Rubén y yo llevamos diez años juntos y tenemos un hijo de dos años. Siempre hemos funcionado muy bien como equipo y hemos tenido claro cuáles eran las líneas que queríamos llevar en cuanto a la educación de nuestro hijo se refiere en todos los aspectos de su vida.

Actualmente, Iván va al último año de la escuela 0-3 y, en septiembre, queremos que empiece a cursar 1º de Educación Infantil. En abril empieza el proceso de matriculación en nuestra ciudad y esto nos está generando un gran conflicto, de pareja y como padres porque somos incapaces de ponernos de acuerdo no solo respecto al colegio al que queremos que vaya Iván sino al modelo de colegio en sí.

Rubén es un firme defensor de la educación pública. Siempre ha estudiado en colegios e institutos públicos y laicos y cree que es la mejor alternativa. Yo, por el contrario, he estudiado toda mi vida en un centro concertado de curas del que guardo muy buenos recuerdos y al que me gustaría llevar a Iván.

Antes de que Iván naciera y, por supuesto, desde que él está aquí, Rubén y yo habíamos hablado varias veces sobre los distintos modelos de educación y cuál preferíamos cada uno, pero siendo bastante flexibles en cuanto a conocer y visitar todas las opciones y, en base a eso, poder decidir lo que nos encajaba mejor sin guiarnos solo por recuerdos, pálpitos, sensaciones o valores y sí teniendo en cuenta lo que el centro escolar en su conjunto nos ofrecía.

El problema viene porque durante este mes y el que viene se han convocado las jornadas de puertas abiertas de los colegios de la ciudad de cara a poder solicitar plaza. Yo estaba convencida de que, tal y como habíamos hablado, iríamos a visitar todos aquellos que nos pudieran encajar y, en base a lo que viésemos y lo que ofertasen (modelo educativo, horario, comedor, extraescolares, etc.) decidiríamos en consecuencia. Así que hice las gestiones y pedí cita en diferentes colegios de la zona, dos públicos y dos concertados, uno de ellos al que yo había ido de pequeña y cuando se lo comenté a Rubén me dice que él no piensa visitar ninguno de los colegios concertados y que, bajo ningún concepto, Iván irá a ninguno de ellos.

He intentado razonar con él, diciéndole que son solo un par de visitas para darles también una oportunidad y ver todas las opciones que tenemos sin quedarnos solo con los públicos y que, además, como creyente que soy, me gustaría que Iván también tuviera esa educación no solo en casa, sino también en el colegio. Y me ha dicho que no, que en algunos colegios públicos también se oferta religión y que, si no, lo eduque yo en casa o lo lleve a la parroquia. 

Yo me sentí atacada, así que le contesté de malas maneras y acabamos discutiendo como pocas veces lo habíamos hecho. Él se negó a visitar los colegios concertados y me dijo que si tanta gana tenía que fuera yo.

Al final, Rubén me acompañó a ver los dos colegios públicos de la zona. Uno no nos gustó nada y el otro, aunque no estaba mal, no nos encantó, aunque Rubén lo defiende a capa y espada.

Yo visité sola los dos colegios concertados y me encantaron, sobre todo el que había sido mi cole. Tanto las instalaciones, como la metodología, las actividades, etc. Y salí de allí convencida de que ese era el colegio ideal para Iván.

El caso es que ahora, Rubén y yo, estamos en un punto muerto. El sigue obcecado con que Iván vaya a un centro público y yo quiero que, al menos vaya a visitar el concertado, porque sé que cuando lo vea va a cambiar de opinión. Este tema no nos trae más que quebraderos de cabeza y discusiones y hemos discutido más en el último mes por este tema que casi en los diez años que llevamos juntos.

Queda poco tiempo para formalizar las matrículas y no sé qué vamos a hacer. Mi empeño es poder convencerle de que visite los colegios concertados y así pueda decidir con conocimiento de causa, pero no sé si lo conseguiré. La otra opción es ceder y matricular a Iván en el colegio público, pero sé que a la larga me arrepentiré.

También este asunto me ha enseñado una cara de Rubén que no me gusta, cabezota, obstinado y muy poco flexible. Me siento, además, traicionada, pues ya habíamos hablado de esto antes y nunca me había dicho que vetaba los colegios concertados y también un poco dolida pues veo que tampoco respeta mis valores ni mis creencias.

Cada vez que sale el tema discutimos, estamos en un punto muerto, ninguno de los dos quiere ceder y tengo miedo de que este asunto acabe por costarme el matrimonio.

 

Testimonio de una lectora escrito por Angie Rigo