El radar de mi Tinder no funciona bien, y eso que he reseteado el GPS para garantizar que no sea ningún  fallo técnico. Pero resulta que, como vivo cerca del aeropuerto, me sale todo quisqui, aunque haga una  triste escala y esté haciendo tiempo mientras swipea de izquierda a derecha. Desolador ver como un  match altamente interesante, de repente está a más de 8000km.  

Desde aquí, quiero empatizar con todas aquellas que estáis en localidades pequeñas y para encontrar  algo apetecible, tenéis que buscar largas distancias. Estoy con vosotras porque a pesar de estar en  Madrid, eso no quiere decir que no me guste más Sven que acaba de llegar a Suecia después de venir a  pasar una semana en España, pasando por Madrid Barajas. Para mí , Tinder se ha convertido más en un  chat mundial con el que conocer nuevas culturas y aprender idiomas, cuando en realidad lo que yo  busco es un poco de mambo, ya sea nacional o internacional. Hay que tener la mente abierta, pero mi  sueldo no me da para hacer escapadas y conocer a esos matches perdidos en el espacio espacial y  temporal.  

Por culpa del localizador, he tenido que explicarle a una buena tanda de argentinos que,  desafortunadamente por mi experiencia preferiría no tener que seguir hablando con ellos. En mi caso,  más sabe el diablo por diablo, que por viejo y yo sé perfectamente quién quiero que me ronde y quién  no. Y desde luego, este desfile internacional de perfiles que circulan por mi pantalla como si fuera un  área de descanso de carretera, no me convence. Si ya de por sí una se pone nerviosa de camino a una  cita a 30 minutos en transporte público, imaginarse un trayecto de 8 horas en avión. No hay alcohol en  el mundo para que yo llegue con los nervios de una pieza. Y si sale mal, no quiero decir nada del vuelo  de vuelta.  

He recibido varios mensajes ofreciéndome una cita de horas, para matar el rato, y encima en la terminal  1, que no hay ni un duty free por el que pasear, ni un bar donde ir a tomar algo. Ojo, que me pagaban un  taxi incluso, como si esto fuera un servicio de escorts especializado en escalas y entornos  internacionales. A mí, si no me dan la almohada, el antifaz y la manta que dan en los vuelos de larga  distancia, no hay negocio posible.  

Voy a mandarle a Tinder un portfolio con la presentación del proyecto que tengo para ser controladora  de Tinder, como si estuviera en la torre de control del mismísimo aeropuerto. Estoy segura de que todas  las que viven como yo cerca de Barajas, me van a apoyar, porque no hay necesidad de que todos esos  perfiles, algunos de ellos realmente interesantes, salgan en nuestras pantallas para luego, sernos  arrebatados de golpe. No puede ser eso de enseñarnos un caramelito, para que luego no sea posible. Y  digo caramelito, porque los perfiles internacionales son infinitamente más apetecibles y llamativos que  los locales. No sé si será porque el salario mínimo es más alto, o porque van unos cuantos pasos por  delante, pero hasta cartas de recomendación DE VERDAD me he encontrado.  

Si me rechazan el proyecto, ¿alguna se anima a fletar aviones para buscar más allá de nuestras fronteras  algo que nos haga tambalear de emoción? A ver, que la situación de emparejarse y procrear dentro de  nuestras fronteras está complicada, quizás hasta se pueda considerar solicitarlo como ayuda para  garantizar el futuro de las generaciones. Bueno, y tal y como está la cosa, el futuro de las pensiones  también.

Bendito Tinder, estamos todos en tus manos y confiamos en ti, aunque con todo esto lo único  que haces es confirmar que queremos aquello que no podemos tener.

Paula Llorca