio sobresaltada. Ahí estaba él. El cliente misterioso que llevaba una semana viniendo cada mañana a las 9:15 en punto. Café con leche, un poco de azúcar y esa sonrisa que parecía decir «sé algo que tú no sabes».

—Solo a las que no hacen su trabajo —respondió, levantando una ceja.

—Espero que no le grites igual a la tostadora. Sería un drama si se declarara en huelga —contestó él, dejando un billete de cinco euros en el mostrador.

—Café con leche, ¿no?

Él asintió, y Eva no pudo evitar observarlo un poco más de lo normal. Tenía un aspecto desaliñado, pero en el buen sentido. Camisa blanca remangada, barba de dos días y unos ojos que parecían tener su propia banda sonora.

Cuando le sirvió el café, el hombre se quedó un segundo mirándola antes de hablar.

—Hoy el tiramisú estaba delicioso, aunque creo que no tanto como tú.

Eva se quedó paralizada. ¿Le había soltado un piropo? ¿Un comentario sarcástico? Antes de que pudiera responder, él cogió su café y se fue, dejándola con un nudo en el estómago y un pensamiento incómodo: «¿Quién demonios es este tío?»

La rutina continuó. Cada mañana a la misma hora, el hombre del café con leche entraba, dejaba su billete exacto y se sentaba en la misma mesa, al fondo, junto a la ventana. Siempre llevaba un cuaderno negro, en el que escribía sin descanso, como si el mundo a su alrededor no existiera.

Eva estaba intrigada. ¿Era periodista? ¿Un profesor corrigiendo exámenes? ¿Un poeta maldito? No tenía ni idea, pero había algo en él que la sacaba de quicio y, al mismo tiempo, la fascinaba.

Todo explotó el viernes, cuando el hombre misterioso olvidó su cuaderno en la mesa. Eva lo vio cuando estaba recogiendo las tazas y, después de una batalla interna, decidió abrirlo.

Las primeras páginas eran frases inconexas. «La vida es como un café: amarga, pero adictiva.» Eva bufó. ¿Qué era esto? ¿Un libro de autoayuda? Pero entonces, al pasar la página, se topó con algo que le hizo abrir los ojos como platos.

«Sus manos recorrieron su espalda como si estuviera intentando aprenderse cada centímetro de su piel. Su boca, ardiente, se deslizó por su cuello, arrancándole un gemido que resonó en la habitación como un eco de deseo…» 

—¡Pero qué coño! —soltó en voz alta, cerrando el cuaderno de golpe.

Acababa de leer una escena erótica tan explícita que casi sentía que le ardían las mejillas. ¿Ese hombre escribía… eso?

Esa noche, mientras cerraba la cafetería, el hombre apareció en la puerta, con el ceño ligeramente fruncido.

—Creo que tienes algo mío, Eva.

Ella se cruzó de brazos, intentando parecer más tranquila de lo que estaba.

—¿Ah, sí? ¿Te refieres al cuaderno lleno de… cosas?

Adrián —porque por fin le dijo su nombre— suspiró, visiblemente incómodo.

—Es un borrador. No suelo dejarlo por ahí, pero hoy iba con prisa y…

—¿Eres escritor? —preguntó Eva, intentando sonar casual, aunque por dentro estaba a punto de explotar de curiosidad.

—Algo así.

Adrián intentó cambiar de tema, pero Eva no se lo permitió. Durante la conversación, entre bromas y pullas, él confesó que escribía bajo un pseudónimo y que, sí, sus libros eran de literatura erótica.

Eva no sabía si reírse o aplaudir. 

—O sea, ¿tú eres el tío que hace que media España se quede leyendo hasta las tantas? —preguntó, intentando contener una carcajada.

—Eso parece.

Y, por primera vez, Adrián la miró con un atisbo de vulnerabilidad.

Lo que comenzó como un descubrimiento inesperado se convirtió en una conexión inesperada. Adrián empezó a quedarse más tiempo en la cafetería, a hablar con Eva sobre sus historias, sus bloqueos y su miedo a que su trabajo fuera considerado “una tontería”.

Por su parte, Eva empezó a confiar en él de una forma que no había hecho con nadie desde hacía años. Compartió sus propios miedos, su inseguridad sobre si

el negocio iría bien, su tendencia a sabotear sus relaciones antes de que pudieran salir mal.

Un día, mientras Eva intentaba enseñarle a hacer un tiramisú, la cocina se convirtió en un desastre. Adrián, más torpe que un niño pequeño, terminó con la cara llena de harina.

—Eres un desastre —dijo Eva, riendo a carcajadas.

—Y tú una mandona.

Lo que empezó como un juego terminó con ambos riendo hasta que sus rostros quedaron peligrosamente cerca.

Fue Adrián quien rompió la distancia, y Eva, quien le respondió sin dudar.

La harina aún flotaba en el aire como si estuvieran en medio de una tormenta culinaria. Ella se llevó una mano a la cadera, intentando parecer autoritaria, pero el rastro de chocolate en su mejilla la traicionaba.

