Por aquella época, yo vivía en Londres.
Poco a poco, mis amistades empezaron a:
- Volverse para sus países de origen.
- Desaparecer completamente del mapa.
- Echarse pareja. El por qué la gente tiende a desaparecer en cuanto se echa pareja daría para otra historia, pero no viene al caso.
¿Qué haces cuando, de repente, te quedas colgada todos los fines de semana, en una ciudad tan llena de oportunidades como Londres? Pues apuntarte a un bombardeo. Quedarse en casa nunca es una opción.
Talleres de alfarería, clases de inglés, cursos de cocina, excursiones guiadas a museos…cualquier cosa que implicase ver gente, y aprender inglés, que era el propósito de estar allí.

No recuerdo dónde, pero un día vi un anuncio que me llamó la atención. Artista local buscaba modelos de desnudo para practicar. Sonaba interesante, algo que nunca había hecho y que me daba mucho morbo probar. Nunca he sido una persona abierta, y estaba intentando hacer cosas fuera de mi zona de confort. Vale que aquello era muy fuera de mi zona de confort, pero no sé por qué la situación me daba más morbo que vergüenza.
Recibí una respuesta casi de inmediato, y quedamos para el día siguiente.
Su estudio resultó ser una antigua fábrica que habían remodelado en oficinas y estudios de arte. Finalmente lo encontré y nos pusimos a trabajar. El chico era muy bueno, todo hay que reconocerlo. Hicimos varias poses y todo era muy natural. No me sentía cohibida, todo lo contrario. Fluía de manera natural.
En un momento dado, me preguntó en qué estaba pensando.
“En lo injusto de la situación, le respondí. “Me estás viendo en todo mi esplendor desde todos los ángulos posibles y yo de ti solo se tu nombre”.
Y se desnudó. “Ahora estamos a pares”.
No sé cómo o cuándo pasó. Recuerdo que se me acercó para modificar mi postura para la siguiente obra, su mano rozó mi pezón, y de un momento a otro estábamos los dos tirados en el suelo, rodeados de pinceles y de obras en blanco, retozando como conejos en celo. Visto desde la distancia, no fue un polvo como para echar cohetes, ni siquiera llegué a correrme, pero en conjunto, todo fue muy erótico y yo estaba excitada como nunca antes lo había estado.
Todo acabó tan rápido como empezó. De repente no había intimidad, todo se volvió frío. Me vestí, nos despedimos y me fui.

Haciendo de Sherlock Holmes con un amigo, descubrí que estaba casado. Tenía una mujer y una hija en España (coincidencias de la vida, el artista ni siquiera era español). Descubrí casi hasta su número del carnet de identidad, pues resultó ser bastante famoso y había muchas entrevistas y cosas publicadas en prensa y radio.
El siguiente día que quedé con él, le comenté abiertamente todo lo que había averiguado.
Me dijo que le encantaba el sexo. Que su mujer estaba al tanto de todo, que había intentado dejarle, pero que se habían dado cuenta de que no podían vivir el uno sin el otro, por lo que habían acordado esto. No se porque, pero me sonó todo a cuento chino y que la pobre mujer no tenía ni idea de nada.
Además, por lo visto, el acuerdo no incluía la misma libertad para ella. Con una marichulez tremenda me dijo que a su mujer la dejaba bien servida cuando iba a verla porque él era muy macho, como yo había comprobado, por lo que no había necesidad de darle a ella la misma libertad.
Acto seguido me invitó a volver a su estudio cuando quisiera, sin ni siquiera avisar. Y que, si iba y le veía ocupado con alguna modelo, podía simplemente entrar y unirme a la fiesta. O llevar mi propia compañía, lo que yo quisiera.
Puede ser que yo quisiera abrir mi mente y salir de mi zona de confort, pero aquello ya fue demasiado.
Me vestí, recogí mis dibujos y me marché de allí. No podía ser partícipe de aquella mentira.