Madre mía… llevo con mi chico más años que soltera. Somos la típica pareja que empezó en el instituto con 16 años y a adía de hoy (pasamos ambos los 30) seguimos juntos y a tope.
Evidentemente no todos los días son fuegos artificiales, pero la verdad es que nos queremos muchísimos y la relación la tenemos viento en popa a toda vela.
Salve decir que evidentemente yo conozco a toda su familia y él a la mía, aquí ya no están sus amigos y los míos, ya son todos ‘nuestros amigos’. Tenemos muchísima confianza y al final para mí sus padres son como los míos, sus hermanas son como mías y sus abuelos pues son como míos también. Ya os podéis ir oliendo el drama.

Pues bueno, desde que dio comienzo esta maldita pandemia no habíamos podido ir a ver sus abuelos, estaban en la casa que tienen en la sierra y solamente iba a verlos su madre para llevarles la compra y poco más, su abuelo está bastante delicado y no queríamos correr ningún riesgo. Pues bueno, ya están ambos vacunados con las dos dosis, nosotros nos hicimos PCR para ir a visitarlos, nos pedimos varios días de vacaciones y hemos estado allí desconectando y conectando con la naturaleza.
Pues bueno, después de un par de días comiendo como si no quedara más comida en el mundo, disfrutando de los manjares que su abuela prepara y dedicando tiempo a leer, respirar y caminar, pues nos apeteció echar un kiki tonto. Tampoco tenía mucha parafernalia la cosa, un polvo de manual, sencillo, básico, sin mucha ceremonia.
Ellos se suelen ir a dormir temprano, antes de las 23h ya están los dos roncando en el salón, antes de las 00h ya se han metido en la cama y no se escucha ni un ruido en la casa. Nosotros nos quedamos en el sofá porque estábamos viendo Supervivientes sin prestarle demasiada atención a la tele. Mi maridito se puso tontorrón y empezó a meterme mano, a mi me empezó a picar el chochete y bueno, empezó a masturbarme allí mismo.
Me dejó bien satisfecha con unos dedos perfectos, de los que a mí me gustan, de los que llevan tanto tiempo entrando por mis recovecos que saben perfectamente cómo funciona cada músculo que tengo. Así que nada, dispuesta a devolver a el favor decidí bajar al pilón y hacerle una mamada romántica, de esas lentas, de las de mirar a los ojos, de las intensas.
Pues nada ahí estaba yo en plan faena, cuando de repente veo al abuelo justo detrás de mi chico, mirando con ojos cansados, de persona medio despierta. Gracias a dios los dos llevábamos el pijama puesta porque no habíamos llegado todavía a la penetración. Cuando lo vi enseguida me aparté y empecé a pedirle perdón, el hombre PASÓ olímpicamente de mí, siguió hacia delante y se metió en la cocina. Yo me quería MORIR de vergüenza allí mismo.
Mi señor se guardó la pinga (la cual mágicamente se había reducido a su tamaño dormido) y fue detrás de él para disculparse, se metieron los dos en la cocina y yo hundí mi cabeza en el cojín tapándome la cara porque no me podía creer lo que acababa de pasar. De repente veo cómo salen los dos agarrados del brazo y se van hacia la habitación. Vuelve solo mi marido y le empieza a dar un ataque de risa. Yo me enfadó y le pregunto que cómo cojones es capaz de reírse, que haber cómo le miramos mañana a la cara y que no es una situación ni un poquito cómica.
Él no puede para, a mi al final se me pega y acabamos los dos partiéndonos el culo en el sofá a las tres de la mañana. Cuando conseguimos parar le pregunto que qué es lo que le hace tanta gracia y me dice que su abuelo no estaba despierto, que estaba sonámbulo. Que en la cocina le empezó a preguntar cosas y él contestaba movidas sin sentido, que de vez en cuando se levanta y se da una vuelta de madrugada mientras duerme.
Pues mira OK, bienaventurados sean los sonámbulos, de ellos es el reino de los cielos.
Anónimo
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