Cuando nos conocimos me pareció un tipo encantador. De hecho, era tan encantador que no tarde mucho en enamorarme. Era diferente a todos los hombres con los que había estado. Era lo que llamaríamos «un caballero»: me escuchaba con gran interés cuando le hablaba, era culto, cariñoso, siempre me abría la puerta del coche o me prestaba su chaqueta si yo tenía frío. Incluso me la colocaba sobre los hombros como si fuera una escena de película romántica. También se empeñaba en invitar él siempre que quedábamos por mucho que yo replicase y me acompañaba a la puerta de casa porque «no te puedes fiar de los otros hombres, son unos cerdos». Me decía que era su reina y que nunca había conocido a una mujer como yo, que me merecía que me trataran como a un tesoro. Y yo, que me crié con Disney y sus príncipes azules, no me podía creer la suerte que había tenido. Pensaba que al fin había dado con alguien que me quería bien.

Me acostumbré a que tomara la iniciativa. Dejaba que él eligiera los planes, los restaurantes y los vinos que pedíamos, las películas en el cine. Como normalmente pagaba él, me parecía que era justo que también eligiese él. No me fue fácil aceptar esto, en realidad, no me gustaba sentirme algo así como una aprovechada. Pero un día me adelanté y pagué yo en la barra de un restaurante con la excusa de que iba al baño y él se lo tomo bastante mal. Así que decidí no hacerlo más para no disgustarle. Al fin y al cabo, siempre me decía que se lo podía permitir sin problemas ya que «tenía un sueldazo». «Tú relájate y disfruta, y así disfrutaré yo también. No quiero que te preocupes por nada», decía.

Pero poco a poco esa caballerosidad tan encantadora fue dejando traslucir actitudes que no se correspondían con lo que yo creía ver. La primera vez que hizo un comentario machista delante mía estábamos celebrando que a Carla, mi mejor amiga, la habían ascendido en la empresa en la que trabajaba. En cierto momento mi pareja comentó que a las mujeres nos resultaba más fácil conseguir ascensos por el tema de las cuotas, que los hombres lo tenían mucho más difícil en estos tiempos, que se lo tenían que currar más que nosotras. Se hizo un silencio incómodo y yo miré a Carla, que miraba a mi pareja con el ceño fruncido. Por suerte otra de mis amigas se apresuró a cambiar de tema antes de que la situación se volviese aún más violenta. Cuando nos quedamos a solas le reproché que hubiese hecho ese comentario y me dijo que no había sido malintencionado, que de hecho lo había dicho en tono de broma. Y para evitar iniciar una discusión, le creí y lo dejé estar.

También lo deje estar cuando, unas semanas después, salí improvisadamente un sábado noche con mis amigas. Me dijo que no podía hacerle eso más, que necesitaba saber mis planes y dónde estaba con antelación para estar tranquilo, porque con lo guapa que era y la ropa que usaba para salir me podía pasar algo malo, que los modelitos más sexys los reservase para cuando saliese con él y pudiera mantener alejados a los otros tíos de mí, para protegerme. Y yo hasta me sentí halagada por su preocupación. Así estaba de ciega.

Finalmente, nos fuimos a vivir juntos y ahí todo se volvió más intenso. Pretendía pagar el alquiler él solo, cosa que no acepté. Pero empezó a decirme que trabajaba demasiado, que quería pasar más tiempo conmigo ahora que vivíamos juntos pero yo pasaba más horas que él en la oficina. Me convenció y solicité trabajar desde casa para poder estar allí siempre que él estuviera, y más adelante, me convenció para pedir una reducción de jornada, con la consiguiente reducción de salario, evidentemente. Y él se ofreció a pagar un porcentaje mayor del alquiler, sin aceptar un no por respuesta. No me di cuenta de que todo aquello solo tenía como fin empujarme a estar cada vez más tiempo en casa y aumentar mi dependencia hacia él.

El control se intensificaba de manera sutil. Si tardaba mucho en contestarle a algún mensaje se ponía nervioso y se molestaba, me preguntaba quién me hablaba si sonaba mi WhatsApp, me convencía para que me quedase con él viendo una película en lugar de aceptar los planes que me proponían mis amigas, con las que casi no salía ya. Se convirtió en costumbre que me encargase de hacerle el tupper para que almorzase en el trabajo y tenía la cena preparada a la hora que él me decía. Decía que así nos cuidábamos mutuamente, que yo era la mujer perfecta para él.

Un día tuve que reunirme presencialmente con un compañero de trabajo. Me arreglé y me dispuse a salir ante su atenta mirada. Al volver, estaba cabreado. Decía que no entendía por qué había tenido que quedar con un hombre por mucho que fueran asuntos de trabajo, que podríamos haberlo hablado todo por mail o por videollamada y que no se fiaba un pelo de sus intenciones. Cuando se lo rebatí y le dije que solo estaba cumpliendo con mi trabajo, me dijo que a ver si me estaba volviendo una irresponsable como todas esas mujeres que van de empoderadas. Aquel comentario me dejó tan mal sabor de boca que no pude dejarlo pasar sin más. Creo que fue nuestra primera riña de verdad. Claro, era la primera vez que yo le llevaba la contraria en algo abiertamente. No llegamos a ningún punto común, y al final, por no discutir más, acabé dándole la razón como a los locos. Aunque un pilotito de alarma se había encendido dentro de mí.

Pocos días después, él volvió a casa mientras yo estaba en una reunión por videollamada. Se asomó, le hice un gesto con la mano como saludo y seguí prestando atención a lo mío. Pero entonces entró, cogió una silla y se sentó a escuchar con cara de pocos amigos al otro lado de mi ordenador. No podía ni concentrarme, no entendía qué estaba haciendo ahí. Y al colgar me dijo que quería ver «de qué iba a ese tío» con el que hablaba, y que si era el mismo con el que había tenido que quedar en persona. Al decirle que sí, y que la semana siguiente debíamos quedar de nuevo, se cabreó. Me retiró la palabra. Por mucho que yo le hablase, él me ignoraba. Pasaron tres días y, cuando no pude más, hice algo que hacía tiempo que no hacía: llamé a mi amiga Carla y me desahogué con ella llorando a lágrima viva.

Fue ella quien me abrió los ojos, y no fue nada fácil. Cuando me di cuenta de lo que estaba ocurriéndome, me quedé en shock. ¿Cómo había podido no darme cuenta de que estaba viviendo al lado de un tipo así? Yo, que me consideraba feminista, que contestaba desde siempre como una fiera cuando un desconocido me hacía un comentario sexista, que renegaba de los machirulos y los señoros, había sido eclipsada y anulada por uno de ellos, un machista de manual. Y no lo vi venir. O no lo quise ver.

La ruptura no fue fácil porque él nunca entendió por qué le dejaba. Llegó a decirme que era una desagradecida, una ingrata, que nadie me cuidaría ni me querría como él, que me lo había dado todo, que las tías siempre nos pasábamos de frenada con tanto feminazismo, y otras muchas perlas de este calibre.

Volví a ser yo, a ser libre, a tomar mis propias decisiones y a quererme y respetarme por encima de nada ni nadie. Y cuando a veces me culpo por no haberlo detectado antes, me recuerdo que de todo se aprende, hasta de los errores más gordos y de los chascos más grandes.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.