La conocí de casualidad y era la única que podía ayudarme en aquel momento. Pero hay maneras y maneras de ayudar, se puede hacer lo justo y seguir tu vida, o se puede una implicar con todo lo que tiene y seguir pendiente de que todo vaya bien pasada la crisis. Y así fue ella. Decidió quedarse a mi lado en mi mejor momento, a pesar de sus tormentas.
Empezamos quedando de vez en cuando, con poca antelación, más bien planes improvisados. Hablamos del trabajo que compartíamos, de nuestros compañeros y de los trabajos anteriores. Después empezamos a contarnos cosas más personales sobre nuestras familias, nuestras amistades… Pero pronto entramos en conversaciones más íntimas. Ambas dejamos al desnudo ante la otra nuestros secretos y nuestras preocupaciones más privadas. Nos entendíamos. No era necesario explicar todo lo que sentía para que ella se pusiese en mi lugar, no hacía falta que ella me contase cómo se encontraba para que yo ya buscase un remedio para su mal.

Cuando nos dimos cuenta, su familia y la mía eran una. Pasábamos los días juntos y gestionábamos las crisis la una de la otra como propias. Teníamos largas conversaciones sobre política, literatura y economía. También sobre principios, valores y sentimiento. Pero también sobre juguetes sexuales, influencers y moda. En lo poco que no estábamos de acuerdo, aprendíamos un nuevo punto de vista de una forma muy diferente. Claramente teníamos una relación muy especial y nos sentíamos muy felices de tenernos.
Pero esto no es un cuento, así que no se termina cuando las protagonistas comen perdices, sino que toma una enorme pausa cuando la malvada bruja envenena a una de las princesas y esta enloquece y derrumba con sus propias manos el castillo que con tanto cariño habían forjado. Lo que pasó: X. Ya no tiene sentido ni comentarlo. El caso es que durante años nos separamos con intención de no volver a vernos.
Yo pasé cada día del primer año conteniendo mis ganas de llamarla para decirle que seguía enfadada, pero si había visto las últimas declaraciones de nuestro político de referencia, o si había podido ir al cine a ver el estreno de la película que habíamos estado esperando. Cada canción de desamor me recordaba que no todo es el amor romántico, que hay cosas que, sin ser de pareja, duelen lo mismo o, en ocasiones, más todavía.
Mi vida cambió tanto que no sabría por donde empezar. Mis prioridades eran otras y, aunque en un principio me equivoqué y centré mi dolor en apoyar a quien no lo merecía, crecí mucho como persona. Me di cuenta de la importancia de quererse y, sobre todo, de respetarse. Me cuidé mucho, reconocí mis méritos y sané en lo que pude mi mente. Sentí tanto orgullo por mis triunfos que, en un despiste, imaginé sus palabras de aliento y su gesto de aprobación. Pero ya no formaba parte de nada. No sabía nada de su vida y ella jamás imaginaría todo lo que yo había caminado en estos años.

Hace poco tiempo, a raíz de algo que aquí escribí, se destapó la caja de pandora y todos los secretos que llevaba años guardando por el bien común, saltaron por los aires, llevándome a mí por delante.
Sinceramente, era de esperar. Supongo que en el fondo quería que pasase, no lo sé, quien sabe la verdadera intención de un subconsciente tan complejo… El caso es que me agitaron la vida y, cuando conseguí poner los pies de nuevo en el suelo, empecé a ver mucho más claro todo mi pasado. Vi a la bruja del cuento, avivando las llamas del incendio que había hecho cenizas mi castillo.
Ahora hay posibilidades de construir un nuevo castillo… Pero ya no hay sitio. El terreno está ocupado con más responsabilidades y un montón de tierra movida por el aprendizaje que trajo aquel dolor. Podremos levantar, con esfuerzo y mucha paciencia, una pequeña cabaña donde guarecernos de alguna lluvia, si no es muy fuerte.

Hablamos un par de veces, pero apenas entiendo lo que quiere decir. No sé descifrar en qué punto se encuentra, si quiere verme, si simplemente se ha quedado tranquila por saber que no fue culpa nuestra, si me ha echado de menos o si en realidad mi ausencia fue un regalo en su nueva vida. No sé donde trabaja ni cómo vive ahora… Pero es que ella tampoco sabe nada de quien soy yo. No sabe que los miedos que tenía ahora son mis fortalezas más duras, que ahora disfruto muchísimo de mi tiempo en soledad, que he conseguido mantener a raya mi ansiedad a pesar de que la vida no me lo ha puesto fácil. No conoce a mi hija, la que planeaba tener antes de nuestra ruptura, no sabe las alegrías que hemos vivido ni las preocupaciones nuevas que nos han caído como losas. No sabe nada de mí, aunque crea conocerme. No sé nada de ella porque los recuerdos se mezclan con la experiencia y nada cuadra ahora. La miro y veo a mi alma gemela de hace años, pero no sé quien es, no sabe quien soy yo y ninguna de nosotras es capaz de adivinar hasta dónde estamos dispuestas a reconstruir.
El tiempo lo dirá, supongo. Tocará conocernos de nuevo y ver si esta nueva versión de nosotras mismas encaja con quien somos hoy.