Cuando mi amiga Bea nos contó que había conocido a alguien, todas nosotras cruzamos  los dedos para que ese alguien fuera una buena persona; un chico respetuoso, cariñoso y atento, es definitiva, un tío mínimamente decente. Lo cierto es que, después de poner fin  a una relación con el que había sido su novio durante los últimos cuatro años, cualquiera  

nos hubiera parecido un buen partido para ella. Aquella relación tan sumamente tóxica  envuelta en celos enfermizos, control y faltas de respeto había dejado a mi amiga sumida  en una fuerte depresión. Por eso cuando aquel día nos dijo que había empezado a salir  con Carlos, todas nos alegramos muchísimo de que por que por fin hubiera conseguido  pasar página. 

La verdad es que se la veía tan feliz y tan tranquila que jamás pusimos en duda a su  nueva pareja; por lo que nos contaba de él parecía una persona de lo más normal, serena y adulta, nada que ver con su anterior relación. Bea decía estarle muy agradecida ya que,  además de ser un novio estupendo, Carlos era psicólogo y había conseguido ayudarla  mucho gracias a su experiencia profesional. Después de oír hablar tal cantidad de  maravillas sobre él, estábamos como locas por conocer a la persona que había devuelto a la vida a nuestra amiga, así que después de mucho insistir, decidió presentárnoslo. Todas  nos habíamos formado una imagen en nuestra cabeza sobre cómo sería él, ya que nunca  habíamos visto una foto suya, pero nunca nos habíamos imaginado encontrarnos con  alguien como el tío que, finalmente, teníamos delante. Para nuestra total sorpresa Carlos  tenía 46 años y entre él y mi amiga había nada más y nada menos que 23 años de  diferencia.  

Si dijera que nos pareció estupendo, sería una mentira como una catedral. Aquel hombre  tenía edad más que de sobra para ser su padre, pero mi amiga era muy feliz con él y, al  fin y al cabo, ¿quiénes éramos nosotras para juzgar? Decidimos que sólo por el brillo que  Bea tenía en la mirada cuando estaban juntos bien merecía la pena darle una oportunidad al tipo y a su relación. Y la verdad es que durante un tiempo tuvimos que tragarnos  nuestras ideas preconcebidas respecto a la diferencia de edad, porque Carlos se adaptó  bastante bien a nuestro rollo y supo llevar bastante bien lo que pensábamos que era un  desequilibrio evidente. Sabía cuando estaba de más, pero algunas veces venía con  nosotras a tomar algo, charlaba sobre los mismos temas que nosotras, aportaba un punto  de vista adulto a algunas conversaciones, nos invitaba a cenar a su casa,…  

Sin embargo, cuando llevaban un tiempo y Carlos empezó a coger más confianza con  todas nosotras, nos dimos cuenta de que un cambio gradual en la forma de tratar a mi  amiga se estaba haciendo cada vez más claro. Cuando Bea decía algo con lo que él no  estaba de acuerdo, él la trataba con condescendencia, con una especie de resignación  mal disimulada, como un padre cansado de la conducta de su hija insoportable. Ya no  eran opiniones o aportaciones desde un punto de vista más maduro, sino que su actitud y  su tono eran absolutamente paternalistas con ella. Trataba a nuestra amiga como si fuera  una niña pequeña a la que necesitaba proteger, corrigiéndola constantemente con la  excusa de que él era el adulto y sabía mucho más de todo que ella. Poco a poco fuimos  siendo cada vez más conscientes de su afán por infantilizar a Bea y tomar una postura de  superioridad sobre ella. 

Ninguna de nosotras quería meterse en aquella relación, pero temíamos que nuestra  amiga fuera absorbida de nuevo por otra pareja dominante y que sufriera una recaída, así  que decidimos hablar con ella. Cuando le mostramos nuestra preocupación, Bea se  enfadó y nos dijo que Carlos, como experto psicólogo que era, ya la había avisado de que algo así iba a suceder. Le había dicho que ninguna de sus amigas iba a entender el  funcionamiento de una relación adulta, que seguramente le iríamos con el cuento de que  él se comportaba mal con ella, que todas nuestras carencias emocionales se verían  reflejadas en nuestra envidia y nuestros intentos por hacer que rompieran y que ella  volviera a ser sólo para nosotras de nuevo. Y es que, según él, con su aparición habíamos visto amenazada nuestra posición dominante y éramos nosotras las que  teníamos un problema que requería terapia. 

Resulta que durante todo aquel tiempo, se había estado preparando el camino metiéndole a nuestra amiga un montón de ideas loquísimas en la cabeza disfrazadas de monsergas  psicológicas. Fue imposible hacerle ver a Bea lo equivocada que estaba tanto con  nosotras como con su novio y el muy tarado consiguió lo que quería: separarnos de ella.  Desde aquel día no quiso saber nada de nosotras. Con el tiempo, supimos por su madre  que seguían juntos, que ella había dejado de estudiar y que se habían mudado a otra  ciudad porque a él le habían ofrecido un buen puesto de trabajo. Lejos de estar  preocupada, la mujer estaba tan contenta puesto que decía que su hija era muy feliz y lo  cierto es que nosotras sabíamos que realmente lo creía así. Estamos seguras de que se  habrá encargado de interpretar su papel de novio perfecto y súper adulto, capaz de cuidar a su hija como si fuera la suya propia.  

Mar Martín.