¡Cállate lorito!

Esta es una de las frases que suele decirse como broma cuando alguien habla demasiado. Cuando alguien la dice siempre recuerdo lo que me pasó con una novia que tuve. No vivíamos en la misma ciudad y tampoco compartíamos opiniones, o gustos, pero nos llevábamos bien. Aprendimos a entendernos mutuamente, a respetar lo que pensaba la otra persona y a pensar en planes en común que nos gustasen a ambos.

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Hace más de 20 años, cuando salías tres veces con la misma chica era casi obligatorio tener que ir a su casa a que te presentase a sus padres. Aquello era como un examen/interrogatorio en la que el padre te preguntaba lo que le apetecía, «¿has hecho la mili?» o «¿qué piensas de los maricones?» eran dos cuestiones muy repetidas. La madre, normalmente, te cebaba como si te fuera a rifar en la siguiente Navidad y te preguntaba si tenías hermanas, o si habías tenido muchas novias.

Pues bien, en este caso no pasó nada de lo anterior. El padre me vio salir de la habitación de su hija y se metió corriendo en la suya sin saludarme. La madre comentó que su hija no le había avisado y que por eso no tenía comida alguna que ponerme en la mesa. Me dio por responderle «no hay problema señora, a la próxima reservo mesa y ya está». Comenzó a reírse de manera escandalosa. El sonido de su carcajada era lo más parecido a cruzar la risa de una hiena con un rebuzno. 

Ese mismo sonido se me clavó en la mente durante todo el tiempo que estuve con mi novia. Uno de los días que fui a comer me dijeron que tenían una sorpresa preparada para esta señora. Llegué y vi en medio del salón un enorme envoltorio de regalo. Aquello podía ser un frigorífico, un mueble o cualquier otra cosa, pero era una jaula con un loro multicolor al que pusieron de nombre Simón.

 

El animal emitía algunos sonidos, comía pipas, te tiraba las pipas encima, te daba picotazos si metías el dedo, en fin, cosas de loros. Iban pasando las semanas y Simón imitaba el sonido de las ambulancias, el del portero automático, alguna canción y poco más. Yo siempre le llevaba algo para que estuviera callado mientras intentaba acostarme con mi novia y la táctica funcionaba.

Lo malo es que mi chica no se preocupó lo suficiente, y era lógico, de informarme de los avances canoros de Simón. Un día en el que sus padres y sus hermanas se fueron a pasar el fin de semana por ahí, me fui a su casa y le dije a mi chica que por qué no nos lo montábamos en el salón donde tendríamos más espacio para movernos y para disfrutar. Así lo hicimos. Pusimos una toalla en el sofá y comenzamos a liarnos. 

Una cosa llevó a la otra y cuando ella estaba a cuatro patas y yo dando lo mejor de mí escucho a Simón riéndose como la madre de mi novia. Me quedé de piedra y ella me dijo que siguiera que estaba a punto de alcanzar el orgasmo. Simón entró en bucle y no dejaba de imitar la risa una y otra vez mientras se movía arriba y abajo. 

Lo intenté, ella me dijo «no pares ahora» y la intensidad del graznido de Simón eran ensordecedora. Se la saqué y le dije a mi chica «lo siento mucho, no puedo seguir escuchando cómo tu madre se ríe de mí». Al menos se lo tomó a cachondeo y comenzó a reírse. Nos fuimos a su dormitorio a rematar lo que habíamos comenzado. De Simón no sé nada porque la relación se terminó, pero quizá siguió riéndose de los siguientes novios de mi exnovia. ¿Habrá superado alguno semejante prueba de fuego?

 

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