Mis primeras experiencias sexuales con el chico con el que estuve desde mis 17 años hasta los 19, se pueden considerar totalmente bizarras por lo que os voy a contar a continuación.

Era mi primera relación, mi primer novio serio, el primer chico del que me enamoré y también la persona con la que perdí mi virginidad.

Entre nosotros todo iba bien y hoy, mirando toda la historia con la perspectiva que dan los años, puedo decir que -a pesar de nuestra juventud e inexperiencia- fue una relación sana que a ambos nos ayudó a crecer, madurar y aprender el uno del otro.

 

 

Nos quisimos, compartimos nuestras penas y alegrías, nos apoyamos, fuimos grandes amigos además de pareja.

Ambos conocíamos a nuestras respectivas familias y estábamos perfectamente integrados en ellas. Tanto en la mía como en la suya, nos conocían tanto y tenían tanta convivencia con nosotros, que nos trataban como a unos hijos más por las dos partes.

Por la suya especialmente. Y esto era debido a que era huérfano de padre desde hacía muchos años, no tenía hermanos y vivía solo con su madre, una mujer que era encantadora pero que estaba claro que se sentía muy sola y se volcaba con mucha más intensidad en su cachorro, y también en mí en cuanto entré también en su vida…

 

 

Era muy bonito y agradable sentirse tan aceptada y querida, pero estaba tan encima nuestra que había límites que no quedaban del todo claros e incluso que brillaban por su ausencia…

Cada vez que su hijo y yo teníamos relaciones estando la señora en su casa, al poco de terminar, ella irrumpía amablemente en el cuarto y se disponía a recoger el preservativo usado que su hijo había depositado en el suelo nada más concluir el acto.

Eso sí, la mujer al menos anunciaba su llegada golpeando la puerta. Daba un par de toques y entraba sin esperar respuesta.

 

Teníamos el tiempo justo de tapar nuestros cuerpos desnudos con la sábana y ella aparecía con una sonrisa de oreja a oreja, dispuesta a recoger la basura recién generada y a preguntarnos con todo su cariño si queríamos tomar algo para reponer fuerzas…

Un misterio que nunca llegué a resolver era cómo llegaba a saber que habíamos terminado para entrar, pues siempre lo hacía en el momento justo.  ¿Se pasaría todo el rato escuchando con la oreja pegada la puerta? ¿Haría sus propios cálculos?

Por muy silenciosos que fuéramos (que os juro que lo éramos por una cuestión de pudor al no estar completamente solos en casa) y por horas que pasásemos en su habitación, siempre acababa apareciendo al poco de que terminásemos.

 

A veces incluso sucedía en plena madrugada durante los fines de semana, y yo me preguntaba si no se acostaba expresamente hasta quedarse tranquila sabiendo que su niño ya se había relajado, si era ella la que no podía dormirse hasta tener el control de que todo estaría limpio, si tenía un sexto sentido que le hacía despertar expresamente en el momento indicado.

Sé que todo esto parece completamente increíble y habrá mucha gente que piense que no es posible, pero os aseguro que así sucedía.

 

 

Y ya os digo que, aunque no os lo creáis, en aquel momento me parecía hasta normal, supongo que también por la naturalidad con la que mi chico reaccionaba, pues nunca noté que la situación le desagradase.

Ciertamente, hoy soy muy consciente de que aquello no solo no era normal sino algo muy raro e incluso muy turbio…

Pero, qué queréis que os diga, a pesar de eso y después de tantos años, siempre he recordado con mucho cariño a esa extraña mujer.