Cuando estaba sacando la carrera de enfermería, me tocó pasar por diferentes hospitales y sus diferentes sectores.

En algunos estaba en pediatría, otros en urgencias, otros en planta y, en otros, los que más me gustaban, los cuidados paliativos.

Soy enfermera por vocación, supe desde muy pequeña que me tenía que dedicar a asistir personas y a ayudarles si estaban en un momento difícil. Me gustaban los cuidados paliativos porque huían del frenetismo habitual del hospital, aquí no había prisa, necesidad de tomar decisiones determinantes o urgencias, solo personas que necesitaban a alguien para hacer su camino de despedida un poco más fácil y para sostener a sus familias. Era duro, pero también era muy bonito y gratificante.

En uno de los hospitales en los que me tocó hacer mis últimos dos meses, encontré una manera de hacer muy diferente a la que había visto en los demás. Ni los doctores y doctoras, ni los enfermeros y enfermeras, anotaban las anomalías o los errores que había habido durante el turno.

Si pasaba algo, se lo decían entre ellos para tenerlo en cuenta, pero no quedaba anotado en ningún sitio y, por tanto, no quedaba constancia.

Me di cuenta cuando cometí un error. A un paciente le fui a curar unas heridas y debía ponerle una crema para evitar irritaciones, ya que se movía muy poco de la camilla y es algo común, pero no lo leí bien y no se la puse. Al día siguiente cuando lo fui a cambiar, me di cuenta de que tenía todo irritado y caí en que había sido mi culpa.

Fui a buscar a mi responsable y se lo conté, me disculpé y pregunté dónde estaba el documento dónde debía anotar mi error, pero él me dijo que no hacía falta. Le dije que claro que hacía falta, estos documentos no son solo internos para nosotros, si luego por ejemplo la familia pidiera explicaciones de esa irritación, esos documentos son los que se deben revisar. Si esos documentos no existen, no se le puede dar una explicación más allá de “a veces estas cosas pasan”. Él le quitó importancia y dijo que aquí no eran tan estrictos, que por cosas así no me preocupase y que tuviera cuidado para la próxima vez.

No me fui nada tranquila, tampoco quería tirarme piedras sobre mi tejado, pero no me parecía bien.

Los días siguientes pregunté a otras chicas de prácticas si les había pasado algo así y me confirmaron que habían visto casos muchos más graves.

Me contaron que, en una ocasión, un doctor se confundió con la dosis de un medicamento y, para que no le causase daños al paciente, le tuvieron que poner de manera intravenosa un protector estomacal y otro medicamento para contrarrestar los efectos. Mi compañera me dijo que lo vio todo y que el doctor le dijo que informaría a la familia, pero a la familia lo que le dijo fue “hemos tenido que ponerle tal medicamento y tal protector”. No les dijo el por qué y, por supuesto, no dejó anotado el error.

A una de ellas esto le parecía fatal y la otra decía que al final, eran cosas con poca importancia y que por eso lo hacían así, que hay muchísimo trabajo y que no podían estar pendientes de tantas cosas y de anotarlo todo y seguir los protocolos.

Es cierto que no tuvo consecuencias graves, pero aun así yo no me sentí bien al saber que no se tomaban esas medidas. Por desgracia con el paso de los días me di cuenta de que era una práctica habitual y de muchas otras cosas que no estaban funcionando como debería. No pasaba todos los días ni mucho menos, pero sí todas las semanas.

He de decir que no todo es culpa de los sanitarios, muchas veces la falta de material, de tiempo físico o de personal, hacen las cosas mucho más difíciles y tienes que apañártelas haciendo sub-protocolos que te permiten seguir con el día a día. Al final era muy complicado seguir el ritmo de todo si te ibas parando, eso era cierto.

En mi momento más crítico, no quiero dar muchos detalles por si alguien reconoce la historia, pero presencié que, por un error, por un malentendido a la hora de dar instrucciones, se le puso a un paciente una medicación que le hizo entrar en parada. Nosotros le asistimos y le reanimamos, durante la reanimación se le hicieron una serie de lesiones típicas de este procedimiento y conseguimos estabilizarlo. Fue un momento muy tenso y me pedí unos minutos de descanso para digerirlo. Había ido todo bien, pero me quedé con la mosca detrás de la oreja.

Al final del día, pedí ver el informe de este paciente y sí que hablaba de la parada y de las lesiones, pero no de por qué se había producido la parada. Me pareció demasiado y me fui a ver a mi responsable a comentarle lo sucedido. Él me escuchó y me dio la razón en todo, pero me pidió que no dijera nada.

Me explicó que eso había sido un error, un error con consecuencias terribles del que él ya tenía constancia y ya había tomado medidas, pero que, si se escalaba, iba a suponer una denuncia, que a su vez iba a suponer menos recursos para el hospital, tanto de personal como económicos. Me garantizó que estas cosas no se pasaban por alto, que simplemente no se dejaban por escrito, y que cuando empezase a trabajar, vería que eso estaba bastante extendido.

Insistió en que no dijera nada y volviera a mi trabajo, que estaban muy contentos conmigo y que apreciaba mucho mi visita y que se lo hubiera comentado. Que evidentemente no me podía obligar a nada, pero me lo pedía de sanitario a sanitaria.

Me vi bastante coaccionada y finalmente decidí no decir nada. Pasé las dos semanas que me quedaban allí y me gradué.

He hablado esto con algunas compañeras y todas tienen historias similares. Es una pena que el sistema tenga que funcionar así para poderse sostener.