Soy consciente de que ser madre soltera es muy complicado y me parece que se merecen un aplauso las mujeres que se animan a serlo. Me parecen valientes y dispuestas a darlo todo por sus pequeños. En algunos casos, hubieran preferido un compañero, pero la vida viene como viene. Y siempre es mejor sola que mal acompañada.

Una de mis amigas quería la vida típica: encontrar un novio, una boda grande y al menos un par de hijos. Pero se acercaban los 40 y solo habían llegado a su vida tipos incorrectos. Así que dudó mucho, pero no quería renunciar a la maternidad.

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Nos lo contó y todo el grupo de amigas le dimos nuestro apoyo. Empezó el proceso, tuvo suerte y pronto tenía a su gran amor en sus brazos.

La vida, a veces, viene complicada. Antes de nacer su hijo, se murió su padre. Ella y su madre estaban destrozadas, así que decidió irse de manera temporal a vivir con su madre.

Juntas pasaron el duelo del adiós y la alegría de la llegada. Vivieron el postparto juntas y se ayudaron en todo. Para su madre, tener al lado a su hija y su nieto eran el mejor motivo para mirar hacia delante y seguir viviendo. Para ella, que estaba dispuesta a hacerlo todo sola, se convirtió en una maternidad compartida; su madre asumía las comidas y la limpieza, le daba un respiro algunas noches y además era alguien con quien hablar, con quien desahogarte, con quien contar en la montaña rusa que es el postparto.

Cuando se tuvo que incorporar a trabajar, habló con su madre de lo pequeño que todavía era su hijo. Juntas decidieron que se quedaría con su madre para no tener que ir tan pronto a la escuela infantil.

El tiempo iba pasando muy rápido y parecían muy coordinadas. En un plan de amigas, a los que ella solía ir sin su hijo, le preguntamos cuándo pensaba irse de casa de su madre. Su respuesta era confusa; tenía ganas de irse, pero a la vez la vida con su madre era más fácil: la madre le llevaba y le recogía del cole, las tareas de la casa las compartían, podía hacer planes sin su hijo, no tenía que decir que no a viajes de trabajo, el dinero no era un problema, no se sentía sola.

Cuando se ha querido dar cuenta, su hijo tiene 8 años y para él, su madre y su abuela son su mundo.

El problema es que mi amiga ha empezado a quejarse de su madre cada vez que la vemos. Nos contaba, a modo de anécdota, que al comienzo de curso su madre dijo que habría que pensar a qué actividades extraescolares apuntaban al niño. Y su comentario era que qué se creía, que ella era su madre y la que decidiría. Otro día nos contó que su madre quería llevar al niño a un plan familiar, pero que ella dijo que no, que no le gustaban mucho esos familiares y que no iba a ir su hijo. Otro día cuestionaba que su madre opinara sobre la ropa que le compraban al niño (que pagaban entre las dos). Cosas así cada vez que la veíamos. Nosotras dudábamos qué contestarle. Nos sentíamos malas amigas por no decirle lo que pensábamos, pero tampoco queríamos disgustarla; la maternidad no es sencilla.

El colmo ya fue hace unos viernes, que quedamos para comer como todos los viernes (algunas llevando niños, otras como ella, sin niño). Nos dijo que su madre quería hacer un curso de pintura en la junta de distrito del barrio. El problema es que el curso duraba dos meses y era los viernes por la tarde, por lo que no podría quedarse con el niño y ella no podría venir a nuestras comidas. Nos lo contó toda indignada, insinuando que su madre no estaba cumpliendo con su parte.

Respondimos que se podía traer a su hijo y problema resuelto. Pero su cara fue a peor: que era su rato sin hijo y que no iba a renunciar a él (todas estábamos pensando que no era su único rato sin hijo). Dudamos si intentar cambiar la fecha de nuestras quedadas, pero somos demasiadas para encajar otro día. Así que le dijimos que eran solo dos meses, que ya se uniría después. No sé qué esperaba por nuestra parte, pero parecía enfadada y nos dijo que si no nos importaba su ausencia.

Y estallamos. Todo lo que habíamos callado los últimos meses se lo dijimos, con amor, pero siendo claras. Su madre lleva 8 años ejerciendo de padre, para lo bueno y para lo malo. No es que ella no esté ejerciendo de madre, que por supuesto que sí, pero están compartiendo la crianza. Lo mínimo es que su madre pueda opinar y también tener derecho a sus ratos libres. Se lo merece. Y nuestra amiga con su actitud últimamente no se merece haber tenido a su lado a una persona que lo ha dado todo por ella y por su hijo sin pedir nada a cambio.

Su cara cambió. Creo que por dentro se enfadó mucho, pero no sé si con nosotras o con ella misma. Nos dio las gracias por nuestra sinceridad. Y nos dijo que tenía que irse.

A la semana nos escribió diciendo que no podía venir a la comida, que tenía planes con su hijo, que los próximos dos meses ya nos iría diciendo, pero que, si podía, sería con su hijo.

La semana pasada la llamé y me dijo que quizás teníamos razón, pero que no era fácil aceptar su error y que iba a necesitar tiempo para asimilar que su maternidad era compartida y su discurso de madre soltera estaba cojeando. Y sobre todo para dejar de culparse por cómo había tratado a su madre últimamente.

La verdad es que me reconfortó con el mundo ver que nos podemos equivocar y que podemos aprender de nuestros errores y cambiar el rumbo.