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Amor & Polvos

Mi primer contacto con el BDSM: el kit que devolvió la lujuria a mi vida

 

Llevo casi dos años visitando a diario vuestra página para evadirme un poco de la rutina que es mi vida. Me encanta leer historias de amor, consejitos útiles, tendencias… pero por encima de todo me vuelven loca los follodramas. Siempre que los leo termino pensando ‘¿y no me pasará a mí nada ni parecido?‘. Pues resulta, amigas, que al fin he sido yo la protagonista de mi propia historia.

Para empezar, permitidme que me presente. Digamos que me llamo Teresa (imaginémoslo), vivo en un pequeño pueblo del norte de España y tengo casi casi cincuenta años. Tan solo os he mentido en el nombre, os lo prometo. Llevo divorciada, ya ni lo recuerdo. Solo sé que tengo dos fantásticos hijos que llevan años independizados y que al zoquete de mi ex, por suerte, hace lustros que no lo veo.

En este plan haceros una idea de lo que es mi vida. Pueblo, trabajo en una empresa conservera, pueblo de nuevo y poco más. Tengo mis amigas, con las que a veces quedo en la ciudad para tomar un café o ir de compras. Pero digamos que mi rutina es tan absolutamente monótona y envejecida que estoy viendo mi vida pasar sin pena ni gloria.

Por suerte hay ocasiones en las que parece que el destino te sonríe, y hace unas semanas llegué al trabajo para descubrir que en mi misma línea de envasado habían contratado a un nuevo trabajador. Al principio ni cuenta me dí, aquel día llegué al turno tan justita de tiempo que apenas pude levantar la mirada de lo que estaba haciendo. Al menos hasta que Javier (ejem…) comenzó a hablar y noté una voz nueva en el ambiente.

Entonces sí, ahí sí que me puse yo a escudriñar quién era aquel muchacho y de qué palo iba. Entre los quince que formamos la línea de trabajo más de la mitad somos mujeres ya maduritas. Vamos, que los temas de conversación de turno a turno son un no parar de quejas de maridos, hijos y cotilleos del ‘Sálvame’. Los hombres van a lo suyo parloteando de fichajes y ligas de fútbol. Pero resulta que Javier llegó para alborotar el gallinero.

De no más de cuarenta años, aquel chico empezó a bromear y charlotear con todos y todas. Se ganó al equipo en cuestión de segundos porque además de labia el tío tenía una gracia supina. Yo no tenía ni idea de por qué, pero en seguida se me subieron los colores en cuanto se dirigió a mí que me empezaron a temblar las manos cosa fina y casi la lío en la línea.

Y resulta que él lo debió de notar, porque en cuantito que terminamos el turno vino tras de mí para pedirme disculpas si algo me había parecido mal y para preguntarme si era del pueblo. ¡Qué tembleque de piernas tenía! Si es que cuanto más cerquita lo tenía más guapo me parecía aquel chaval. Le expliqué como pude que yo vivía en un pueblo cercano pero no allí y él sin cortarse un pelo me preguntó si algún día querría quedar con él para tomarme una cerveza.

Yo me miré de arriba a abajo y no comprendía cómo aquel buen mozo se había fijado en una viejales como yo. Que a ver, yo me cuido e intento ir siempre mona, pero como comprenderéis la ropa de trabajo no es lo más sexy del mundo. Así que allí estábamos los dos, en la entrada de los vestuarios, yo nerviosa como una quinceañera y él sonriente mirándome a los ojos intentando derretirme.

Por supuesto le dije que contara conmigo cuando quisiera, quizás soné demasiado entusiasmada porque Javier se rió y rápidamente me dijo que en diez minutitos nos veíamos en la salida de la fábrica. Entré al vestuario y allí estaban las cotorras de mis compañeras que, para variar, habían pegado la oreja en la puerta para enterarse de qué iba toda la historia.

