Decir que mi cuñada no me quiere en la familia es quedarse corto. Y no, os prometo que no estoy exagerando ni un poquito. Si hace cinco años me hubiesen dicho que la hermana de mi chico se iba a convertir en la arpía de lengua viperina y malas artes que es hoy, jamás me lo hubiera creído. Y es que cuando conocí a los padres de mi chico y a su hermana, pensé que me había tocado la lotería; congeniamos enseguida y desde el primer momento todos me acogieron como a una más, haciéndome sentir súper querida. Sin embargo, la relación con mi cuñada ha pasado de ser idílica a una guerra de menosprecio constante hasta el punto de hacerme llorar en más de una ocasión.
En el momento en que mi chico y yo nos fuimos a vivir juntos lejos de nuestras familias, su actitud con nosotros y sobre todo conmigo, cambió radicalmente. Para ella, era como si yo le hubiese robado a su hermano. Cuando íbamos a ver a mis suegros y al resto de la familia nos quedábamos unos días, ya que el viaje era largo y por motivos de trabajo sólo podíamos ir una vez cada par de meses. En esos días, ella se mostraba fría, como si le molestase nuestra presencia. Al principio yo no quería pensar que su altivez fuese por mi culpa, pero con el tiempo me di cuenta de que, efectivamente, el problema era yo.
Mi chico quería quitarle hierro al asunto para que yo no me sintiera mal, pero llegó un punto en el que no pudo defender lo indefendible y tuvo que admitir que su hermana no se portaba bien conmigo. Cuando él iba de visita sin mí, aquello parecía la Tribu de los Brady: mi cuñada era la personificación de la felicidad, pero cuando yo le acompañaba ella apenas aparecía por allí; siempre tenía algún motivo para ausentarse durante el tiempo que estábamos en casa de mis suegros y las veces que se apuntaba a los planes familiares lo hacía con malas caras. No os podéis imaginar lo pequeña que me hacía sentir allí sentada en una esquina sin dirigirme la palabra, mirando el móvil mientras pasaba de mí y de mis intentos de entablar conversación.
Después de hablarlo con mi chico, decidí que lo mejor para mi salud mental era dejar de esforzarme para que me aceptase y, simplemente, saludarla por educación y poco más. Mi nueva forma de relacionarme con ella no le gustó y, por supuesto, me lo hizo notar. En este punto de la historia, es importante señalar que soy alérgica a las almendras y que, si alguna comida está contaminada con este ingrediente, puedo sufrir una anafilaxia y llegar a palmarla. Pues bien, cuando se enteró, mi querida cuñada empezó a cocinar única y exclusivamente comidas con almendras, por lo que después de quedarme sin comer alguna que otra vez, tuve que empezar a llevarme mi propia comida.
Este año quedamos en pasar las fiestas de Navidad con ellos por que, a pesar de que para mí estar en esa casa es un suplicio, mi chico se merece lo mejor del mundo, así que hice de tripas corazón. Mi suegra es una cocinera de lujo, así que cenamos de maravilla y poco antes de las campanadas no podía creer que todo estuviera saliendo medianamente bien. Cuando llegó la hora del postre, di por hecho que no podría comerlo porque estoy acostumbrada a que prácticamente todos los dulces suelan llevar trazas de frutos secos. La encargada del postre aquella noche fue mi cuñada, quien me aseguró que la tarta en cuestión no llevaba nada que pudiera hacerme daño. Yo como una imbécil me lo creí.
Al rato, empecé a notar los síntomas habituales de una reacción alérgica: picor de garganta, de labios, tos, dolor intenso de tripa… Intenté por todos los medios no ponerme nerviosa, rezando para que no fuera a más, pero al poco tiempo la garganta se me empezó a cerrar y no podía respirar. Por suerte, mi chico supo reaccionar rápidamente, me inyectó la adrenalina que siempre llevo en el bolso y me llevó a urgencias. Me gustaría decir que mi cuñada se disculpó, que se sintió culpable por su imprudencia. Pero no fue así. No sé si nuestra relación podrá llegar a cambiar algún día, lo que sí que sé es que después de aquella noche, no pienso volver a rebajarme y tratar de acercarme a ella ni por mi chico ni por nadie.
Mar Ausarta

