Cuando Carla se quedó embarazada, vino corriendo a contárnoslo a todas. Llevaba poco tiempo con aquel chico misterioso, pero se le veía feliz. A las pocas semanas de conocerse ya vivían juntos, así que no fue de extrañar que corriesen bastante en los siguientes pasos. Él estaba poco tiempo en casa, siempre tenía que trabajar. No supo explicarnos bien en qué consistía su trabajo, pero si que era autónomo y que ganaba bastante dinero. Era algo así como comercial, siempre vestía una camisa blanca remangada, unos vaqueros gastados y unos zapatos negros brillantes que desentonaban totalmente con el look casual que se suponía que quería llevar. Recordaba un poco a cuando éramos adolescentes y los chicos querían ir elegantes en fin de año poniéndose aquellas corbatas desproporcionadas a su estatura, aquellos zapatos seguramente un par de números más grandes y con los hombros de la americana descolocados. Ese querer sin poder… En fin, sería cosa nuestra, que éramos prejuiciosas.

Poco tiempo antes de nacer la niña, se casaron en el juzgado. No hubo a penas celebración, solamente unas cervezas tras la firma en un bar cerca de su casa con los amigos de ambos. Ahí conocimos a algunos de sus colegas. Gente a la que yo conocía de trapichear por el barrio de mi hermana. No solían meterse con nadie, pero protagonizaron bastantes follones el año pasado cuando una familia volvió al barrio a vivir ya que, al parecer, ofrecían “servicios” parecidos. La policía los tenía fichados a todos, pero seguían sin hacer demasiado, supongo que esperando pillar a su proveedor. Era extraño que él siguiese sin sonarme de nada, viviendo en una ciudad tan pequeña y conociendo a tantas personas en común.
Ese día Carla llegó a casa llorando. Su ahora marido se había pasado bebiendo y, al pillarlo drogándose en el baño “para baja la borrachera” se había puesto muy nervioso, se había ido a casa y había roto varias cosas contra la pared. Entre ellas un regalo que le habían dado para la niña. Estaba triste y asustada y yo la animé a quedarse conmigo esa noche.
Al día siguiente hicieron las paces, él le pidió perdón y le dijo que hacía años que ni se acercaba a la cocaína, pero que con la emoción de la boda y la borrachera se había hecho un lío.

Por suerte (y cuando acabéis de leer sabréis por qué digo por suerte), a los pocos días de nacer la niña, en plena nube hormonal de amor y sintiéndose la mujer más afortunada del mundo, llamó la policía a su puerta. Se llevaron a su marido “para que prestase declaración”. Ella no entendía nada, no podía parar de llorar y decir que, fuese lo que fuese de lo que lo acusaban, era mentira.
Al volver a casa horas más tarde le contó que sus amigos seguían metidos en líos y, que al verlos juntos un par de veces, se creían que él tenía algo que ver. Sabía perfectamente que sus amigos no eran la compañía que se espera de un padre de familia, pero llevaban muy unidos desde pequeños y no los quería dejar tirados. Le habían tomado las huellas y pedido que declarase en comisaría. Mientras no se supiese nada más, no habría acusación formal y todo se quedaría en un mal momento. Todavía no había amanecido cuando aporrearon la puerta, era la policía otra vez, mientras ella abría la puerta asustada él intentaba salir por la ventana. Al verlo, ella entendió todo y empezó a llorar de nuevo. Lo detuvieron de forma bastante violenta, acusado de asesinato. Esa tarde lo habían llamado a declarar creyendo que tendría algo que ver con un tema de drogas, lo que no sabían era que él era el cabecilla de una red bastante grande de camellos de la zona y que, hacía un par de meses, había matado a un chico en su piso con un bate de beisbol. Al registrar sus huellas esa tarde habían saltado todas las alarmas. Aquello que pareciera un asalto en un piso de estudiantes resultaba ser un ajuste de cuentas. Llevaba años camuflándose muy bien y no habían dado con él hasta ahora.
Carla se quedó hundida. Toda su historia de amor había sido una tapadera. Salir con una niña pija era lo que necesitaba en ese momento para pasar desapercibido. Pero ahora sabía que, tras haber matado a un hombre, había vuelto a casa, tan normal, a dormir a su lado como siempre. Le daba escalofríos pensar en todo aquello.
Se encerró en casa con su madre y su niña y no quiso saber nada de aquello. Al registrar su casa, la policía había encontrado tantas cosas en lugares donde, poco después, también podría haberlas encontrado su hija… ¡Menos mal que todo se había descubierto tan pronto!

Al pasar el confinamiento, ella al fin se vio con fuerzas para solicitar el divorcio y, por supuesto, la retirada de la custodia e incluso la patria potestad a aquel malnacido. En el juicio, donde él declaró desde le cárcel por videoconferencia, ella lo vio por primera vez en 3 años. Estaba demacrado, delgado, con la cabeza rapada y sus orejas parecían mucho más grandes. Y en esa sesión, delante de los abogados y del juez, aquel hombre desconocido para ella, la amenazó con que si salía algún día le haría pagar con sangre todos esos años sin ver a su hija. Los guardias se lo tuvieron que llevar a mitad del juicio y a ella la tuvieron que atender por un ataque de ansiedad. Por supuesto que le quitaron cualquier derecho sobre la niña y que faltan décadas para que salga de la cárcel, pero Carla tiene pesadillas con que aquel camello asesino aparezca por su casa o que, antes de salir, logre mandar a alguien que le haga daño a ella o a la niña. Y si hay algo que todavía le perturba el sueño más todavía es recordar todas aquellas noches de amor y dulzura con él, ese hombre que le había jodido del todo la vida.
Escrito basado en una historia real.