Mi amigo volvía a estar soltero. B hacía poco que se había vuelto a quedar soltero, aunque yo ni siquiera había sabido quien era su novia, nunca me contaba los chismes hasta que ya habían pasado. El caso es que hacía ya un par de meses que no nos veíamos, pero entre que yo trabajaba todas las mañanas y que pasaba todas las tardes con mis hijos, nunca encontrábamos el momento de tomarnos un café y cotillear durante un par de horas sobre la gente que conocíamos.
La única solución viable era que, al salir de trabajar, lo recogiera de paso que recogía a mi hijo mayor en el cole y se viniera conmigo a escuchar a los cantajuego de fondo toda la tarde. Sé que no soportaba aquella música, pero una tarde al mes no le iba a quemar el cerebro.
Siempre venía mi mejor amiga a pasar la tarde con nosotros y a mí nunca me daba tiempo o no me acordaba de comprar algo para merendar (fruta para los niños sí, pero para los adultos, unas pastitas o algo así) así que un día me puse a improvisar un bizcocho. Les gustó tanto que pasó de ser un recurso de última hora a ser casi el motivo de nuestros encuentros.

Yo venía agotada de trabajar, pero se me hacía la tarde más amena con él y sus bromas absurdas. Yo le expliqué mis secretos sobre cómo hacer que mi bizcocho “hablase” (cuando lo apretaba, sonaba de lo esponjoso que me salía) y él se reía mucho. Cuando llegaba mi amiga le decía “¡Escucha! Los bizcochos de Luna hablan”. Era una broma recurrente. Después él se iba con mi amiga y se llevaba un buen trozo de bizcocho para desayunar al día siguiente y así hasta dos o tres semanas más tarde.
Intentábamos vernos con relativa frecuencia, porque ninguno de los dos estaba en su mejor momento y las tardes de bizcocho nos alegraban un poquito la vida. Las conversaciones absurdas, la despreocupación gracias a la confianza ganada en años, el hecho de no tener que cumplir expectativas era algo genial. Yo podía llegar de trabajar, ponerme “mis pintas de andar por casa” y hablar de cualquier cosa, tanto si era algo importante como si era una anécdota absurdamente graciosa.
Él, en su rutina, había caído en un bucle autodestructivo. Había perdido sus principales objetivos e iba dando tumbos entre quehaceres cotidianos sin más finalidad que ver pasar el tiempo. Yo vivía siempre deseando que llegase la noche para poder quedarme sola y hacer alguna actividad mía propia, poder escribir, pintar o cualquier cosa que me relajase y me permitiese olvidar un rato cuanto odiaba mi trabajo. Mi relación de pareja estaba rota hacía mucho, pero ambos seguíamos aferrándonos a ese “por los niños” absurdo que dilata el sufrimiento y la agonía en muchas parejas que creen hacerles un favor a sus hijos, sin darse cuenta de que el mejor favor que se les puede hacer es intentar estar bien una misma y no hacerles ser espectadores de la desidia y la pasivo agresividad de una pareja que se desprecia.

Hacía meses que no compartía momentos con el padre de mis hijos que no fuese para mostrarnos mutuamente lo mal a gusto que estábamos los dos. Pero era algo que teníamos tan integrado… Yo me levantaba para ir a un puesto que no me gustaba mientras una señora me despreciaba totalmente en mi trabajo, salía corriendo (literalmente) para recoger a los niños del colegio, llegaba a casa y mi marido se ponía a dormir, porque trabajaba de noche y nunca era capaz de dormir por la mañana, por lo que yo me pasaba la tarde sola con los niños aquí, que el invierno es eterno y pasábamos los días metidos en casa, resguardándonos de la lluvia y el frío. Era totalmente comprensible que aquel bizcocho con sabor a risas me diese la vida.
Por esto me pareció absurdo el día que mi amiga hizo un comentario sobre mi amigo y yo como opción de algo más. B era él, era el mismo B de siempre, nunca podría verlo con otros ojos que con los de un amigo al que adoraba… ¿o si?
Él siempre fue cariñoso conmigo (igual que con todas sus amistades). Pero de pronto un día me dio un abrazo, como siempre, y yo lo sentí diferente.
Mi matrimonio no tardó en hacer aguas. La proximidad a mi cambio de década me supuso una crisis importante. No por hacerme demasiado mayor, sino por estar aceptando una vida que no me gustaba y estar dejando pasar la vida ante mis ojos padeciéndola más que disfrutándola.
Me separé. Con mi trabajo no podía hacer nada por ahora, pero cuando uno no está a gusto en un sitio no está bien esperar a que algo cambie. El cambio hay que provocarlo.

No podría hacer bizcochos durante un tiempo, pero B estaría a mi lado de nuevo, como lo estuvo tantas veces en mi adolescencia cuando alguien me rompía el corazón. Él siempre encontraba la manera de hacerme reír. Pero esta vez, pegando de nuevo mi corazón con risas y cariño, se olvidó de separarse a tiempo y pude ver esas pequeñas arrugas en su mirada cuando sonreía. Nunca me había fijado. Eran hermosas.
Él no sabía por qué lo miraba así. Yo en el fondo tampoco. Nada tenía sentido, sin embargo, nunca antes había visto tanta lógica en un beso.

Mi amiga fue quien ofició nuestro matrimonio un tiempo después. Ella, sabiamente, dijo en la ceremonia que en aquella casa se cocinaba algo más un bizcocho. Ella lo veía claro. Nosotros no, sin embargo, ahora tiene tanto sentido que nos parece imposible llevar tantos años juntos sin que esto hubiese ocurrido antes.
Me encanta compartir de vez en cuando con vosotras pequeños trozos de mi historia de amor desde distintas perspectivas, porque aún hoy, 7 años una hija y mil canciones de cantajuego después, me sigue pareciendo increíble que B sea quien duerma a mi lado cada noche.
Luna Purple.