La eterna presión estética sobre las mujeres 

No hay negocio más rentable que nuestra inseguridad y tampoco revolución más poderosa que  una mujer en paz con su cuerpo. 

Hoy en día, aprender a gustarte tal y como eres es el acto más libre y revolucionario. 

¿Qué pasaría si mañana todas las mujeres del mundo se despertaran y decidieran que  realmente aman su cuerpo y se gustan tal y como son?  

Si, de repente, se levantaran de la cama y decidieran que se niegan a seguir viviendo peleadas  con su cuerpo, a seguir midiendo su valor por una talla, si se plantaran y afrontaran que su  mayor miedo es envejecer y darse cuenta de que han perdido la mayor parte de su vida  odiando su cuerpo. 

¿Puedes imaginar cuántas industrias se irían a la quiebra y se hundirían? 

La insatisfacción corporal reinante en nuestra sociedad no es una casualidad, es uno de los  negocios más rentables que existen. Porque siempre que en tu cuerpo haya algo que corregir,  mejorar o arreglar, habrá alguien que te venda un método milagroso para lograrlo. 

Y así, desde pequeña, te enseñan que, si algo no te gusta de ti, debes cambiarlo. No nacemos  odiando nuestros cuerpos, buscando nuestros defectos ni hundidas en una montaña de  complejos.  

La industria, se encarga de aleccionarnos desde que nacemos para hacernos creer que somos  defectuosas y tenemos un millón de cosas que corregir y cambiar para encajar en el molde que  nos han impuesto. 

Pero esa meta nunca llega, siempre falta algo, pero ese algo, no es real, sino una ficción que  supone el secreto del éxito de una industria muy lucrativa. 

Así que debemos recordar que nuestro cuerpo no es el problema. El problema, es el sistema  que te ha enseñado a no quererte para forrarse a costa de tu insatisfacción. 

Una industria que se alimenta creándote inseguridades y vendiéndote soluciones milagrosas:  cremas antiarrugas, sérum para los poros, ropa moldeadora, dietas imposibles, maquillajes  correctores, extensiones de cabello, uñas de gel, lifting de pestañas, suplementos… 

Todo pensado para mantenernos ocupadas intentando gustarnos, pero sin que lleguemos a  estar satisfechas. 

Vivimos dentro de un sistema que no quiere que te quieras, quiere que consumas.  

Cada vez que crees que eliges algo, alguien, lo decidió por ti, tus deseos no nacen de ti, nacen  de un algoritmo que te dice lo que tienes que cambiar, mejorar o comprar. 

Vemos en Tik Tok a niñas de 12 años diciendo: “No puedo ir al cole con estas ojeras” y  enseñando a otras niñas como maquillarse y compartiendo sus “wishlist” con todos los  productos de belleza que quieren comprar de Sephora. 

El otro día, yo misma estaba en Druni en el pasillo de los productos capilares abrumada por la  cantidad ingente de acondicionadores para el cabello que hay y escuché como, en el pasillo de  al lado, había un grupito de niñas de 13 años, recomendándose entre ellas las distintas rutinas de los 9 pasos de skin care coreanos, el retinol para eliminar las líneas de expresión y el ácido  hialurónico, como productos imprescindibles para usar a diario.  

Yo, no podía más que echarme las manos a la cabeza pensando en cómo era posible que unas  niñas de esa edad estuvieran ya hablando como si tuvieran imperfecciones que corregir en su  piel.  

Os juro que me sobrepasó el momento y me aterrorizó pensar en cómo es posible que hayan  llegado a esa conclusión con solo 13 añitos y una piel angelical. 

Y, para muestra, un botón, con el lanzamiento de Sephora Kids, la nueva línea de Sephora para  niñas, donde puedes ver en su anuncio a niñas de 5 o 6 añitos con mascarillas hidratantes en la  cara, parches antiojeras debajo de los ojos, maquillaje y un sinfín de barbaridades mas que no  deberían ser legales.  

¿En qué momento una niña de 6 años necesita una mascarilla de colágeno o unos parches  antiojeras? ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar la industria de la moda y la belleza para seguir  facturando?  

