Antes de ser madre, tenía una relación muy buena con la familia de mi pareja. Su madre es una señora súper agradable, se esforzaba en hacerme sentir bien en cada reunión familiar, nunca tuvo un mal gesto conmigo.
Con mis cuñadas he tendido una relación de amigas. Mi marido tiene dos hermanas y desde que me las presentó, ya encajamos. Nos hemos ido de compras juntas, a comer y hasta algún sábado a echarnos unos bailes.
Pero bastó un test de embarazo positivo para que algo en mi cerebro hiciera click y aquella gente que siempre me había parecido maravillosa, me empezara a resultar irritante. No me preguntes por qué, porque no lo sé.
Tengo que reconocer que en el embarazo me molestaba hasta mi marido. Le cogí manía, me sentaba mal todo lo que hacía, no me gustaba cómo se vestía para salir a la calle, hasta su voz me resultaba desagradable. Y si llegué a odiar a la persona que en ese momento más quería, cómo no me iba a exasperar la presencia de mis cuñadas y mi suegra…

Me molestaba que me tocaran la barriga sin permiso, que opinaran del nombre que íbamos a ponerle a nuestro hijo, o que me contaran su parto traumático con todo lujo de detalles, y sin yo haber preguntado.
Siempre pensé que era cosa de las hormonas del embarazo, pero es que cuando nació mi hijo ese odio se multiplicó por mil. Me fastidiaba que quisieran coger a mi hijo, que se ofrecieran a cambiarle el pañal o a darle el biberón para que, supuestamente, yo descansara un rato.
No tengo nada malo que decir de ellas. Son buenas personas, se han portado siempre bien conmigo y con mi hijo. Entendieron que no quisiéramos visitas en el hospital cuando nació el niño y esperaron a ser invitadas a casa para conocerlo. No se presentan en casa sin avisar ni hacen cosas que sobrepasen nuestros límites, pero aún así, es ver a mi bebé en brazos de mi suegra o de una de mis cuñadas y no estoy cómoda. Creo que se le va a caer o que no le está sujetando la cabeza de la forma adecuada. Un montón de pensamientos intrusivos vienen a mi cabeza.

Pero lo más curioso de todo es que cuando es mi madre quien hace todo eso —cogerlo, cambiarle, darle el bibe si hace falta—, me parece bien. Me da tranquilidad. Me da paz. Confío en ella ciegamente.
¿Será algo biológico? Como un instinto primario que tenemos las madres de proteger a nuestra cría y que solo nos fiamos de nuestra madre porque es de nuestra sangre. Yo de mi marido al principio tampoco me fiaba. Ahora ya un poco más.
He hablado con amigas mías que son madres y, para mi consuelo, muchas me dicen que no estoy sola. Que a ellas también les ha pasado. Que es normal esa sensación de rechazo o desconfianza hacia ciertas personas.
Una de mis amigas me dijo una vez: “Cuando das a luz, te conviertes en una loba. Y como loba, solo confías en tu manada. Todo lo demás, aunque venga con buena intención, lo percibes como una amenaza”. Y sí, así me siento muchas veces, como una loba a la defensiva. Y me costó un poco asimilar que mi marido también es parte de mi manada.

Ya sé que mi suegra ha criado a sus tres hijos, y que mis cuñadas lo están haciendo bien con los suyos. Pero no puedo evitar ponerme a la defensiva con ellas. Porque mi bebé es mi todo y nadie lo va a cuidar como yo.
Poco a poco estoy aprendido a poner límites con amor. A decir “prefiero que no lo cojas ahora, acaba de dormirse” sin sonar borde y sin poner cara de asesina. Ahora la tensión con mis cuñadas se puede cortar con un cuchillo. No son tontas, se dan cuenta de que estoy más distante, de que la relación tan cercana que teníamos ya no existe. Pero si realmente son buenas personas, y puesto que ellas también han sido madres, entenderán lo que me pasa.
Quizás, con el tiempo, esta sensación se suavice. Quizás dentro de unos meses lo deje al cuidado de su abuela paterna sin pensar que se va a dejar al niño caer en un descuido. Pero hoy no. Hoy sigo en fase loba.
Lo peor de todo es que a veces pienso que un día yo seré la abuela paterna, y que la mujer de mi hijo no me querrá ver ni en pintura. Porque así será. No voy a pensar que conmigo será diferente, porque es pura biología.
Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.