—Adrián, si sigues así, vas a ser la primera persona en morir por un tiramisú.

—Y qué forma más dulce de morir —respondió él con una sonrisa torcida que consiguió que a Eva se le escapara una risa.

—Dios, eres insufrible.

—Pero irresistible, ¿verdad?

Eva se giró, evitando su mirada. Maldita sea, era cierto. Adrián tenía esa mezcla de seguridad y vulnerabilidad que le hacía parecer el protagonista de una de sus novelas, y eso la ponía nerviosa. Pero no iba a dárselo tan fácil.

—Lo que eres es un peligro en la cocina. ¡Fuera de aquí! —dijo, apuntándole con una cuchara de madera como si fuera una espada.

—Solo si me acompañas.

El tono de su voz cambió, bajó una octava, y Eva se quedó clavada en el sitio. Había algo en la forma en que la miraba, como si estuviera buscando permiso para traspasar esa barrera invisible que ambos habían fingido no notar.

—Adrián… —empezó ella, pero él ya había acortado la distancia.

El segundo beso fue lento, como si ambos quisieran asegurarse de que no era un error. Pero pronto, la paciencia dio paso a la urgencia, y Eva terminó con la espalda contra el frigorífico, mientras las manos de Adrián se enredaban en su cintura.

—¡El tiramisú! —gritó de repente Eva, apartándose de golpe.

—¿Qué?

—¡Se está quemando!

Adrián se giró hacia el horno con una mezcla de confusión y frustración, mientras Eva intentaba recuperar el aliento y disimular el rubor que le subía hasta las orejas.

El tiramisú estaba arruinado, pero ni uno de los dos se atrevió a decir que les daba igual.

Eva siempre había sido buena poniendo límites. Era su mecanismo de defensa favorito.

Pero Adrián era otra cosa. Parecía saber exactamente cómo deslizarse entre las grietas, con su mezcla de humor, intensidad y esa sonrisa que prometía problemas. 

La tercera vez que salieron, oficialmente como «amigos» según Eva, acabaron en una feria callejera. Había luces de colores, puestos de comida, y una tómbola con premios ridículos como peluches de mal gusto y plantas en macetas horteras.

—¿Te imaginas ganando un ficus? —bromeó Eva mientras Adrián compraba un par de boletos.

—Prefiero ganar algo que te haga reír. Aunque no sé si puedo superar al ficus.

Adrián ganó un patito de goma, y lo entregó con toda la seriedad del mundo.

—Para ti, señorita. Por ser la reina de los tiramisús arruinados.

Eva no pudo evitar reírse, y justo cuando iba a devolverle el patito, Adrián se inclinó y la besó. Fue rápido, inesperado, pero lo suficientemente intenso como para dejarla sin palabras.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó, todavía con el patito en la mano.

—Un experimento. ¿Te ha gustado? —replicó Adrián con esa sonrisa que tanto la sacaba de quicio.

—Cállate.

Pero no pudo evitar sonreír mientras caminaban juntos bajo las luces de la feria.

Las cosas se complicaron cuando Eva decidió leer uno de los libros de Adrián. Después de semanas de bromas y pullas sobre su trabajo, una noche cogió su móvil, buscó el pseudónimo de Adrián y descargó el primer libro que encontró.

La historia era… intensa. Escenas cargadas de erotismo, diálogos afilados y un protagonista masculino que, para su horror, le recordaba demasiado a Adrián.

—¿Estás bien? —preguntó él al día siguiente, cuando entró en la cafetería y la encontró roja como un tomate.

—Perfectamente —mintió Eva, apretando los labios.

—¿Has leído algo mío?

—¿Yo? No.

Adrián se inclinó sobre el mostrador, acercándose lo suficiente como para hacerla retroceder.

—Mientes fatal, Eva.

Ella le lanzó un trapo, que él atrapó al vuelo.

—Vale, sí. Lo he leído. Pero… no entiendo cómo puedes escribir esas cosas.

—¿Qué cosas? —preguntó él, divertido.

—¡Ya sabes! Esas escenas… explícitas. ¿Cómo puedes saber tanto de eso?

Adrián se encogió de hombros, claramente disfrutando de la incomodidad de la mujer.

—Tengo imaginación. Y experiencia.

Eva sintió que el calor le subía hasta las orejas.

—Eres insoportable.

—Y tú eres adorable cuando te pones roja.

Los meses fueron pasando y día a día, quedaba claro la relación entre Eva y Adrián iba bien.

Demasiado bien. Tanto que Eva empezó a sentir ese pequeño cosquilleo de paranoia, como si algo estuviera a punto de romperse. ¿Cómo no? Las cosas bonitas nunca duraban, ¿verdad? Y con Adrián, siempre parecía haber algo no dicho, algo que él guardaba en un rincón al que ella no podía acceder.

