Cuando decidimos casarnos los dos sabíamos ya de antemano que no encajábamos, no del todo. No sé por qué nos mostramos ambos tan insistentes. Porque, pese a nuestras diferencias, estábamos enamorados, sería por eso. Dicen que el amor es ciego, yo digo que es un desastre a todos los niveles. No te deja ver y te empuja a tomar decisiones precipitadas y por completo equivocadas.
A mí me llevó a casarme con un hombre con el que no tenía apenas nada en común. Mis planes vitales y los suyos no solo no tenían nada que ver, es que en muchas cuestiones eran totalmente incompatibles. Aunque conscientes de ello, los dos pensábamos que lograríamos cambiar al otro. Y, en cierta medida, ambos cambiamos. O nos amoldamos a los deseos del otro. Solo que, de una forma tan forzada, que al final la relación se resintió por ello. No se puede renunciar a según qué cosas. No se debería.

Nuestra relación empezó a hacer aguas por todos esos agujeros que abrimos mientras nos obligábamos a ceder. Mi mayor cesión fue concederle el gusto de tener hijos. Porque ser padre era uno de sus mayores deseos. Y porque yo, que jamás quise ser madre, lo hice por él. Y, si bien estoy segura de que nuestro matrimonio tenía fecha de caducidad, creo que convertirnos en padres fue la estocada definitiva. Aun así, nos tomamos casi cuatro años más para tomar la decisión de divorciarnos.
La separación fue un alivio tras mucho tiempo en una situación incomodísima. Y resolver los términos del divorcio fue mucho más sencillo de lo que había esperado. Lo más difícil, como imagino que será en todos los casos de parejas con niños, fue el tema de la custodia de nuestro hijo. Ahora bien, no porque no nos pusiéramos de acuerdo. Fue lo más duro porque yo sentí desde el principio que era su padre quien debía quedarse con la custodia, y me llevó lo mío aceptarlo.
No lo hacía porque me sentía mal. Porque no sabía cómo lo llevaría el niño. Porque sabía que la gente me iba a juzgar, que me llamarían mala madre. Y tal vez lo sea.
Supongo que soy una mala madre porque nunca quise serlo. Pero decidí plantearle a mi expareja la opción de que se quedara con la custodia, mientras yo me quedaba con el habitual régimen de visitas, fines de semana y vacaciones, porque creo que de verdad es lo mejor para mi hijo. Yo no quería tenerlo y sigo sin sentir el menor rastro de instinto maternal, aunque por supuesto que lo quiero. Ahora no concibo la vida sin él. Sin embargo, sé que está mejor con su padre. Que mi ex es mucho mejor padre que la madre forzada que soy yo.

Él lo prioriza de un modo que a mí nunca me salió natural. Lo quiere mejor, lo cuida mejor, lo entiende mejor y lo educa mejor. ¿Por qué iba a obligarlo a estar conmigo si con su padre está mejor? ¿Solo para evitar el qué dirán? No me pareció justo para ninguno de los tres.
Así que lo hablé con su padre y establecimos nuestras normas. Mi hijo vive en la misma casa en la que nació. Tiene una figura paterna con la que todas sus necesidades afectivas están cubiertas y, a mayores, me tiene a mí. Que, pese a haber renunciado a su custodia, no he renunciado a él. Disfruto mucho del tiempo que está conmigo, me atrevería incluso a decir que disfruto de él más que cuando vivíamos en familia. Hablamos casi a diario, me encargo de él cuando la logística de mi ex falla. A menudo nos vemos cuando no toca.
Pero es cierto que yo tengo un rol similar al del típico padre divorciado de antaño. Cosa que gran parte de mi entorno no entiende ni comparte. Y yo creo que es lo mejor para él, para su padre y para mí.
Anónimo
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