Yo ni me había fijado en él, fue mi amiga la que me avisó de que había un tío que no me quitaba ojo. Era viernes noche, estábamos tomando unas copas y el susodicho y sus amigos no tardaron en acercarse a mí y a las mías. Todo muy típico y tópico.
El chico era simpático, pero yo no tenía el chichi para farolillos y sí muchas ganas de pasar un buen rato con mis amigas. Así que nos terminamos las consumiciones y nos fuimos a otro garito a seguir riendo y bailando como si estuviéramos solas.

A la semana siguiente la casualidad, y que nos estábamos moviendo por los locales de moda, supongo, hicieron que nos volviéramos a encontrar. Esa segunda vez estuve un poquito más receptiva a sus intentos de llevarme al huerto, pero, meh, tampoco me acabó de apetecer del todo.
Lo mismo hice la tercera y la cuarta vez que nos vimos.
A la quinta su campaña de acoso y derribo se intensificó. En plan bien, eh, no me malinterpretéis. Quiero decir que no hubo acoso en sí, es que el chico me metía fichas de forma tan descarada que yo no sabía si reír, si seguirle el rollo o si hacerme la loca para ver hasta dónde era capaz de llegar.
A la sexta me pilló, digamos, sensible. Con la guardia baja y la hormona alta. Y me dije, si mi mente necesita marcha y mi cuerpo pide meneo, se lo vamos a dar de una vez por todas.
Y vaya que nos lo dimos. Un meneo de los buenos, sí señor.

De esos que te dejan tan contentilla que te planteas ‘oye, este chico tiene un potencial mayor ¿no? Lo mismo podemos repetir y lo que surja’. Al fin y al cabo, llevaba más de un mes intentándolo sin decaer. Su persistencia me pareció un buen indicador.
Ahí estaba yo, nadando en endorfinas, cuando voy y le comento que al final ha merecido la pena ceder porque ha superado mis expectativas y tal. Eran los orgasmos los que hablaban por mí…
Y entonces él se pone en plan ‘oh, ¿acaso lo dudabas?’, como super falsamente ofendido. Bromeamos un rato, nos echamos unas risas y, de pronto me suelta: ‘Fuera coñas, para mí ha merecido mucho la pena, ya tengo un check más en mi lista’.
No sé, las palabras check y lista en boca de alguien con quien estás hablando del sexo que acabáis de tener por primera y única vez, suenan chungas de narices.
Respiré hondo y le pregunté qué coño quería decir con eso.
Respuesta: ‘Tengo una lista de polvos que echar antes de morir y uno de los puntos era hacerlo con una asiática’.

Vamos, lo que toda chica en esa situación quiere escuchar. ‘He querido acostarme contigo para cumplir una fantasía en la que todo lo que tenías que hacer era ser de una raza concreta’.
¿Qué era yo para ese capullo? ¿Un premio cutre de la tómbola? ¿El cromo que le faltaba para completar una página? Así fue como me sentí, desde luego. Se lo quise explicar con calma, pero lo cierto es que lo hice casi a gritos.
Él, para arreglarlo, no tuvo mejor idea que decirme que le habría valido una asiática de cualquier parte del continente y que, pese a ello, se había tomado el tiempo de conseguirlo conmigo porque las que más le gustaban eran las chinas y, además, yo suponía un punto extra porque estaba muy buena.
¿¡Cómo no me sentí halagada!?
Recogí mis bragas, lo mandé a la mierda y, cuando ya me iba, le informé que había desperdiciado su polvo exótico. Porque yo no soy china, sino española, mi madre es vietnamita y mi padre es de Toledo.
Una china muy chinada
Envíanos tus Follodramas a [email protected]