Siempre me han dicho que me gusta correr antes de andar, pero la vez que fingí estar embarazada en una primera cita no fue por eso. De hecho, cuando estaba quedando con él, no se me había ocurrido todavía. Supongo que, como muchos embarazos, “fue algo que surgió”. No estaba preñada y jamás pensé que en una primera cita fingiría estarlo, pero siempre hay una primera vez. Eso sí, seguramente por ninguno de los motivos que podáis imaginar. Ni embarazo psicológico, ni inmaculada concepción, ni un regalito de una relación anterior. No van por ahí los tiros, empezaré por el principio.
Cita Tinder. Los dos cansados de desengaños y gente de mierda, pero todavía ilusionados con “conocer a alguien”. Después de un par de días tonteando al máximo, hablando un poco de todo y nada pero viendo que la química y el interés estaban ahí, nos lanzamos.
Quedamos en un parque. Él llegó algo tarde y yo estaba muy nerviosa, pero intentaba que no se notara. Entre el paseo y la charla, surgió beber algo. Yo quería beber más que él pero recibí su propuesta como quien no quiere la cosa. Ya sabéis, borracha pero buena muchacha. Pillamos unas cuantas cervezas y nos apalancamos en un banco. La conversación siguió fluyendo. El match estaba justificado. Él era mi tipo y yo el suyo. Hablamos desde las cosas más triviales hasta los traumas más jodidos. Teníamos mucho en común: intereses, experiencias, atracción…
Fue maravilloso. Ese tonteo que se quedaba frío desde el móvil, ahora nos sacaba a los dos la risa floja y los colores. Él se fue animando cerveza tras cerveza, y yo le seguía el ritmo. O se lo marcaba yo, ya no me acuerdo, quizás por tantas cervezas. El caso es que fueron pasando las horas de conversación, fuimos varias veces a por más bebida y entre la sed, los nervios y el vicio, no tengo ni idea de cuántos litros nos acabamos tragando ni de cuántas horas llevábamos así.
El tiempo pasa volando cuando lo pasas bien, pero especialmente cuando bebes. Nos dimos cuenta de que se había hecho tarde cuando ya era de noche. Sin querer que aquella cita acabara, pero sabiendo que llegaba a su fin, decidimos tomarnos las últimas cervezas. Volvimos al banco que habíamos convertido en nuestro nido improvisado. Cada vez había menos gente, y aunque estuviéramos deseando quedarnos a solas y nos diera un poco igual el resto del mundo, supimos que se nos acababa la hora. El parque iba a cerrar.
Coincidiendo con las últimas cervezas, él me dijo que se meaba y fue a buscar unos arbustos. En ese momento se me desbloquea una nueva necesidad que llevaba durmiendo en mi interior varias horas y litros. Me meo como una perra. Me muevo de aquí para allá, de pie, sentada, doy vueltas, una pierna, la otra, tiro las latas, me vuelvo a sentar… Nada. No me basta con el baile de San Vito, lo que necesito es descargar. El borbotear de una fuente cercana que hasta hace un rato me transmitía una calma increíble, ahora me da ganas de asesinar a alguien, con mis propias manos o ahogado con mi pis.
Cuando él vuelve de su meada, aliviado y relajado, no puedo aguantarle más. Le confieso que me estoy meando por encima de mis posibilidades. Él algo alarmado por mi sufrimiento se pone modo caballeroso y bastante mono a buscar un baño público dentro del parque, pero está cerrado. Optamos por unos arbustos, escondidos entre la oscuridad y la soledad. Mira que he meado en sitios peores, pero entre los perros paseando, los niños riendo, y el personal del parque indicando en voz alta que estaban a punto de cerrar, no pude soltar ni gota.
Salimos de allí, yo incomodísima, sin saber dónde hacerlo. Él me plantea ir a algún local y pedir que me dejen usar el baño. “Si te dicen que no, siempre puedes amenazar con mearte ahí mismo”. Se me ilumina la bombilla. No hay muchos locales abiertos, la mayoría restaurantes, pero fijo mi presa y me lanzo con decisión. Para ser un sitio de kebabs parece bastante amplio y cómodo.
Por si acaso le pregunto si puede esperar en la puerta, antes de lanzar la artillería pesada. Él permanece expectante, yo entro. Me corta el paso un camarero. Antes de que le dé tiempo a decirme que solamente los clientes pueden usar el baño, me marco una interpretación digna de un Goya:
Envolviendo mi vientre abultado por la cerveza con las manos, poniendo mi mejor cara de niña buena desvalida y sollozando un poquito, suplico: “Por favor, estoy embarazada…” El camarero, avergonzado, se disculpa y me indica el baño. Misión cumplida. Saciada y feliz, estoy preparada para ver cómo acaba nuestra primera cita.
Al salir comento la jugada con él, que se parte el culo y la califica de “brillante”. Atando cabos me dice “¿Por eso me han mirado tan mal por esperar fuera fumando?”
Nos reímos, nos abrazamos y nos damos nuestro primer beso. Nos separamos, no sin antes quedar para una segunda cita. Llevamos dos años juntos.
Anónimo
Envía tus movidas a [email protected]

