Culminar en estéreo está sobrevalorado y más si estás en casa ajena.

Esta es la historia de una tórrida tarde de verano de sexo sin compromiso. Llevaba hablando con este señor ya unas semanas y las conversaciones se subían de tono con el primer hola.

Como eso de estar en tensión sexual no es nada sano ni recomendable, le dije de quedar, tomar algo y ver qué surgía.

¿Y qué iba a surgir? ¡Lo que ambos estábamos deseando!

Yo soy algo tiquismiquis con los primeros encuentros, porque, hasta el momento, había tenido la creencia de que el primer encuentro siempre es más cortante y decepcionante.

He de admitir que siempre me he topado con hombres que no mostraban su excitación de manera verbal o auditiva, es decir, que respiraban fuerte o emitían algún resoplido, pero no gemían. Sin embargo, este caballero empezó a balbucear su placer desde los primeros besos.

A mí me ponía tontona escucharle, la verdad. A pesar de ello, tenía algunos detalles que no eran normales. Si le tocaba los pezones gritaba como si le hubiera pisado un pie, al agarrarle del culo salía de sus fauces un grito vikingo y todos sus sonidos iban en aumento.

La cosa no paró en ningún momento, pero me sentí algo intimidada porque él gritaba bastante más que yo. Una quiere pensar que es buena hacedora de placer, pero a veces me llegué a plantear si no estaba exagerando una chispitina.

El colofón final vino con su explosión de color (lo siento, soy una ridícula y me encanta llamar así a la eyaculación). Siento ser explícita, pero así me vas a entender mejor. La cosa derivó a que yo bajara “a jugar” un rato. Cada vez me acercaba a algunas zonas, sus gritos superaban los decibelios permitidos para una tarde de sexo. El último alarido que sus cuerdas vocales me patrocinaron para indicarme que ya lo tenía, fue uno tan rudo que no parecía que saliera de un humano.

Al poquito tiempo, me sonó el timbre. Abrí intentando que no se notara mucho lo que había estado haciendo, pero era evidente. Se trataba de mi vecina de enfrente que estaba asustada. Pensaba que lo que había estado escuchando era algo así como maltrato animal o alaridos de un perrete herido que le rompían el alma.

Mi pobre vecina intentaba buscar con la mirada si había rastro de sangre o alguna pista que demostrara que yo fuera una sádica, pero no obtuvo respuesta visual. Como pude le pedí perdón y comenté que no se preocupara, que no volvería a pasar.

Nunca antes me había sentido tan avergonzada por hacer algo que me encanta de manera libre, pero desde ese día aprendí a que menos volumen también tiene su punto de sensualidad.