Cuando estaba empezando a conocer al que hoy por hoy es mi marido, tuvimos un percance que casi provoca que hoy no estuviésemos juntos. Siendo un follodrama, podríais pensar que hablo de alguna fantasía sexual ridícula, un accidente practicando BDSM, o hasta un embarazo por la escuadra. Pero nada más lejos.
Allá por nuestros comienzos, cuando aún estábamos en los primeros meses de nuestra relación, mi entonces novio sufrió un accidente laboral que tuvo como desenlace un esguince de segundo grado bastante fastidioso. Cada uno vivía en una ciudad y solíamos vernos los fines de semana en mi casa, pues yo era la que vivía independizada de los dos. Pero dado el nefasto incidente, mi novio no estaba ni para coger un autobús, y yo trabajaba cada tarde y noche en mi ciudad, por lo que tampoco podía marcharme a la suya.
Esto nos llevó a pasar por tres dolorosísimas semanas de no poder vernos y llevando juntos tan poco tiempo, supusieron también tres semanas de una tremendamente frustrante sequía sexual. Nos pasábamos los días hablando por WhatsApp o videollamada y no hacíamos más que fantasear con nuestro próximo momento de intimidad a solas, lo cual no provocaba otra cosa que aumentar la tensión sexual ya existente.
Y por fin, pasaron las tres semanas y le quitaron el aparatoso vendaje que le impedía andar libremente. Le recetaron Paracetamol y una crema anestésica con calor por si tenía molestias los primeros días, ¡pero ya era libre!

Quedamos esa misma tarde. Yo era toda nervios esperándole en mi casa, con un precioso conjunto lencero rojo que había comprado para la ocasión. Llamó al timbre y nada más abrir la puerta nos besamos apasionadamente mientras avanzábamos a trompicones hasta el dormitorio. Pero no duró mucho ese arrebato, ya que el pobre chico venía con el pie bien dolorido y me pidió parar un momento para ponerse la crema anestésica.
Cinco minutos después volvió de baño, y entonces sí que dimos rienda suelta a nuestra pasión. Durante los preliminares, él comenzó a tocarme bajo la ropa interior bajando hasta el clítoris. Todo iba genial por allí abajo, mientras a la par nos dábamos besos por aquí y mordiscos por allá. Estaba tan metida en el tema que al principio no le presté atención, pero al poco tiempo empecé a sentir un extraño calor en la cuca. Seguí adelante sin pensarlo demasiado, pero lo cierto es que aquello comenzaba a ser molesto. A los pocos minutos le tuve que decir que parase, porque de molesto había pasado a ser insoportable y no entendía qué estaba pasándome.
Le expliqué por encima cómo era la molestia y se puso blanco. Me preguntó si notaba mucho «calor» en la zona, y le dije que más que calor sentía que tenía el propio infierno quemándome entre las piernas. Y soltó: «¡No puede ser! ¡Si me he lavado las manos a conciencia!». Fue entonces cuando caí en la cuenta: la crema anestésica de calor. Salí corriendo a la ducha y me enchufé la alcachofa con agua helada a la parrusa, mientras aquello pasaba al punto de ser hasta doloroso. Aquel día la expresión «en lo más íntimo, quiero chili» adquirió para mí un nuevo significado.

Tras media hora con la manguera de agua helada apuntando al núcleo de mi propio volcán en erupción, la sensación comenzó a disminuir y el cabreo a aumentar.
Indignada, me leí el prospecto de la crema por si tenía que irme para urgencias: estaba elaborada con una sustancia que se extrae de los chiles, la capsaicina. Y pese a haberse lavado las manos tras aplicársela, mi querido novio no hizo hincapié en el interior de los bordes de las uñas, cosa que el propio medico había mencionado para evitar molestas irritaciones por contacto, dada la potencia de la crema.
Lo acabé perdonando al día siguiente porque, una vez pasados el cabreo y la quemazón, comprendí que fue claramente un accidente. Pero creedme, pienso recordarle el resto de nuestro matrimonio que casi me desgracia la parrusa con la que ahora conocemos como «Crema Infierno».
Escrito por Carol M., basado en una historia real anónima.