El día que Marta nos anunció que se casaba, se escucharon nuestros gritos en todo el bar. Estábamos tomando una cerveza y nos contó que Miguel le había pedido matrimonio mientras cenaban en un restaurante de lujo. “Metió el anillo en la copa de champan, como en las películas”, nos contó ella. Estaba feliz, radiante, era lo que siempre había querido.

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Habían pasado un par de semana desde la pedida, pero Marta ya lo tenía todo pensado: se casarían en la iglesia de su pueblo y el banquete en la finca de sus padres. Su novio y ella veraneaban en el mismo pueblo desde niños y allí se conocieron, así que tenía lógica casarse en el lugar donde nació su historia de amor.

Desde que anunció su compromiso, hablábamos constantemente de la boda. Nos enviábamos por WhatsApp fotos de vestidos, zapatos, peinados, idead para la despedida de soltera y todos esos pequeños detalles que convierten una boda ajena en un proyecto colectivo. Estábamos todas muy ilusionadas.

Según avanzaban los meses, Marta nos fue dando detalles de la boda: ya estaba definida la fecha, la hora, y también nos avisó de que no buscáramos alojamiento, que cómo casi todo su familia era del pueblo y tenían casa allí, había sitio de sobra en la casa de sus abuelos para que nos quedáramos a dormir.

Una tarde quedamos para vernos y Marta no pudo venir, así que aprovechamos para hablar de su despedida de soltera y del regalo. La idea de la despedida la teníamos clara, el problema vino a la hora de decidir cuánto dinero poníamos para el sobrecito del regalo.

Alba propuso:

—¿Qué os parece si ponemos 800 por pareja?

¡¡¡OCHOCEINTOS EUROS!!!

A eso había que sumarle el vestido, la peluquería, la gasolina, el regalo de la despedida, la propia despedida… y probablemente algún detalle más que aparecería por el camino. La boda de Marta empezaba hacer tambalear peligrosamente mi economía.

Lo más sorprendente es que a todas les pareció estupendo. Argumentaban que cómo nos íbamos a ahorrar el alojamiento porque nos había ofrecido la casa de sus abuelos, ese dinero que deberíamos destinar a una habitación de hotel, pues que se lo diéramos a ella.

Yo hasta el momento, a las bodas que había ido siempre daba entre cien y ciento cincuenta euros cuando iba sola, o doscientos cincuenta si iba con mi novio. Un dinero para, más o menos, cubrir el cubierto, como se suele hacer. Pero con 800€ le pagábamos el cubierto de una familia entera.

En otra ocasión, me habría callado y habría puesto los 800€ sin rechistar, pero aquel día estaba yo reivindicativa y dije que me parecía mucho dinero.

—Entonces, ¿tú cuanto quieres poner? — Me preguntó Elena.

—Creo que 300€ por pareja está bien. Es una cantidad generosa. Al final se casa en un pueblo, en la finca de sus padres y ha contratado un catering.

Se hizo el silencio. Se miraron entre ellas y luego me miraron a mí, con ojos inquisidores.

—Es que nosotras queremos darle 800€, porque Marta se lo merece, y va a quedar fatal si unas ponemos mucho más que otras —dijo Elena.

—No se trata de quedar bien —contesté—. Se trata de dar lo que cada una quiera o pueda. Si queréis darle más dinero, por mi genial, pero yo no puedo darle 800€.

No les sentó nada bien mi decisión. Desde ese día noté un silencio en el grupo de WhatsApp que habíamos creado sin Marta para hablar de cosas de su boda. Pasaron los días y ellas cada vez estaban más distantes. Empecé a sospechar que había creado otro grupo de WhatsApp sin mí. Hasta que prácticamente lo confirmé…

Una tarde cualquiera, Alba escribió en el grupo. Un mensaje largo, de esos que ya sabes que no traen nada bueno.

Decía que habían estado hablando entre ellas y que, si queríamos que el regalo fuera conjunto, todas teníamos que poner la misma cantidad. Que quedaba muy feo presentarse con un sobre diferente cuando íbamos como grupo.

Y que Marta iba a saber perfectamente cuánto habíamos puesto porque ellas se encargarían de dárselo juntas.

Lo leí varias veces. No daba crédito.

Contesté lo más tranquila que pude. Les dije que lo entendía, que si querían hacer un regalo conjunto de 800€ por pareja, perfecto, pero que entonces mi pareja y yo le daríamos nuestro sobre aparte.

Pensé que con eso quedaba solucionado.

Pero, a partir de ahí el ambiente se volvió aún más raro si cabe. Los planes de la despedida de soltera se organizaban con una frialdad que antes no existía. Y yo tenía la sensación incómoda de que, de repente, me había convertido en la tacaña oficial del grupo.

La fiesta de despedida de soltera fue la noche más incómoda de mi vida. Estaban raras conmigo, resentidas. Marta, que cómo era lógico no sabía qué estaba pasando, se dio cuenta y hasta me preguntó si estábamos enfadadas, que notaba una tensión en el ambiente. Le quité importancia porque no quería que mi amiga se molestara, bastante alterada estaba ya con su boda.

Y llegó el gran día. Hasta me planteé no ir, pero no podía hacerle eso a mi amiga Marta. Mi novio y yo nos sentimos súper desplazados, nos hablaban los justo. Al final, nosotros le dimos nuestro sobre a Marta y a Miguel, ellas por su parte, le dieron su sobrecito con su dinero.

Después de la boda, no volvimos a hablar. Incluso Marta empezó a estar distante conmigo. Al final decidí que lo mejor era salirme de aquel grupo de WhatsApp en el que ya no hablaba nadie y no volver a verlas en mi vida.