Una noche cualquiera, Jaime, cansado de esperar a que su mejor amiga se decidiese de una vez ante su propuesta de salir juntos, decidió acercarse a una chica que estaba sola en la barra de aquella discoteca. Era alta, morena y muy guapa, tenía un gesto puro, casi angelical, que la hacía desentonar en aquel ambiente de alcohol y tecno a todo volumen. Era totalmente opuesta, a primera vista, a su amiga. Se acercó despacio, ella le dijo que esperaba a unas amigas y empezaron a hablar. Él, atento a si su estrategia absurda surtía efecto, buscaba con la mirada entre la gente los celos que deseaba recibir. Se imaginaba a su amiga abrirse paso entre la gente, ponerse en medio de él y aquella desconocida que su expresión dura se acercase tanto que no pudiesen hacer otra cosa que no fuese besarse apasionadamente entre la multitud. Pero su amiga no lo miraba, ni siquiera sabía que ya no estaba a su lado, no buscaba su posición, parecía darle igual.

Esta chica con cara de ángel se llamaba Ana, estudiaba su último año de derecho y vivía con su familia en otra ciudad. Jaime le habló de las maravillas de vivir en una ciudad estudiantil y de que se pudiesen juntar en los mismos locales tanta gente de la misma franja de edad e intereses similares. Se cayeron bien, él solamente quería hacer ver que coqueteaba, pero Ana estaba resultando ser muy agradable. Pronto llegaron sus amigas y él se despidió. Su plan no estaba funcionando y se retiró. Al volver donde estaba su grupo, varios amigos le dieron esos codazos absurdos que se dan cuando quieres incomodar a alguien, acompañados de frases como “¿quien es tu amiga?”.

Él sonrió y la miró, ella seguía fijando su vista en él y se rio de la situación. Pocos minutos más tarde fue ella quien fue en su búsqueda, se acercó y le preguntó si quería darles a sus amigos algo más de lo que hablar, él estudió la situación, su amiga estaba justo al lado, si la besaba sentiría al fin que debía decidirse o lo perdería y, si no funcionaba, al menos pasaría un buen rato con una chica guapa y que parecía bastante interesante. Él se acercó lento a ella, pero Ana lo tenía mucho más claro así que le sujetó la nuca y lo acercó de forma casi violenta a sus labios. Allí, en medio de la pista, se besaron como hacía tiempo que no veía a nadie besarse, como con hambre. Durante unos minutos olvidó a su amiga, pues estaba inmerso en una agradable situación que requería de todos sus sentidos, pero una de las veces que se separaron para tomar aliento, pudo verla irse entre la gente, esperaba recibir pronto un mensaje, mientras tanto seguiría disfrutando de aquella oportunidad inesperada.

Al final de la noche, ya en casa de él, Ana decidió darle su teléfono. Le dijo que aquello había sido divertido, que le parecía un chico interesante y que si no quería nada más, ella estaría conforme, pero que si quería que se vieran alguna vez a la luz del día, no tendría inconveniente.

Su amiga le escribió por la mañana, estaba tan a gusto entre sus sábanas con olor a perfume de mujer, que se sorprendió mucho al leer aquel mensaje. Había un cierto tono pasivo agresivo en su conversación. Él le preguntó si le parecía mal lo que había pasado y ella le recordó que era libre de hacer lo que quisiese, así que se lo agradeció explicándole que, si ella no ponía objeción, llamaría a Ana el siguiente fin de semana.  Y así lo hizo, el viernes al salir de trabajar llamó a aquel número rezando porque no fuese falso y, tras unos segundos de charla, quedó en verse con Ana un par de horas más tarde en una terraza del centro. Charlaron durante horas, se besaron, si, pero sobre todo se contaron un resumen de sus vidas y sus expectativas vitales. Él, una vez que avanzó la noche, le habló de su amiga, quiso ser sincero. Ella lo entendió y le pidió que, si iban a verse más, simplemente le dijese la verdad. Esa noche durmieron juntos en el piso que ella compartía con varias compañeras de facultad, él no volvió a pensar en su amiga. Al menos no hasta unos días después cuando ella lo llamó indignada por no haberlo visto en la cervecería de siempre en tantos días. Él le dijo que parecía que estaba empezando algo con aquella chica y ella le colgó el teléfono. Realmente se había puesto celosa, pero a él ya no le importaba, hacía casi un año que esperaba a que se decidiese y quizá ese tiempo de tonteo y constante rechazo le hizo perder el interés, o quizá era que Ana y su belleza caída del cielo lo había obnubilado más de lo que creía, el caso era que no quería ya nada con su amiga e incluso le sentaba mal su actitud.

Meses después Ana terminó la carrera y debía volver a su ciudad, pero Jaime le propuso quedarse en su casa un tiempo, mientras buscaba algo. Ella le dijo que había estudiado una humilde oferta en un bufete, iría de administrativa, pero estaría al menos con un pie dentro de una posible mejora en un futuro, así que, si él le permitía quedarse en su casa un par de semanas mientras buscaba algo más definitivo, aceptaría la oferta.

Pasados cinco años de convivencia y varios bufetes que le prometían un ascenso que nunca llegaba, al fin encontró un trabajo de lo suyo y bien remunerado y, con él, la propuesta de matrimonio de Jaime que, tras haberse acercado a ella para darle celos a otra, ahora bebía los vientos por ella y soñaba formar una hermosa familia a su lado.

Su amiga, por aquel entonces, montó algún espectáculo dramático de celos en donde sobrepasó los límites mínimos que se le exigen a una persona adulta, insultando a aquella chica que no conocía de nada por “haber venido aquí a coger lo que no era suyo”. Rápidamente Jaime supo decirle cual era su lugar y, aunque intentó arreglar su amistad y tuvo paciencia, finalmente se dejaron de hablar para siempre.

 

 

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