Lo peor de todo es que su equipo de marketing lo vende como algo entrañable, como un  momento de conexión entre madre e hija donde la madre le enseña desde pequeña todos los  rituales de belleza que la niña debe aprender para llevarlos a cabo durante toda su vida. 

La industria cosmética en el mundo facturó 11.200 millones de dólares en 2024, un 8% más  que el año anterior.  

Lo mismo sucede con los “retoquitos no invasivos” donde las clínicas estéticas hacen su agosto  con campañas que dan vergüenza ajena como la que tuvieron que retirar de Clínicas Dorsia por  el aluvión de denuncias que recibieron por su eslogan:  

“Otro verano más cambiando el panorama de las playas” 

Acompañado de una fotografía de una modelo perfecta en bikini. Pues yo que quieres que te  diga, cuando voy a la playa, también veo señores peludos y con barriga y no estaban en ese  cartel, pero claro, las imperfecciones que deben ser corregidas solo son las nuestras, parece  que los hombres, afortunadamente para ellos, están exentos de este asedio estético.  

Al menos, por ahora… 

El 70% de las jóvenes se identifica con un trastorno de conducta alimentario y afirma que no  recuerda haber tenido nunca una buena relación con la comida. 

Y todavía continua vigente la creencia de que, si 80.000 mujeres se operan para aumentarse el  pecho cada año en España, será porque ellas quieren, pero, la realidad, es que lo hacen debido  a la presión estética a la que estamos sometidas y a la eterna persecución del canon de belleza  establecido por campañas como esta. 

El pelo, la cara, el cuerpo, la ropa, el bombardeo constante y especialmente con la eclosión de  las redes sociales, que son super peligrosas para las chicas jóvenes que son tan influenciables y  vulnerables y están especialmente expuestas a desarrollar un sinfín de inseguridades y  complejos por tratar de seguir los estándares de belleza de la industria de la moda, la  cosmética y de las influencers.

Esa industria que, aprovecha el capitalismo de plataforma y, mientras se pueda monetizar, seguirá circulando como una ola gigante que nos arrasa a todos. 

Por desgracia, es un fenómeno tan alarmante como el hecho de que hay una oleada de  adolescentes que se están inyectando botox de forma ilegal en la trastienda de dudosos  centros de estética y, en consecuencia, la asociación dermoestética española ha lanzado una  campaña denominada “Tu cara no me suena” para tratar de frenar y concienciar sobre esta  barbaridad. 

Ahí, me di cuenta de que, la nueva enfermedad silenciosa que padece esta generación, la  dismorfia del filtro, es ya una realidad.  

La gente ya no quiere verse como son ellos mismos al natural, quieren verse con un filtro.  

Los filtros, ya no son un juego, son una nueva identidad. La gente se mira al espejo y no se  reconoce porque su “yo real” no se parece al de Instagram. Los filtros destruyen la percepción  corporal real: piel perfecta, nariz afilada, cejas retocadas, mandíbula marcada, ojos más  grandes, etc.  

En consecuencia, el cerebro, empieza a odiar tu cara real, y, a nivel psicológico, se genera una  desconexión entre tu rostro verdadero y tu rostro modificado digitalmente y, eso, dispara la  ansiedad, la inseguridad y el rechazo hacía ti mismo.  

Mucha gente termina en centros de cirugía estética pidiendo retoques que solo existen en los  filtros de tu móvil: narices irreales, ángulos imposibles, labios que no funcionan  fisiológicamente, pómulos que cambian toda la estructura facial. 

Todo esto termina dañando la salud mental y desemboca en tener la autoestima en el  subsuelo, una comparación enfermiza con modelos irreales, ansiedad social, dependencia de la  aprobación externa y necesidad constante de verse perfectos.  

La dismorfia del filtro es una forma moderna de auto-odio.  

No te das cuenta de que eres único, pero terminas convirtiéndote en una copia de miles.  

Otro momento sobrecogedor lo viví hace un par de semanas en un taller de danza maravilloso  al que fui donde, en una primera parte, nos sentábamos todas las asistentes en el suelo  formando un círculo y nos íbamos presentando una por una y compartiendo qué nos había  llevado al taller.  

