Hace muchos años que trabajo en hostelería. He trabajado en cafeterías, restaurantes, he trabajado en la noche también. Y yo creía que podía decir que había visto de todo y que estaba de vuelta de todo. Pero eso no era cierto hasta que entré a formar parte del personal de un sitio digamos… diferente.
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Llegué allí un poco de rebote, un cliente habitual de la cafetería en la que trabajaba por aquel entonces me comentó que estaba buscando personal. Deslizó una tarjeta en la barra con discreción y me dijo que le llamara si estaba interesada. No es que lo estuviera, pero quería saber qué era lo que ofrecía, que uno nunca sabe. Me alegré mucho de haber tenido la curiosidad, pues las condiciones eran muy buenas. El horario era peor que el que tenía, aunque no era un problema, estaba acostumbrada y me adaptaría bien. El sueldo era mucho mejor, mucho, mucho.
El resto de condiciones y requisitos me gustaron también, si bien reconozco que lo de la pasta fue lo que me hizo decidirme. Incluso después de que me explicara qué tipo de local era el suyo. Reconozco que me costó decidirme, ¿eh? Me quedé bastante flasheada con lo que me contó. Y un poco rayada con lo que eso podía significar para mí como empleada allí. Sin embargo, al final el tema económico pudo con las dudas y acepté el puesto que me ofrecía.

Así fue como empecé a trabajar en un club liberal… y flipé con lo que me encontré. Seamos sinceras, lo que yo imaginaba era poco menos que un antro de perversión. Y ya en los primeros días descubrí que no. O sea, en su mayor parte la gente va allí a lo que va, obviamente. Lo que pasa es que no es tan… no sé, no es como yo creía.
Para empezar, porque, aunque no soy tonta y sé muy bien lo que sucede en las otras zonas del club (spa, sauna, cuarto oscuro…), en la parte de la barra y la pista, que es donde yo trabajaba, no ves nada muy diferente de lo que he visto en otros sitios. Es más, trabajé un tiempo en una discoteca en la que presencié cosas mucho peores.
Metida en faena me di cuenta de que había aceptado aquel puesto cargada de un montón de prejuicios. Ya que no solo se trata de lo que pensaba que iba a ver, sino también del tipo de personas que iba a atender. Porque resulta que a estos clubes van todo tipo de personas y parejas, y de todas las edades. He visto gente joven y mayor, parejas hetero y homo. He visto gente que no me esperaba para nada en un lugar de esas características.

No es común, pero también vi a un puñado de personas que conocía y que jamás pensé que vería en esa tesitura. He de decir que trabar allí me abrió la mente y cambió mi perspectiva. Sobre todo, en cuanto al sexo y a las relaciones. Aprendí que no todo es blanco y negro, que hay una gama de grises en las que, dentro del respeto, caben muchísimas opciones. También que hay mucha más gente de la que me parecía moviéndose dentro de esa escala de gris. Y que está bien, que no pasa nada. Que puedes ser una persona completamente funcional y normal y tener ciertos gustos y filias de las que no se suele hablar fuera de ese tipo de entornos. Suena mal, pero admito que mis prejuicios eran fuertes antes de que este empleo me abriera los ojos.
Así que debo admitir que, la de trabajar en un club liberal, fue una experiencia de lo más enriquecedora.
Anónimo
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