No sé cocinar. No quiero aprender. Y sinceramente, no me da la gana sentirme culpable por ello. En mi casa, el que cocina es mi marido, y lo hace con gusto, con arte, y sin esperar ninguna medalla por ello. Le encanta. Es su momento, su espacio, su manera de desconectar y disfrutar. Y yo, feliz de verle tan a gusto. Pero ¿sabéis lo que no disfruto tanto? Las veces que he tenido que esbozar una sonrisa falsa cuando alguien me suelta:

“¡Qué suerte tienes, hija! El mío no sabe ni freír un huevo.”

A ver, pues si te has casado con Homer  Simpson o con Pedro Picapiedra, no es mi fucking problema.

Vamos a empezar por lo básico: cocinar no es un súperpoder exclusivo de los hombres modernos. No es algo extraordinario ni mágico. Es una tarea doméstica. Igual que limpiar el baño, poner una lavadora o llevar a los niños al cole. Pero claro, vivimos en una sociedad que todavía, por más que avancemos, sigue viendo esas tareas como si fueran de mujeres. Y cuando un hombre las hace, automáticamente se convierte en un héroe, en un espécimen único, en un unicornio. Y nosotras en afortunadas por no tener que hacerlas.

No. Mi marido no es un unicornio. Es un adulto funcional. Y yo no tengo suerte. Tengo una pareja que entiende que convivir significa repartirse el trabajo, los hijos y las responsabilidades. No me ha tocado la lotería, simplemente he elegido a un hombre que no cree que tener pene le exima de fregar una sartén.

Pero es agotador. Porque da igual cuántos años pasen, cuántos artículos se escriban, cuántas campañas se lancen: seguimos con el chip de que los hombres que se implican en casa son una excepción, y las mujeres que no cocinan somos raras o unas vagas. Porque sí, también he tenido que tragarme comentarios del tipo:

“¿Y no te da vergüenza que él haga todo eso?”

Como si yo tuviera explotado a mi marido. Se deben de pensar que yo estoy tumbada en el sofá mientras él hace malabares con los niños, la olla exprés y la freidora. Pues resulta que en casa trabajamos los dos, cuidamos de nuestros hijos los dos, y repartimos las tareas según nuestras habilidades y preferencias.

Y ojo, que esto no va de señalar a nadie. Hay mujeres que disfrutan cocinando, y hombres que prefieren otras tareas. Perfecto. Pero ¿por qué cuando la que no cocina es la mujer, se pone en tela de juicio su valía como madre, como esposa o como adulta? ¿Por qué no se asume que también tenemos derecho a no saber hacer una bechamel y vivir tranquilas?

Tampoco es que yo no sepa ni freír un huevo, como el marido de aquella. Me defiendo. Puedo cocer unos macarrones o un arroz, y la tortilla de patata me sale muy rica. Pero si esta mi marido en casa, cocina él.

 

Al final es una cuestión de reparto de tareas. A él le encanta cocinar y le quedan unos guisos exquisitos. Yo, sin embargo, tengo muy buena memoria, así que me encargo de estar al día con las citas médicas, las vacunas, los correos del colegio de los niños, los horarios y plazos de las extraescolares (aunque de llevarlos se encarga él, porque yo lo odio), los cumpleaños de los amiguitos, los bizums de los cumpleaños de los amiguitos, y estoy atenta al grupo de WhatsApp de los padres del cole, que no es moco de pavo.

Porque sí, él cocina. Pero lo demás, lo que muchas mujeres llevamos en la cabeza, la carga mental de las madres, que no se cocina en ninguna olla, ni se aplaude y ni se ve. Y eso también cansa y es digno de reconocimiento.

Estoy harta de tener que justificar que mi pareja sea un hombre adulto con capacidad para cuidar de sí mismo y de los suyos. Harta de que se vea como algo excepcional, como un regalo. Como si él me estuviera haciendo un favor. Cuando en realidad lo que está haciendo es exactamente lo que le corresponde.

Y por favor, dejemos de usar la palabra “ayudar”. Él no me ayuda. Él participa, colabora, se implica. Porque esto es de dos. No es mi responsabilidad y él, generosamente, decide aliviarme. Es nuestra vida, nuestra casa, nuestros hijos.

Así que no, no tengo suerte. Tengo un compañero. Y eso, aunque parezca revolucionario, no debería serlo. Debería ser la base mínima para construir una vida en común.

Y sí, reconozco que me enervo cada vez que una mujer me dice: “Ojalá el mío fuera así.” Porque entiendo la frustración, pero también me duele que aún estemos en ese punto. Que aún haya mujeres que vean como una utopía algo que debería ser normal.

¿Soy afortunada por tenerlos? Pues si. Pero no porque cocine y limpie la casa, soy afortunada porque es una bellísima persona y el mejor compañero de vida que he podido tener.