Cuando era joven pensaba que terminar una carrera era difícil.

Que labrarse un futuro era complicado.

Comprar una casa, imposible.

Pero nunca me planteé lo difícil que es convertirse en madre hasta que quise serlo. Era algo a priori sencillo, ¿no? Tienes sexo sin protección y te quedas embarazada. Anda que no nos lo habrán dicho veces.

Pues no, no siempre es así.

Esos meses en los que el día que me bajaba la regla era un drama, que terminaron convirtiéndose en años. Las listas de espera que vinieron después, los exámenes médicos, los duros tratamientos, las fecundaciones in vitro.

Los resultados negativos.

Los positivos seguidos de un sangrado que no cesaba… los abortos.

La valoración del responsable de la unidad de infertilidad: ya no era apta para más intentos. Que llamase si quería entrar en la lista de espera de la donación de óvulos.

¿Donación? Si yo era joven y estaba relativamente sana.

No voy a mentir, fueron los peores años de mi vida.

Llegamos a un punto en el que decidimos hacer un parón, por mi salud física y por la salud mental de los dos. Así estuvimos un par de años, con nuestro deseo de formar una familia detenido en una pausa por la que ya habíamos pasado antes, aunque nunca por tanto tiempo.

Pero, un buen día, una amiga me dio un número de teléfono y me dijo que, si en algún momento nos replanteábamos el tema, llamase y pidiera cita para nosotros. Por lo visto una vecina de su madre había conseguido un embarazo con final feliz después de tratarse allí y tras muchos años de continuas decepciones.

Mi amiga no me estaba descubriendo la pólvora. Simplemente me estaba dando el teléfono de una reconocida clínica de fertilidad de nuestra ciudad. Sin embargo, con ese gesto, despertó el anhelo que tanto tiempo, y con gran esfuerzo, había mantenido latente dentro de mí.

Esa opción había estado sobre la mesa muchas veces, pero era una clínica privada, lo cual suponía un desembolso de dinero muy importante, sin ninguna garantía de que la inversión diese sus frutos.

Mi pareja y yo recuperamos ese viejo tema de conversación y decidimos que por pedir una cita y valorar lo que nos contasen, no perdíamos demasiado.

Acudimos a la cita, repetimos las preceptivas analíticas, ecografías y demás y volvimos a la consulta para que el doctor nos explicase nuestras opciones. Para poneros en contexto, yo tengo Síndrome de Ovario Poliquístico en paquete premium (a tope de hirsutismo, sobrepeso, anovulación y todo lo demás, no me falta nada) y el esperma de mi chico no es el mejor en cuanto a cantidad, morfología y movilidad.

Recuerdo que el médico nos comentó que era posible que él pudiese dejar embarazada de forma natural a otra mujer si ella era muy fértil. En cambio, nosotros dos juntos… lo teníamos complicado.

Imagen de Karolina Grabowska en Pexels

Imagen de Karolina Grabowska en Pexels

Después de algunas explicaciones nos expuso las siguientes alternativas:

 

  • Fecundación in vitro con mis óvulos del todo a cien y su esperma de calidad cuestionable, y una probabilidad de éxito del 20%
  • Fecundación in vitro con mis óvulos pochos y esperma donado, probabilidad del 30%
  • Fecundación in vitro con ovodonación y su esperma, probabilidad también del 30%
  • Fecundación in vitro con donación de ovocitos y de esperma, probabilidad del 60%

 

Otra vez salía a relucir ese vocablo: DONACIÓN.

Pero en esta ocasión, esa palabra que en otro tiempo me había sonado tan mal, venía acompañada de un porcentaje estimado de éxito muy alto. Tan alto que, si la usábamos como medio para obtener las dos células que se necesitan para crear un embrión, triplicaba la del método que habíamos empleado en los seis intentos anteriores. Y que doblaba la tasa estimada de éxito de las opciones en las que solo uno de los dos miembros de nuestra pareja renunciaba a su carga genética.

Sé que es un tema delicado, y que muchos ni se lo plantean.

Sé que no hay una opinión mejor ni peor. Tampoco eres mejor o peor persona en función de si crees que la donación no es para ti, o si, por el contrario, estarías dispuesto a tener un hijo de esa forma.

Desde luego, llegar a este punto te hace pensar en tantas cosas. ¿Quiénes serán los donantes? ¿Estarán sanos? ¿Serán inteligentes? ¿Serán buenas personas? Un montón de preguntas para las que no puedes tener respuesta. Lo único que está en tu mano es reflexionar sobre lo que la ausencia de estas respuestas supone para ti.

Imagen de Andreas Wohlfahrt en Pexels

Nosotros, por el motivo que sea, lo vimos claro. Queríamos aumentar al máximo la probabilidad de éxito. Y recuerdo que los dos nos dijimos mutuamente: si nuestro hijo o hija no va a tener tus genes, no necesito para nada que tenga los míos.