El detonante fue una noche lluviosa, en la que Adrián llegó tarde a su cita en la cafetería. Habían quedado para cenar juntos y ver una película, pero él apareció con el pelo mojado, un gesto de disculpa y una actitud que no encajaba.

—¿Qué pasa contigo? —preguntó Eva, cruzándose de brazos.

—Nada. Perdona, se me ha hecho tarde —respondió él, evitando mirarla.

—¿Se te ha hecho tarde o no querías venir? Porque si es lo segundo, dímelo y nos ahorramos el paripé.

—Eva, no empieces.

—No empiezo. Es que llevas días raro y ni siquiera tienes la decencia de explicarme por qué.

Adrián suspiró, pasándose una mano por el pelo.

—No estoy raro. Es solo que… a veces necesito espacio, ¿vale?

—¿Espacio? ¿De qué? ¿De mí?

La palabra salió más fuerte de lo que Eva pretendía, y por un segundo, la cafetería pareció quedarse en silencio. Adrián levantó la mirada, y lo que vio en los ojos de Eva le hizo tragar saliva.

—No es de ti, es de mí mismo. A veces… no sé cómo gestionar todo esto. Tú, yo, nosotros.

—¿Sabes qué? Déjalo. Si no sabes cómo gestionar esto, no hay nada más que decir.

Eva dio media vuelta, intentando ocultar las lágrimas que ya amenazaban con salir. Pero antes de que pudiera llegar a la puerta, Adrián habló.

—Eva, espera.

—¿Para qué? ¿Para que me digas otra vez que necesitas espacio? Ya he oído suficiente.

Él se quedó allí, en mitad de la cafetería, con una expresión que mezclaba frustración y arrepentimiento. Pero no la detuvo. No esta vez.

Los días siguientes fueron un caos para Eva. Se volcó en su trabajo, haciendo tiramisús como si fuera una terapia. Pero cada vez que veía la mesa de Adrián vacía, un peso se instalaba en su pecho.

Adrián tampoco estaba mejor. En su apartamento, rodeado de páginas escritas y tachadas, intentaba trabajar en su nueva novela, pero cada frase parecía equivocada. Todo lo que escribía estaba impregnado de la ausencia de Eva, y no podía ignorarlo más.

Una tarde, mientras miraba el cuaderno negro que Eva había leído, algo dentro de él hizo clic. Si quería recuperarla, tenía que ser honesto. Totalmente honesto. 

Así que lo escribió todo. Desde cómo se había sentido cuando la conoció hasta cómo tenía miedo de arruinar lo que tenían. Era una confesión en toda regla, una carta sin adornos ni excusas.

Y la dejó sobre la barra de la cafetería, junto a un café con leche.

Cuando Eva llegó aquella mañana, encontró la carta. Su nombre estaba escrito en la portada, con la letra inconfundible de Adrián.

La abrió con cuidado, como si temiera que las palabras fueran a herirla, pero lo que encontró fue algo completamente diferente.

«Eva, 

No sé si leerás esto o si acabarás tirándolo a la basura, pero necesitaba decírtelo. Soy un idiota. Siempre lo he sido. Pero contigo… ser un idiota duele más, porque sé que te mereces algo mejor. La verdad es que tengo miedo. Miedo de que, si esto va bien, termine arruinándolo. Porque siempre lo hago. 

Pero la idea de perderte duele más que cualquier miedo que pueda tener. Y por eso estoy aquí, escribiéndote esto, porque no quiero que pienses ni por un segundo que no eres suficiente. Lo eres. Lo eres más de lo que puedo expresar en palabras, y créeme, he intentado expresarlo. Si quieres hablar, estaré en la mesa del fondo, a las 9:15. Como siempre.» 

Eva terminó de leer la carta con lágrimas resbalando por sus mejillas. Miró el reloj: 9:10.

Sin pensarlo dos veces, corrió hacia la mesa del fondo. Y ahí estaba Adrián, con un café a medio terminar y una mirada de nerviosismo que nunca antes había visto en él.

—¿Esto es real? —preguntó Eva, mostrando la carta.

—Tan real como que estoy aquí.

Ella no dijo nada más. Simplemente se inclinó hacia él y lo besó.

Después de aquella reconciliación, las cosas no fueron perfectas, pero fueron reales. Adrián aprendió a comunicar sus miedos en lugar de huir de ellos, y Eva dejó de anticipar el desastre antes de que ocurriera.

Una noche, mientras cenaban en el pequeño apartamento de Adrián, él sacó un cuaderno nuevo.

—¿Qué es esto? —preguntó Eva, levantando una ceja.

—Nuestra historia. Quiero escribirla contigo. 

Eva se rió, incrédula.

—¿Qué dices?

—Digo que somos mejores juntos. Y quiero que esto quede plasmado. Eva cogió el bolígrafo que Adrián le ofrecía y escribió las primeras palabras:

«Capítulo 1: El hombre del café con leche».

 

Themis

Relato de ficción