Estoy segura de que hay una ley no escrita según la cual no se pueden mezclar el sexo y el trabajo, porque de ahí sólo salen follodramas. Por suerte o por desgracia pude comprobar en primera persona que esto es cierto.

En marzo la empresa familiar en la que trabajaba quebró. Vivo en una ciudad minúscula y abrieron un centro comercial en el barrio, así que muchas tiendecitas pequeñas tuvieron que cerrar. Conservé la amistad con mi jefa y mi compañero de curro, y empecé a buscar algo nuevo con una mano delante y otra detrás. Empecé a empalmar trabajos de camarera y cajera durante todo el verano, y en septiembre conseguí una entrevista en una empresa muy top de mi sector. ¿Y qué tiene esto de malo? Pues que estaba en otra ciudad y tendría que ir en coche sí o sí.

Llegó el día de la entrevista y yo me puse mis mejores galas. Un pantalón negro, una camisa informal, un maquillaje discretito pero elegante y unos zapatos a estrenar divinos de la muerte. Lo peté, chiquis. Entré con una seguridad en mi misma que jamás había tenido y me lucí como nunca. Me sentía como cuando me bebo tres copas de Puerto de Indias de fiesta y me pongo a bailar pensando que me sé la coreografía.

Salí del despacho de la chica de recursos humanos y al cruzar un pasillo largo me crucé con ÉL, en letras mayúsculas y luces de neón. Era Javi, mi amor platónico del instituto. Tenía cuatro años más que yo y con 30 te parece una bobada, pero con 14 es demasiado. Seguía igual de guapo y yo ya no notaba cosquillas en el chichi al verle, sentí un puto tsunami.

– ¿Lucía?

En cuanto abrió la boca yo me sentí una adolescente otra vez. “Sabe mi nombre, qué fuerte, se acuerda de mí, me muero”.

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Nos dimos dos besos y me preguntó que qué hacía allí. Le conté que estaba en una entrevista y que me iba a volver a mi ciudad antes de que se hiciese tarde. Él me dijo que en 10 minutos salía de currar y que si me apetecía, podíamos ir a tomar algo. La respuesta fue un sí rotundo.

Cenamos juntos y acabé la noche en su casa, follando como siempre deseé hacerlo. Me comió tan bien que me corrí tres veces, no os exagero. Fue una puta fantasía de noche y por fin cumplí mi fantasía de la adolescencia.

Al día siguiente me volví a mi casa y dos semanas después me llamaron para decirme que me habían contratado en la empresa. Yo ya me veía con un curro fantástico, un posible noviete increíblemente sexy y una casa monísima en una ciudad nueva donde los alquileres estaban baratísimos. No todo es color rosa y el puesto que me dieron fue el de Javi, al que despidieron porque estaban descontentos con su trabajo. Él se entero de toda la noticia y se cabreó conmigo, expandiendo el rumor de que yo era una trepa por toda la oficina. En mi nueva casa había un nido de cucarachas y tuve que aguantar cinco fumigaciones.

Moraleja de la historia: que las fantasías de la adolescencia se queden en eso, que en la realidad todo empeora.

Anónimo

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