Cuando mi marido y yo empezamos a conocernos, una de las primeras cosas que me contó fue que se había criado sin padre. No era un tema del que le gustase hablar, así que me dijo que prefería contármelo al principio para quitárselo de encima. Su padre había dejado a su madre cuando estaba embarazada de él y se había desentendido por completo. Jamás se había interesado por él ni por su bienestar. Su madre salió adelante con mucho esfuerzo y el apoyo de sus abuelos, quienes participaron activamente en su crianza para ayudar a su madre a conciliar con el trabajo. Ellos tres eran toda la familia que había conocido. Su infancia fue muy feliz y no le faltó de nada, pero confesó que, en cierto modo, siempre había sentido una mezcla de curiosidad y decepción cuando pensaba en la figura de su padre. Ni siquiera le conocía. Cuando fue lo suficientemente mayor, su madre le contó la historia y le mostró fotografías, pero le pidió que le prometiera que nunca le buscaría, y él respetó la promesa. Al fin y al cabo, ¿por qué buscar a alguien que le había abandonado fríamente incluso antes de nacer?

Sin embargo, al final no tuvo que romper dicha promesa para acabar conociéndole. Recuerdo que estábamos en casa un domingo por la mañana cuando recibió la llamada. Era de un número desconocido. Respondió y pude ver cómo su rostro se volvía blanco y sus palabras se convertían en balbuceos inseguros. Preocupada, me senté a su lado. Al colgar el teléfono dijo algo que jamás habría esperado oír: quien llamaba decía ser su padre, pero no solo eso, le había dicho que estaba gravemente enfermo y que quería conocerle antes de empeorar.
Ese día hablamos largo y tendido. Él, bastante enfadado, decía que no quería ir, que le iba a contestar que no quería conocerle, pero yo le conocía lo suficientemente bien como para saber que una parte de él necesitaba hacerlo. Alguna vez me había confesado que, en ocasiones y especialmente de niño, había fantaseado con la idea de que su padre apareciese en algún momento, arrepentido y queriendo crear algún vínculo con él. Así que le insistí en que le diera una oportunidad, un simple café, que lo meditase con la almohada y no decidiese en caliente.

Al día siguiente, con los ánimos templados, había cambiado de opinión. Le llamó y quedaron al mediodía. Me pidió que le acompañase, que no quería ir solo. Acepté, por supuesto. A las 12 estábamos sentados en la cafetería acordada, esperándole. Cuando apareció por la esquina supe de inmediato que era él. El parecido con mi marido era asombroso, una versión de él con veinticinco años más.
Se sentó y estuvo varios minutos tratando de dar explicaciones bastante vanas sobre su ausencia, atribuyéndola a malas decisiones en su juventud, casi pintándolo como si hubiera sido un grave error, el más grande de su vida. Pero cambió pronto de tema y empezó a hablar de su enfermedad. Fue entonces cuando nos soltó el verdadero motivo de su interés en conocerle a estas alturas: necesitaba un trasplante de riñón y le habían dicho que, si tenía hijos, estos podían ser compatibles.
Nos quedamos helados. Miré a mi marido y pude apreciar la decepción y el enfado en su rostro. Y también la decisión. Cuando comenzó a hablar, lo hizo muy calmado, pero su tono de voz era gélido. Soltó todo lo que llevaba guardándose desde niño: le hizo saber lo dura que había sido la vida de su madre, a la que abandonó embarazada, criándolo sola, y lo triste que había sido para él pasar la vida imaginando cómo sería ese padre que nunca estuvo a su lado, un padre que aparecía ahora, años después, y al que había decidido darle una oportunidad solo para acabar sabiendo que lo único que pretendía era sacar de él algo tan importante y valioso como un riñón. Le dijo que debería darle vergüenza, aunque no esperaba que fuese capaz de sentir algo así después de ver de lo que era capaz. Y le hizo saber que no iba siquiera a hacerse las pruebas para saber si su riñón sería compatible porque jamás se lo daría, que no le deseaba ningún mal y que ojalá pudieran encontrarle el riñón que necesitaba, pero que sin duda alguna, no sería el suyo. Se levantó y me dijo que nos íbamos.

Le apoyé en todo momento y jamás intenté cambiar su decisión. Sin embargo, sí quise asegurarme de que esto no le atormentaría en un futuro. No quería que, a la vuelta de un tiempo, haber decidido en caliente le pesase en la conciencia y se convirtiera en una losa para él. Pero me dijo algo que me dejó tranquila, y es que ese señor, aunque hubiese puesto su esperma para crearle, no era su padre, pues un padre se gana el puesto, un padre es quien cría, quien ama, quien cuida y quien acompaña. Que él quería ser ese padre para los hijos que deseaba tener conmigo y no iba a renunciar a parte de su salud por alguien que sólo quería aprovecharse de él después de haber hecho daño a su madre y haberle ignorado a durante toda su existencia. No necesité que me dijese nada más. Si él lo tenía tan claro, yo también.
Jamás volvimos a saber de su padre, y mi marido, a día de hoy, se mantiene firme y convencido de su decisión mientras esperamos el nacimiento de nuestro segundo niño.
Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.