La culpa es mía por ir de superficial, lo reconozco, pues el protagonista de esta historia es un chico con el que me lie única y exclusivamente porque estaba bueno pero que muy bueno.

Quiero decir, me ‘enamoré’ de él porque desde que lo vi cuando entré con mis amigas en aquel bar, ya no vi nada más.

La erótica de los camareros, que es que son mi debilidad. Este camarero en concreto, además de ejercer dicha profesión, y de estar como un quesito, era el típico tío que sabe el efecto que causa en su público.

De pronto dejamos de ir a nuestro garito favorito, porque aquí la pesada descontrolada esta solo quería ir al lugar de trabajo del chaval.

Tan guapo, tan buenorro, tan experimentado… Me hice a la idea de que tenía que follar como los putos dioses, así que todo lo demás me daba igual.

Yo no iba buscando una relación seria, un gran conversador ni mucho menos el amor. Lo que yo quería era que ese chico me dejase los ojos del revés.

Total, que empiezo mi campaña y el bueno del camarero no tarda en morder el anzuelo. Ni tardamos mucho más en dejar claro que ambos teníamos las mismas intenciones para con el otro. Por lo que nuestras charlas de barra fueron subiendo de tono a la misma velocidad y, no sé cómo ni por qué, en un momento dado de un martes cualquiera él va y me pregunta si me gusta el sexo anal.

No es mi favorito, la verdad. Pero como me moría de ganas de tener todo tipo de sexo con el chaval, le dije que, si se lo curraba bien, podría llegar a ser. Con mi mejor cara de golfa, por supuesto.

Entonces él sonrió y me soltó, en bajito y muy pegado a mi oreja: ‘te voy a comer el culo de tal manera que al final vas a ser tú quien me pida que te la meta’.

Sí… eso es de alguna peli fijo, a mí también me suena.

Pero, francamente, añadí la comida de culo a mis películas mentales y, buff, menudo taquillazo salió de ahí.

Nos dejamos de tonterías y, sin más preámbulos, agendamos la cita para el jueves, que era cuando le tocaba librar.

Quedamos en su casa y, dos minutitos más tarde de la hora acordada, me presenté allí recién duchada, perfumada y medio cachonda ya, las cosas como son.

El colega me recibió en chándal, pero mira, le quedaba como un puto guante y para lo que le iba a durar puesto…

Efectivamente, nos empezamos a enrollar nada más entré por la puerta.

El tío me empuja contra la pared, me sujeta por las nalgas y empieza a estrujármelas y a decirme que lleva días soñando con mi culo.

Ahí me da por pensar que lo mismo tiene una obsesión rarita, sin embargo, una vez más, lo dejo correr. Pasamos al cuarto, nos quitamos la ropa, nos tiramos en la cama y, después de besarnos y frotarnos un ratín, me mira con intensidad y me dice que me dé la vuelta.

Allá vamos, pienso mientras recuerdo con satisfacción los minutos extra que invertí en higienizar la puerta de atrás.

Siento cómo me pasa la lengua por las corvas, va subiendo y, justo cuando debería notar que se aproxima a la zona cero… se para. Se queda muy quieto. Luego como que me abre un poco las cachas con las manos y yo ¿perdona?

Me giro y, sin darme tiempo a preguntarle qué le pasa, me dice: ‘Joder, cuánto pelo. ¿Esto es normal?’

 

Cabe destacar que yo voy depilada. Es decir, me depilo las piernas, las axilas, las ingles, y llevo el pubis recortadito. Pero nada más, porque no quiero y porque no soy muy peluda, a lo mejor. Sí es verdad que lo que viene siendo el ojete lo llevo al natural.

Pero, a ver, es un culo normal. Sin rasurar, pero normal.

Por un momento tuve el impulso de defenderme, aunque duró tan poco que no terminé de hacerlo.

O igual no lo hice porque antes de que pudiera cagarme en su estampa, él se arrodilló sobre la cama, puso los brazos en jarras y, con cara de acabar de oler mierda, añadió: ‘tía, yo esto no lo había visto en mi vida, eh. Creo que no voy a poder’.

Pues mira, ni él iba a poder ni yo seguía queriendo, así que a tomar por culo.

Al menos en sentido figurado. Porque en sentido literal va a ser que no.

 

Anónimo

 

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