Eran otros tiempos. Aquella chica y yo no teníamos un lugar donde darle rienda suelta a nuestra pasión y nos teníamos que buscar la vida como todo el mundo. Además, a ella le encantaba el riesgo. Siempre le apetecía tener relaciones, pero con una dosis de emoción provocada porque nos pillasen. Le encantaban los sitios públicos y nos habíamos convertido en maestros del disimulo, del uso de abrigos para tapar nuestras vergüenzas y de todo tipo de recursos, pero lo de aquel día fue ir más allá.

Más historias hot y divertidas en whatsapp, PINCHA AQUI

Fue un viernes de otoño en un centro comercial sobre las tres de la tarde. La verdad es que la gente estaba en los restaurantes comiendo, o comprando ya las palomitas para la primera sesión de la película elegida. La verdad es que entré en Zara como hacíamos habitualmente. Ella comenzó a mirar las prendas, eligió algunas y se fue al probador. 

Como era habitual, yo me quedaba fuera porque me daba vergüenza lo de meterme en un pasillo con otras mujeres cambiándose de ropa. Ese día no había nadie y mi chica eligió el último probador del pasillo para cambiarse. Normalmente, ella se ponía la prenda, salía al pasillo, veía cómo le quedaba lo que fuera y ya ella decidía si se compraba, o no, lo que fuera menester. Pero ese día, cuando salió me dijo que me acercase al probador.

Así lo hice, y antes de que me diera cuenta me dio un tirón del brazo, me metió en el interior y lo siguiente que vi es que estaba de rodillas bajándome los pantalones y los calzoncillos. A todo esto, llega una cliente al probador del otro lado del pasillo, mi chica se excita todavía más y allí andaba yo luchando por no tener un orgasmo, mordiéndome la lengua para que no se me escuchara gemir y aguantando con los dos brazos la cortina para que no se abriera.

Le susurré que se levantase para metérsela, pero no le apetecía, quería seguir allí a lo suyo y provocarme…lo que me terminó provocando. Llegado el momento, no me preguntes por qué, me puse a dar golpes en la pared del probador para intentar frenar todo lo que sentía. Ella también estaba con una enorme excitación y fue entonces cuando llegó la encargada de controlar el probador. 

Tras limpiarme y arreglar mi vestimenta, disimulé como pude para sacar medio cuerpo por la cortina y aparentar que estaba viendo cómo le quedaba una prenda a mi novia. La señora me dijo que no había que dar golpes en el probador y que saliera porque había una mujer cambiándose en el otro probador. 

Rojo de vergüenza, salgo de allí y cuando me doy la vuelta veo a la señora del otro lado diciéndole a mi chica «anda que no tienes peligro tú, me he dado cuenta de todo, pero muy bien que hacéis». La sonrisa de mi novia lo solucionó todo, pero jamás volvimos a entrar en esa tienda en concreto.

Siempre nos preguntamos si verían las cámaras de seguridad que dan al pasillo, o si esa señora se dio cuenta de lo que pasó y no dijo nada. De todas formas, fue una experiencia más para contar a los nietos. Eso sí, eran otros tiempos. Quizá ahora no sería tan fácil hacer algo similar e incluso podríamos terminar en Internet tras ser grabados. ¡Alguna ventaja tenía que tener haber vivido en los 90!