Hay mitos que el cine se ha empeñado en vendernos como verdades universales. Uno de ellos es el polvo encima de la lavadora. Muy sexy en las películas, pero en la vida real, sobre todo si tienes criaturas correteando por casa o adolescentes entrando y saliendo, es directamente ciencia ficción.

Haz click aquí para venirte al canal de testimonios reales

Solo recuerdo una vez en mi vida que mi pareja me empotró en el lavadero. Yo estaba tan tranquila haciendo tareas domésticas cuando le dio un no sé qué y vino como un toro de Miura. Cuando terminamos, con las piernas temblando como flanes, se abrió la puerta principal y entró una de las criaturas gritando: “¡Hola! ¡Ya estoy en casa!”. Un despropósito.

Con los años aprendes que en las películas queda muy guay, pero la realidad es otra. Con la edad la cosa se complica: eres menos elástica, a él le duele la espalda y tú tienes una oreja puesta por si llegan los hijos. Así que acabas volviendo a lo de siempre: la cama. Tu lugar mullido donde, cuando terminas, te pegas un siestón con las endorfinas corriéndote por las venas.

Tan olvidada tenía yo la lavadora que me mudé y decidí no instalarla en casa. Tal cual. Y no se alarme nadie: los polvos siguen siendo estupendos. Lo que no se me acumula es la colada, porque empecé a ir a la lavandería. Una vez a la semana cargo el coche después de lanzar el aviso oficial: “¡Mañana toca lavadora!”. Eso sirve para que los adolescentes recojan el derrame textil que tienen por las habitaciones.

He encontrado una lavandería con cafetería. Una maravilla. Meto todo en esas megamáquinas de 18 kilos que en 30 minutos lo dejan todo impoluto. Luego paso a las secadoras y la ropa sale seca, calentita y con olor a gloria. Allí mismo la plego para que no se arrugue y la organizo en bolsas según propietario. Cada oveja con su pareja, calcetines incluidos.

Mientras tanto, tengo una hora a la semana para no hacer nada. Me tomo un café, leo o adelanto trabajo. Sin interrupciones. Sin montañas textiles mirándome desde el sofá. Cuando llego a casa, cada cual guarda su ropa en su armario. Y punto.

¿Ventajas? Muchas. Antes la ropa se acumulaba en el sofá “para plegar”. Spoiler: nadie plegaba. Aquello era un ciclo sin fin. Además, hemos descubierto que ahorramos unos 50 euros al mes en agua y electricidad.

Así que sí: he olvidado la lavadora. El polvo doméstico también. Y sinceramente, no echo de menos ninguno de los dos.

Parvaty.