Fue demoledor ver cómo, de 15 mujeres que éramos en aquella sala, todas, absolutamente  todas, teníamos la autoestima cogida con pinzas.  

Yo, miraba atónita a mis compañeras mientras se iban presentado y destapaban su  vulnerabilidad compartiendo que, en la mayoría de los casos, habían ido a ese taller buscando  un espacio seguro, lejos de los juicios y las críticas a su cuerpo, donde pudieran sentirse libres  por un momento en una burbuja de seguridad en un espacio donde reencontrarse consigo  mismas sin miedo a ser juzgadas por si bailaban mejor o peor, por si pesaban unos kilos de más  tras haber sido madres, por si tenían celulitis o por si habían decidido dejar de teñirse el pelo y  sus canas condicionaban su vida presas del edadismo.  

Yo, las miraba, y solo veía un grupo de mujeres preciosas, fuertes, valiosas y naturales, y no  podía dejar de pensar en que, ojalá, se vieran a través de mis ojos y no los de la sociedad.

Al terminar las presentaciones, hicimos un ejercicio muy bonito, antes de empezar a bailar,  teníamos que escoger a una compañera y escribirle en un papel una breve nota con las cosas  positivas que veíamos en ella.  

Fue como un ejercicio de empatía y cariño y, de verdad, que no os puedo explicar el ambiente  que se creó cuando empezábamos a recibir cada una nuestra nota y la leíamos.  

El grado de emoción, gratitud y amor fue increíble, fue como una catarsis en la que nos  emocionamos al recibir palabras bonitas de una desconocida y, eso, para mí, fue otro dato  revelador y terrorífico.  

Solo podía pensar en cómo es posible que mujeres tan fuertes, bonitas y valiosas, se sientan  tan vulnerables que les produzca tanta emoción recibir un cumplido de una persona que  acaban de conocer. 

En términos generales, la autoestima es una asignatura pendiente entre las mujeres, debido a  que hay una presión constante de una industria gigantesca que representa el 8% de la industria global y que nos quiere acomplejadas e inseguras para poder seguir vendiéndonos sus  productos. 

Como sociedad, deberíamos luchar contra esto, plantarnos y no perpetuar este patrón con las  siguientes generaciones para que crezcan libres y abracen el amor propio. 

No debemos seguir opinando de cuerpos ajenos ni sacar conclusiones en base al aspecto de las  personas sin conocer su contexto y su historia. 

Lo que es una contradicción en si misma es el hecho de que, supuestamente, estamos en una  época en la que el feminismo se ha abierto paso, pero, irónicamente, tenemos que ser cada día  más perfectas. 

La cirugía estética, solo en España, ha aumentado un 215% en los últimos 8 años, las  operaciones estéticas en mujeres se han triplicado, y el 80%, son mujeres menores de 30 años. 

La violencia estética es como un tipo de presión social que obliga, particularmente a las  mujeres, a pertenecer a cierto tipo de cuerpo con ciertas características y eso va a implicar que  muchas de ellas, hagan cualquier cosa por encajar en ese canon. 

El motivo más frecuente por el que las mujeres son discriminadas es por su apariencia física y  por su edad. 

El cuerpo, la cara y la belleza hegemónica que se muestra en todos los medios de comunicación  no es real, suele ser un cuerpo joven, delgado, con una piel perfecta, sin poros, manchas,  arrugas o celulitis, sin importar si una mujer ha parido 3 veces, siempre, debe regresar a su  estado perfecto para ser aceptada y no incomodar. 

Hay toda una industria mundial intentando con mucho ahínco que nos odiemos por lo que es  urgente que nos paremos y hagamos un ejercicio extremo de amor propio.  

La inseguridad estética está tan intrínsecamente unida a las mujeres que da miedo. Vivimos  todo el día preocupadas por encajar y cumplir con el patrón correcto. 

Y yo me pregunto: ¿Quién decide lo que es ser guapa? 

Y para esta pregunta, solo debería haber una respuesta: TU

 

Happy Gal