Recuerdo una anécdota que me pasó cuando estudiaba la carrera en otra ciudad. El piso lo compartía con mi hermana, un año mayor, y con mi prima, un año menor. Ambas tenían la misión de vigilarme constantemente. Por suerte, no estudiaban lo mismo que yo y las horas de clase, de cafetería y de pasear por la ciudad no estaban tan pendientes de mí. Mi madre les encargó especialmente que controlasen «el tema de los novios y demás, que ella ha estudiado en un colegio de monjas y a ver si ahora llega cualquiera y la deja embarazada».
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Yo era como la tonta del bote. Del colegio a mi casa y de mi casa al colegio. Para las monjas todo era pecado y para una vez que me dio por irme al cine con un compañero de clase, resulta que nos vieron dos monjas y estuvimos a punto de ser quemados en la hoguera el lunes a primera hora. Llegué a pensar que tenía que centrarme en estudiar y que cuando tuviera trabajo ya viviría y experimentaría.
Todo esto se derrumbó cuando llegué a la facultad y me di cuenta de que allí nadie te controla y que de ti depende estudiar, no estudiar, o hacer lo que te apetezca. Además, mi hermana me exigió que le diera mi horario de llegada al piso y mi prima no siempre dormía con nosotras. A todo esto, conocí a un chico en mi misma situación que me entendía perfectamente. Nos hicimos muy amigos y una cosa llevó a la otra. Como no teníamos sitio para acostarnos, ni dinero para pagarnos un hotel, no pasábamos de los besos en un parque y el cuerpo nos pedía marcha.
Vi el cielo abierto cuando mi hermana y mi prima me comentaron que su cantante favorito venía a la ciudad a dar un concierto. A mí no me gustaba su música y desde el primer momento les dije que no contaran conmigo. El concierto era un sábado del mes de marzo y al aire libre. Ellas compraron las entradas, se pusieron a elegir el modelito que lucirían y yo le dije a mi chico que ese sábado tendríamos el piso para nosotros al menos durante dos o tres horas.
El día del concierto ellas estaban muy animadas y no dejaban de preguntarme por qué iba a hacer esa noche. Fingí estar fatal de la alergia y les dije que vería una película que había alquilado en el videoclub, eran los 90, y que me iría a la cama. Se lo tragaron y me dijeron que sobre las siete se irían. Como mi novio vivía tres calles más abajo, me fui a comprar algo para comer y le avisé. Se puso al otro lado de la calle para verlas salir y a los cinco minutos ya estaba en mi casa.
Aquello fue tremendo. Desde que entró y cerré la puerta nos pusimos a besarnos, a meternos mano, a desnudarnos y nos fuimos a mi dormitorio. Nos teníamos muchas ganas y con 19 años el cansancio no nos hacía mella. Follamos tres veces y mi novio me dijo «voy a esconder los condones y a lavarme un poco antes de irme». Al marcharse le miré el culo, iba desnudo, y le vi con los tres preservativos anudados en la mano que iba a meter en una bolsa que se llevaría para tirarla minutos después.
Con tanto folleteo no habíamos escuchado que estaba lloviendo muchísimo. Lo que sí escuchamos, sobre todo él, fue la llave de la puerta. ¡Exacto! El concierto se había cancelado y mi hermana y mi prima se encontraron con el chaval desnudo en medio del salón y con tres condones en la mano. Me tapé como pude, salí a hablar con ellas, mi novio se puso los calzoncillos y fue entonces cuando ambos supimos que ellas venían con dos chicos.
Se impuso la ley del silencio. Nuestra familia no se enteró de nada, el chaval estuvo conmigo dos años como novio formal y en la actualidad sigue siendo mi amigo. Siempre recordamos cuando lo pillaron in fraganti.
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