En el nuevo mundo de Teresa no hay espacio para tonterías. En mi recién estrenada historia cabe de todo salvo el hijoputismo ilustrado del que presumen algunos. Porque lo he visto con estos ojitos, y hasta ahí podíamos llegar.

¿Me recordáis, verdad? Sí, continúo siendo aquella mujer rozando los cincuenta y pico que hace tan solo unos meses descubrió que la vida solo es una. Por primera vez en toda mi existencia me he dejado llevar por la pasión y el calor carnal de los hombres, ¡y lo que yo me estaba perdiendo!

Javier, mi jovencísimo, preciosísimo y todo lo que termine en ísimo que queráis, había sido mi amante más bestial durante muchas intensas semanas. Juntos habíamos llevado al límite a nuestros cuerpos, provocándonos orgasmos interminables. Nos habíamos dado amor de ese de las películas eróticas de madrugada, en las que cualquier excusa es buena para meterse en faena. ¡Y vaya si nos metíamos!

Pero así como todo lo bueno tiene su inicio, también posee un final. Por lo que llegamos a una etapa en la que ambos necesitábamos probar cosas diferentes con gente diferente, y aunque no descartamos algún polvo de regalo por el camino, ambos nos abrazamos y tomamos rumbos por separado.

Y así fue como conocí a Roberto. Sin buscarlo, sin quererlo, pero parecía que mi actividad sexual había generado sobre mi un halo de sexappeal muy atrayente para los hombres. Estaba en un bar con unas amigas, aprovechando el sol de la primavera para ponernos al día en una terraza, cuando me levanté para pagar la cuenta y él comenzó a hablarme en la barra. Eran las cinco de la tarde de un día cualquiera y aquel tío me había entrado como un miura en plena plaza.

Pude haberme sentido incómoda o haberlo mandado a cagar directamente, pero su forma de hablarme y de comentarme lo mucho que le había llamado la atención la media hora que llevaba observándome, me atrajeron una barbaridad. Se le veía un hombre formal, algo nervioso en aquel instante, y yo me vine arriba como la diva de la feminidad en la que me había convertido.

Tras unos minutos de tonteo sin filtros de ningún tipo, nos dimos nuestros teléfonos prometiéndonos quedar cuanto antes. Os juro que de no haber estado mis amigas esperándome, mis instintos me hubiesen llevado a follarme a aquel chico en el baño del bar en ese mismo momento. Y con la excitación a flor de piel no me extrañó ni un poquito que aquella noche el teléfono sonase.

Una cena, una botella de buen vino y un vestido rojo que, por cierto, volvía loco a Javier. Medias de liga y tacones bien altos, de esos que se clavan con gusto en los glúteos de cualquier hombre que desee empotrarme. Volvía a ser la diosa escondida años atrás.

El restaurante estaba en la ciudad, a algunos minutos del pueblo donde resido. Era un lugar cómodo y muy elegante. Y Roberto se había preparado para la ocasión. Alto, moreno y muy atractivo. En pocos minutos nos pusimos al día. Era propietario de un negocio de venta de coches y llevaba divorciado apenas un par de años.

Sudaba, según él nervioso por la situación singular de haber quedado para cenar con una mujer desconocida y por culpa del vino. Yo sonreía y le acariciaba las piernas bajo la mesa. Creo que empezaba a ser consciente de a quién había decidido entrarle.

Tras la cena el camino de vuelta al coche era oscuro y algo solitario. Parecía que las farolas de aquella calle habían decidido regalarnos la intimidad que merecíamos, así que tomé buena cuenta del momento. Agarré la mano de Roberto y me la llevé a un muslo mientras pegaba el resto de mi cuerpo contra él.

Su respuesta era de esperar. Se dejó llevar por la pasión y me tomó en sus brazos con pasión y locura. Me llevó hasta el final de la calle y con cuidado apoyó mi espalda contra una pared de piedra. Empecé a estar húmeda como hacía días no lo estaba y sentía el asunto de Roberto entre mis piernas, duro y dispuesto. Él besaba mi cuello, mis orejas, de nuevo mis labios… repetía una vez más el recorrido, pero parecía no decidirse a continuar con el juego.

¿No te vas a atrever a follarme?‘ le pregunté entre gemidos esperando que mis palabras animasen la situación.

Pero entonces Roberto frenó en seco, volviendo a ponerme sobre el suelo y pidiéndome perdón sin conseguir mirarme a los ojos. Comprendí que quizás echar un polvo en plena calle, por oscura que estuviera, era demasiado para él. Así que sonreí de nuevo y tomé su mano regresando al camino que nos llevaba hasta su coche.

Retomamos una conversación sin importancia, como si aquella escena hot que acabábamos de vivir no hubiese pasado. Yo continuaba deseando que Roberto me tomase de verdad, aquello tenía que tener un final feliz de los de película XX.

Al llegar a mi casa no dude un segundo en preguntarle si quería entrar. Él, por supuesto, me acompañó animado y mientras yo rebuscaba en mi bolso las llaves de la puerta él ya estaba magreándome los pechos desde mi espalda. Parecía que la excitación había regresado, y de esta vez no la podíamos dejar pasar.

Me deshice de mi vestido en cuestión de segundos, dejando ver aquel conjunto brutal de lencería. Los ojos de Roberto salieron de sus órbitas y yo decidí que para aquel polvo no me quitaría ni una sola prenda más. Él se desabrochó el pantalón dejando al aire aquella inmensa polla erecta que apuntaba hacia el cielo. Empezaba la fiesta.

Me senté a horcajadas sobre sus piernas, sin dejar que me penetrase pero jugueteando con mis manos. Roberto gemía en cada movimiento cerrando los ojos por la excitación. Él me tocaba con delicadeza, agarrando mis tetas como si pudieran romperse, lamiendo mis pezones como si fueran caramelos de cristal. Yo me daba a él con más intensidad pero adaptándome a lo que veía que a él le gustaba.

Unos minutos después él me dijo que necesitaba follarme ya, y yo cumplí su deseo. Le puse un preservativo utilizando mis labios y me tumbé sobre el suelo abriendo mis piernas para recibirlo. Entonces, lentamente, se acercó a mí y justo en la primera envestida volvió a frenar como ya lo había hecho en el callejón aquella noche. No me lo podía creer.

¿Ha pasado algo?¿va todo bien?‘ pregunté incorporándome del suelo.

Y entonces Roberto se echó a llorar. Pero no era un llanto leve o una llantina, no, aquello fue un berrinche en toda regla. Digno de un niño desesperado. Yo no entendía nada. Lo miraba pasándole un brazo por la espalda y sin poder remediar mirar a su pene que, poco a poco, iba desapareciendo entre sus piernas.

Roberto era divorciado, sí, pero también echaba de menos a su mujer en cualquier momento de su vida. En dos años no había sido capaz de retomar su vida sentimental ni sexual, no lograba sucumbir a ninguna mujer que no fuera su ex. Y yo había sido otro de sus intentos.

No lo culpé, son cosas que pasan y debe ser muy duro querer y no poder. Pero por otro lado… ¿para qué me entras en ese plan de fucker de la vida? No lo hagas así, amigo. Ve con calma, abriéndote poco a poco a otra persona. Sin necesidad de utilizar a decenas de mujeres para solucionar tus problemas con el sexo. Porque él lloraba triste por esa nueva derrota, pero yo allí me quedé, a medio polvo y consolando a un extraño en mi salón.

A mí que me follen, duro y sin palabras de por medio, pero por favor, que no me jodan.