Cuando me quedé soltera después de 10 años de relación con mi primer novio, decidí que todo el monte era orégano. Me abrí todas las aplicaciones que existían y, además, salía por ahí con ganas de darlo todo.
En una de estas aplicaciones empecé a tener conversaciones calentorras con un chico de estos chicos que tiene una vida tan ajetreada que no para ni un segundo: del trabajo al gimnasio y del gimnasio a casa y vuelta a empezar el ciclo. Le quedaban pocos ratos libres, así que, uno de esos días en los que empezamos a calentarnos por mensaje, le dije que, al salir del gimnasio, se podía pasar directamente por mi casa. Y yo, ingenua de mí, le dije que no se duchara porque se iba a ensuciar mucho en mi casa. Y el muy guarro se lo tomó al pie de la letra.
Llaman a la puerta. Está bueno, muy bueno. Y sudado, muy sudado. Lleva una de esas camisetas que se supone que son transpirables pero que, a mí, me da la sensación de que lo único que hacen es condensar los olores. Va en pantalones cortos y lleva unas Adidas que han pasado por mucho barro y llevan muchos kilómetros a sus espaldas. Pero está bueno, muy bueno.
Casi ni me saluda. Me mete la lengua hasta la campanilla. Dios, qué bien besa. Y, Dios qué mal huele. Me debato entre aceptarlo o descartarlo. Pueden mis hormonas.
Me levanta la camiseta, me quita el sujetador y me empieza a lamer los pechos. ¡Lo hace de muerte! Estoy como una moto y el tufillo pasa a un segundo plano.
Le empiezo a sobar y noto su nepe súper erecto y gigante. Muy muy grande. Pero huele fatal. Mucho. Venga, vamos al grano y lo paso por alto. Pero claro, mi amigo me sugiere con sus movimientos que quiere una mamada y yo eso no lo chupo ni aunque me pague.
Disimulo e intento ponerme a horcajadas sobre él. Le atufa el sobaquillo. ¡Ay, Dios, que yo no me concentro así! Le sugiero irnos a la ducha y me dice que está muy caliente y que ya luego nos duchamos. Y empieza a sobetearme. Estoy a mil, pero, a la vez, no puedo con el olor. Y el no puedo es literal.
Se lo digo fina, pero claramente: “A ver, es que se nota que has entrenado mucho hoy y hueles a súper macho. Anda, una ducha rápida y seguimos. Mientras, voy preparando el ambiente…”. Os prometo que lo dije con cariño, pero el tío se cabreó, se levantó y me dijo que, si me iba a poner tan tiquismiquis, se iba. Y cogió la puerta. Y se fue.
Y yo me quedé pensando si de verdad soy una tiquismiquis, él un guarro o, simplemente, no nos entendimos y perdimos una oportunidad de oro. ¿Y si era el amor de mi vida y no estamos juntos porque yo me puse exquisita?
Pues no, no me puse exquisita. En el sexo todo y nada vale, depende de cada uno de nosotros. Y a mí el tufillo como que no. Una cosa es que huelas un poco porque todos lo hacemos, pero si te has hecho peso muerto con 120 kilos y te has corrido (literalmente) 20 kilómetros, una ducha antes del polvete es imprescindible.
Pero lo peor de todo fue que su olor permaneció inalterable en mi colchón durante días y días. Y todo por un rato. No me imagino el tufo si se llega a quedar a dormir (ni quiero).
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