Para nosotros no era importante que nuestro hijo tuviese nuestros rasgos físicos. Nos daba igual que se pareciera al abuelo, que tuviera los ojos de su tío o los dedos de los pies de su padre.

Es cierto que ya partíamos de la base de que siempre estuvimos abiertos a la adopción, por lo que la donación no sólo no supuso un inconveniente, sino que era la alternativa que nos podía ayudar a cumplir nuestro sueño de formar una familia, junto al mío propio de vivir de inicio a término un embarazo sano.

¿De verdad es tan importante compartir la genética con tus descendientes? Para nosotros no.

Imagen de Daria Shevtsova en Pexels

En su momento preguntamos si desconocer los antecedentes médicos de los donantes podría llegar a ser perjudicial para la salud de nuestro futuro hijx. Salvo en caso de algunas enfermedades graves y muy poco frecuentes, esta circunstancia no entrañaría un peligro mayor que para aquellas personas cuyos padres son también los dueños de las células que les dieron origen.

Para mi pareja y para mí, un hijo es un hijo, ya sea fruto de la combinación de nuestras células, de las de dos desconocidos, o de un proceso de adopción, no obstante, esta es nuestra forma de pensar, respetamos otros tipos de pensamientos al igual que esperamos que el nuestro sea respetado.

Tampoco pretendo hacer debate, sino contar nuestra experiencia por si con ello pudiera ayudar a otras parejas y mujeres que se encuentren en el mismo punto en que nos encontrábamos nosotros cuando dimos el paso de volver a intentar concebir.

Si has pasado por una fecundación in vitro ya conoces de sobra el proceso: análisis de sangre, ecografía, medicación, pinchazo, sangre, eco, pinchazo, las repeticiones que sean necesarias, más pinchazos, quirófano, anestesia, punción ovárica, transferencia, medicación, espera.

Pues lo mejor del tratamiento con donación es que todo ese proceso anterior se ve prácticamente reducido a ecografía, transferencia y espera. Como mujer que se había visto sometida a seis tratamientos anteriormente, eludir todo lo anterior era un plus importante.

Apenas tienes que medicarte, debes acudir a consulta para lo justo y te liberas de esa carga autoimpuesta llena de ‘¿Lo estaré haciendo bien? ¿Me estaré inyectando correctamente la medicación? ¡Que no se me olvide la pastilla de la tarde!’ y similares. Deshacerte de esa presión resulta ciertamente liberador, que ya bastante tenemos encima con todo lo demás.

Una eco para ver si tu endometrio está en el punto adecuado, óvulos de progesterona y ya está. Te transfieren ese embrión o embriones y a esperar que la naturaleza se encargue sola del resto.

Imagen de Anna Shvets en Pexels

A partir de ese momento, eliminamos a los terceros implicados, la intervención médica, y lo que queda es un puñadito de células creciendo y transformándose en tu interior hasta que, si todo va bien, llega el día del nacimiento de tu hijo.  TU HIJO.

Esa personita que has gestado en tu vientre, que se ha alimentado a través de tu sangre, al que has cuidado, has sentido y le has hablado. Exactamente igual que si hubiera sido creado a partir de uno de tus óvulos.

A la séptima fecundación in vitro, primera con donación de ovocitos y esperma, di a luz a un niño maravilloso, sano y perfecto.

Unos años después, con la octava intentona y siendo la segunda transferencia de uno de los embriones obtenidos con donación de ovocitos y esperma, alumbré a una niña igual de maravillosa, sana y perfecta que su hermano.

Ni su padre ni yo volvimos a pensar en las implicaciones de la donación desde que nació el mayor. Es como que fue algo que se tuvo que hacer de ese modo, sin más, y no ha vuelto a tener ninguna relevancia en nuestras vidas.

Solo lo recordamos cuando en el pediatra nos preguntan si alguno de los dos somos también intolerantes a la lactosa, o si tenemos alguna alergia, etc. Y lo tenemos tan poco presente, que respondemos con total naturalidad sin caer a la primera en que nuestras posibles enfermedades hereditarias no van a afectar de ninguna forma a nuestros hijos.

Imagen de Victoria Borodinova en Pexels

Bueno, hay una cosa que nos hace pensar en ello, no lo podemos evitar. Y es que a menudo la gente nos comenta lo muchísimo que se parecen los dos niños a su padre. Pues sí, la vida ha querido que los dos sean clavados a él. En serio, el parecido es extraordinario.

No sé cómo lo hacen, pero debe ser habitual, tenemos unas amigas que tienen un niño para cuya concepción, obviamente, necesitaron un donante de esperma. Pues su hijo es igualito a una de sus madres, justo la que no aportó el óvulo ni lo gestó.

Yo creo que es la forma que tiene el Universo de decirnos que esos son los niños que estábamos destinados a tener, aunque necesitáramos más participantes de lo habitual y tuviésemos que dar más vueltas que la media para conseguirlo.

 

Foto de portada de Anna Shvets en Pexels