Lo voy a soltar así, sin anestesia: hay olores de mi hijo que me dan asco. Y no estoy hablando de los pañales. Eso lo llevas con dignidad porque es lo esperable. Hablo de esos olores inesperados, los que nadie te advierte cuando te hablan del «olor a bebé» como si fuera un perfume embotellado de Dior.

A veces cuando le aparto el cuello y me encuentro con esa papada blandita, húmeda, llena de pelusilla y restos de babas secas, me dan arcadas. Lo amo con toda mi alma, es mi hijo, mi vida, pero ese olor a leche rancia fermentada mezclado con sudor dulzón y no sé qué más… es el mismísimo infierno nasal.

Y esto lo digo sabiendo que si lo dijera en voz alta en la reunión de crianza consciente me lapidarían con bloques de arcilla ecológica. Pero es la verdad. El olor que a veces sale de debajo de esa papada me revuelve el estómago más que cualquier pañal nuclear.

No sé si soy la única. En redes parece que todas las madres están enganchadas al olor de la cabeza de su bebé, que lo huelen dormido, que les recuerda a galletas, a nubes, a ternura en estado puro. Pues a mí me huele a humanidad. A humedad. A leche seca y bacterias. ¿Estoy rota? ¿Me falta el gen del amor incondicional aromático?

Normalmente como veis me lo tomo con humor, pero reconozco que a ratos me da mucha culpa sentir lo que siento. Porque el discurso es que una madre lo huele todo con amor. Que hasta las cacas de tu bebé te parecen menos ofensivas que las del resto del mundo. Pues mira depende del día pero la gran mayoría me aguanto la respiración cuando me toca cambiar pañal.

Y ojo, esto no significa que no lo abrace, que no lo bese, que no me derrita cuando se ríe. Pero igual que hay días que no quieres ver a nadie, también hay días que no quieres oler a nadie. Ni siquiera a tu hijo.

Y ojalá alguien me hubiera dicho esto antes. Que hay días en los que tu criatura huele a yogur podrido y que eso no te hace peor madre. Solo te hace madre real, con nariz funcional y dignidad olfativa.

Anónimo

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