Romper una relación no es fácil, no es una decisión que se tome a la ligera ni en un momentito. Y si encima se trata de una relación larga y estable, pues más difícil todavía. Nosotros no estábamos casados, no había que plantearse la posibilidad de un divorcio tedioso. Era cuestión de hablarlo, de ser valientes y poner sobre la mesa lo que nos pasaba. De ver que ya no había nada que pudiéramos hacer. Estábamos acabados.
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Pero, joder, cómo me costaba. Se me hacía tan cuesta arriba que no paraba de posponerlo. Cada vez que reunía el coraje, pasábamos un par de días buenos. O nos juntábamos con la familia y me entraba el pánico a la reacción de nuestros padres y demás allegados. No quería tener que ponerme a dar explicaciones. Pero luego venía otra bronca, otro desaire o lo que fuera que me reafirmara en mi decisión. Y vuelta a empezar a hacer acopio de valor.

De ese fin de semana no pasaba, me dije. El domingo me sentaría frente a él y le diría que lo nuestro se había acabado y que no tenía sentido seguir prolongando la agonía cuando ninguno de los dos estábamos bien.
Pero el sábado recibí una llamada: mi pareja había tenido un accidente de tráfico y estaba en el hospital. Salió del peligro a los dos días, sin embargo, las consecuencias del accidente irían mucho más allá de las semanas que estuvo hospitalizado.
Y yo, como es obvio y por el cariño que nos quedaba, estuve allí con él. Le cuidé como mejor supe, le ayudé todo lo que pude.
Me guardé mis intenciones para más adelante, para cuando estuviera recuperado. Lo que ocurre es que la lesión más grave, la de sus piernas, no se iba a curar del todo nunca. Necesitaba rehabilitación y, aun cuando esta terminase, nunca recuperaría la movilidad del todo.
Así que, muchos meses más tarde, una vez recuperado, en la medida en que era posible, y una vez que le vi emocionalmente estable y capaz, retomé aquella conversación que se había quedado pendiente… y rompimos. Bueno, rompí yo. Pero si él fuera honesto, reconocería que tampoco estaba bien en la relación. Le fue más fácil subirse al carro de los que me acusaron de dejarlo porque ahora estaba discapacitado.

Todo el mundo decidió juzgarme y decidir que le había dejado porque… ¿por qué? ¿Porque ya no me valía? Como si hubiera pasado quince años de mi vida con él solo por el interés y su dificultad para caminar fuera un inconveniente insalvable. Como si tuviéramos que pasar el resto de nuestra vida atados porque él tenía ahora una dependencia que antes no.
Nadie pensó que las cosas ya debían de estar mal desde antes. Ni nadie preguntó cuáles eran mis motivos. No. Vieron la situación, se hicieron su composición de lugar y la única respuesta posible era que yo era una grandísima hija de puta que lo había dejado tirado en el momento en que más me necesitaba.
Cuando, además, no era así. No se ha quedado solo y desvalido. Pese a su nueva condición, es un hombre independiente que conserva su autonomía. Que puede vivir solo y que puede trabajar.
Pero, nada, sigo siendo la bruja del cuento porque nos desenamoramos y no supe ponerle freno antes de que ocurriera la desgracia.
Anónimo
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