En segundo de carrera cambié de piso. Lo alquilé yo y mi mejor amiga se vino conmigo, ella nunca había estado “independizada”, así que esto era un cambio enorme. También se vino otra chica amiga de ella, un año más pequeña que nosotras. Desde el principio flipaba con la dinámica de la casa. Ambas llenaban la nevera de tuppers, y jamás las vi cocinar. De hecho, una de ellas me pidió auxilio para freír un huevo. Todavía recuerdo cómo años más tarde, cuando Mercadona sacó el huevo frito para microondas, entendí que había público para ello.
Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado
Yo era la que más estaba por casa y ellas poco más que dormían y se duchaban allí. El piso también cogía polvo por lo que les propuse hacer un calendario de limpieza para las zonas comunes. Si yo ya flipaba con los tuppers, esto fue directamente surrealista: no limpiaban ellas las zonas comunes… VENÍAN SUS MADRES A LIMPIARLAS! Como si fuese lo más normal del mundo.
El tiempo fue pasando y la convivencia fue regulera, principalmente por tener a sus madres limpiando en casa cada semana. Por mi cumpleaños, mis compis de clase me regalaron un hámster, un pequeño animalito que siempre quise y al que llamé Manolete. Mis compañeras de piso lo aceptaron y parecía que estaban encantadas con él.
Cuando finalizó el curso, les dije que cada una se encargase de una zona común y que además dejase su cuarto impoluto antes de irse. Aceptaron. Manolete siempre solía estar en mi habitación, pero ese verano hacía un calor insoportable y antes de marcharme “fumigué” mi cuarto con spray para desinfectarlo y lo puse en el salón un par de días, para que no respirase los restos. Yo iba a ser la última en irme por lo que les dije a mis compañeras que si limpiaban el salón con lejía, debían llevar a Manolete a mi cuarto con la ventana abierta, porque yo me iba a un pueblo vecino a un concierto con mis compis.
Cuando llegamos casi al amanecer, Manolete estaba acostado. Varios amigos se quedaron a dormir en mi casa y les pedí que, cuando despertasen, se fueran sin despertarme. Aun así, me despertaron. Me enfadé, pero la cara de ellos dejaba claro que no tenían opción. Tenían que despertarme sí o sí.
Cuando fui al salón, me atrapó un olor a lejía que no había notado cuando llegamos unas horas antes. Manolete estaba muerto. Al 100% sabía que había sido intoxicación. Lo llevé al veterinario, pero no había nada que hacer. En la clínica se ofrecieron a recogerlo e incinerarlo.
Llegué a casa sin parar de llorar. Tenía muy claro lo que había pasado: habían matado a Manolete. Les escribí. Fui clara en mi mensaje, y también les dije que podían olvidarse de vivir juntas al año siguiente. Se indignaron, argumentando que no habían usado lejía. Les respondí que “ya se que vosotras no habéis tocado la lejía, ni sabéis donde está, pero vuestras madres sí, porque esto apesta”. Incluso les envié capturas del chat de mis amigos preguntándoles a qué olía la casa y todos afirmaron que a lejía. Les mandé la captura, salí del grupo del piso, y desde entonces no he sabido nada de ellas ni quiero saberlo.
Ya han pasado un par de años y cada vez que recuerdo a Manolete, siento una mezcla de tristeza y rabia. Ese hámster era más que un regalo, era parte de mi vida, tenía que que cuidarlo… se fue por culpa de la irresponsabilidad de otros aunque sigo sintiendo culpa yo. Nunca entendí cómo podía ser tan normal para ellas dejar que sus madres hicieran su trabajo, menos como Manolete pudo pagar ese precio.
A día de hoy, sigo recordándolo con cariño, y sigo sin comprender ni perdonar la actitud de mis compañeras.