Las mandé callar y me hice la interesante diciéndoles que simplemente le iba a enseñar el pueblo al chico nuevo, que no era de la zona y que el pobre estaba aburrido. Mentira, que yo por dentro ya me imaginaba cabalgando sobre Javier y la pepitilla me estaba pegando unos aplausos que no veas.

Rebusqué en mi bolso y por fortuna localicé algo con lo que retocarme el maquillaje. Me coloqué el pecho bien en su sitio y salí hacia la puerta muy digna y triunfal. Allí ya me estaba esperando Javier, vestido con unos chinos de color marrón y un jersey que le sentaba de infarto. Puede que en ese momento mis bragas cayeran al suelo y las perdiera, pero no estoy muy segura de ello.

Nos montamos en su coche y a mí el corazón cada vez me iba más deprisa. Juro que temí que tanta tensión me provocara un infarto. Hacía casi quince años que no estaba a solas con un hombre, al menos no más allá de estar en la cocina con el técnico de la caldera, y Javier olía a perfume que daba gloria.

Arrancó el coche y acto seguido se giró sonriente para preguntarme a dónde nos dirigíamos, que él solo conocía la ruta a su casa y poco más. Me empezaron a sudar las manos y también me dio la risa. ‘Va a pensar que soy tonta‘ empecé a pensar mientras intentaba proponerle un plan divertido en aquel pueblo. Entonces el puso su mano sobre las mías…

Tranquila mujer, que yo no muerdo‘ me dijo acercándose peligrosamente a mi cara.

No entendía demasiado bien de qué iba aquella película, nos habíamos conocido hacía apenas ocho horas, habíamos bromeado durante el trabajo y no sabíamos mucho más el uno del otro. Pero aquel chico estaba claramente tonteando conmigo y yo quería seguirle el juego pero estaba súper perdida en cómo flirtear.

Por lo tanto, respondí como supe. Con su mirada todavía clavada en la mía, me lancé directa y sin frenos dándole un beso como esos de las películas, lento pero seguro. Ahora sí que sí, mi chichi hizo la ola varias veces, porque encima Javier me respondió introduciendo sutilmente su lengua dentro de mi boca. Quince años sin catar varón, ¡con lo bien que saben!

Y allí estábamos, en medio del aparcamiento, la Tere y el Javier dándonos el lote como dos adolescentes. Nos separamos y de nuevo los dos nos reímos. Entonces él dijo:

¿A mi casa, entonces?

Soy una mujer madura, dueña de mi vida y totalmente libre. Asentí acariciándole la nuca. Me di cuenta de que llevaba un botón de la blusa desabrochado (o que Javier muy fugazmente había liberado), y lo miraba de reojo imaginando todo lo que le iba a hacer esta madurita a ese cuerpo joven.

Solo puedo decir que aquella noche cumplí, cumplió y los dos terminamos la noche bien en lo alto. Ni tiempo le di a Javier de enseñarme su pisito. Fuimos al grano y sin temores. Ya casi ni recordaba lo que era un orgasmo bien hecho, o un cunnilingus, o probar diferentes posturas con un hombre que te pusiera a cien. Hacía noches que no dormía tan bien como aquella primera noche con Javier.

Y tras nuestra primera cita, que no sé si fue cita o calentón, siguieron algunas más. Nadie en la fábrica sabía que estábamos juntos, sí que se notaban nuestros flirteos en la línea de trabajo y muchas de mis compañeras bromeaban sobre nosotros. Mal sabía ellas que Javier me ponía noche sí noche también mirando pa’ Cuenca y que yo le hacía unas mamadas que le hacían poner los ojos en blanco. Ilusas ellas.

La cuestión fue que en medio de mi recién estrenado affaire con aquel muchacho, una mañana de sábado llegó un paquete a mi casa. Yo no recordaba estar esperando nada, pero al decir el repartidor mi nombre recogí la caja y me dispuse a abrirla rápidamente.

Fuera de la caja había una nota que ponía ‘Tú y yo hoy, vamos a ser malos‘. Sonreí malvada averiguando que todo aquello era obra de mi amigo. Desenvolví el paquete y me quedé completamente muda.

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Era cierto que en nuestra intimidad sí que le había dejado caer a Javier que tras haber leído ’50 sombras’ me había quedado yo con la espinita de que alguien me atara o me castigara en la cama, pero jamás hubiera pensado que fuera a llevar a cabo aquella fantasía. Abrí la caja y entre decenas de pétalos de rosa fui desenvolviendo poco a poco un kit súper preparado de correas, pinzas para los pezones, látigo, cadenas…

Cada componente que tenía en mis manos me hacía ponerme más y más cachonda. Me imaginaba atada, a cuatro patas mientras Javier acariciaba mis glúteos con aquel cinturón negro. Taquicardia de nuevo. Cogí el teléfono y envié un mensaje a mi amigo.

He recibido tu regalo, ven a mi casa. YA.

Sin responder, en apenas treinta minutos, Javier estaba ante mi puerta. El tiempo justo para que yo me pusiera un nuevo conjunto de ropa interior roja que había comprado en exclusiva para él. Dejé todo el set sobre la cama y tras abrirle la puerta le pedí silencio y lo fui desnudando hasta llevarlo a la habitación.

Sin saberlo había invertido los papeles. Siempre me había imaginado a mí de sumisa, pero resulta que el papel que mi cuerpo me pedía era el de dominante y señora. Al entrar en la habitación él ya estaba completamente desnudo. Comencé a besarlo y le puse el antifaz sobre los ojos. Lo senté en la cama y me coloqué sobre él para comenzar a ponerle una de las correas alrededor del cuello. Él ya estaba totalmente empalmado y yo me moría de ganas por follármelo, pero necesitaba seguir con aquel juego.

A cuatro patas sobre el suelo, agarraba la cadena dando pequeños tirones para situar su cara cerca de mi cuerpo. Le pedí que como muy sirviente me comiera todo lo que se pusiera ante su boca, y flexionando ligeramente las piernas puse mi coño a su disposición. Bajé mis bragas y me dejé ir varias veces. Empujando cuidadosamente su cara contra mi cuerpo.

Después, látigo en mano, le pedí que subiera a la cama. Ya sin antifaz, até sus piernas a la cama con otra de las correas y comencé a chupar todo su cuerpo sin permitirle que me tocase. Me desabroché el sujetador y con cuidado pincé sus pezones, dos cascabeles hicieron que sonriéramos en aquel momento.

No puedo más, fóllame ya‘ dijo Javier rogando una vez más.

Yo también lo deseaba, muchísimo. Así que despacio me fui sentando sobre él sin dejarle que me acariciase. Tras un rato moviéndome rítmicamente como una amazona me levanté y me puse a cuatro patas pidiéndole que antes de nada me pegase un par de latigazos suaves. Lo hizo y yo gemí bruscamente sin dejar de mirarlo.

Ahora, tómame ahora‘ le ordené excitadísima.

Con sus correas colgando de su cuerpo dejé que mi sirviente hiciera de mí lo que quisiera durante unos minutos. Los cascabeles de sus pezones tintineaban en cada envestida y eso me ponía todavía más cachonda. De pronto me giré y tiré suavemente de la cadena de su cuello para que se colocase sobre mí, yo llevaba por completo el ritmo de aquel polvo, era la dueña y señora. Yo mandaba.

Perdimos la noción del tiempo, solo recuerdo que para cuando al fin los dos nos corrimos, el sol que entraba por la ventana ya había desaparecido. Caímos exhaustos sobre la cama para ver que habíamos convertido aquella habitación en un santuario de la dominación. Aquel kit de cuero y metal nos había permitido jugar con nuestros cuerpos yendo un paso más allá del sexo. Miré a Javier y sonreí traviesa.

Te juro que yo era una buena chica…

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Fotografía de portada

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