Conocí a mi marido en el instituto cuando yo tenía 15 años y él 17. Era del grupo de los populares y aunque no especialmente guapo, a mí su actitud y su chulería me volvían loca. Al principio me trataba como a una niña, pese a que yo intentara llamar su atención de mil formas: juntándome con otras chicas más populares, vistiendo de forma más adulta o cualquier cosa que se me ocurriera para llamar su atención. Éramos también vecinos y el tiempo y mi insistencia hicieron que se terminara fijando en mí.

Yo estaba en una nube. Poco a poco nuestra relación empezó a afianzarse y a prosperar. Pasamos de ser dos chiquillos que jugaban al amor y enamorarnos de verdad. El tiempo pasó, entramos en la veintena y siempre éramos él y yo. A ambos nos gustaba salir mucho de fiesta, así que también en ello congeniábamos. Cuando terminamos de estudiar, encontramos trabajo y nos fuimos a vivir juntos.

Habían pasado ya muchos años, yo tenía 24 y él 26. Nos conocíamos como las palmas de nuestras manos y éramos en quienes más confiábamos. O eso pensaba yo.

En unas vacaciones me pidió matrimonio y yo no cabía en mí de gozo. Quién le iba a decir a aquella adolescente de 15 años que terminaría casándose con el amor de su vida, aquel del que se había obsesionado en el instituto como solo alguien a esa puede. Me sentía triunfadora, invencible. Empezamos a organizar la boda y pusimos fecha para dos años después, así nos daría tiempo a ahorrar y podríamos tener la boda de nuestros sueños.

En ese tiempo me quedé embarazada. No era lo que yo esperaba, pero entendí que el destino así lo había querido. Nuestro bebé nació unos meses antes de nuestra boda y yo era tan feliz. Teníamos nuestros trabajos, nuestro pisito de alquiler, nuestro bebé había nacido sano y en meses nos daríamos el sí quiero ante las personas que más queríamos.

Pese a lo mucho que nos había cambiado la vida, mi chico continuaba saliendo de fiesta. Seguíamos siendo jóvenes, él con 28 y yo con 26, pero nuestras responsabilidades habían cambiado. No le di mayor importancia. Yo era feliz con mi bebé y no necesitaba esa otra etapa de mi vida, así que tampoco me pareció tan grave que él, de vez en cuando, se viera con sus amigos y saliera por ahí de marcha.

Llegó nuestra boda y fue la celebración que siempre había soñado: bonita, emotiva y romántica. El  convite fue un fiestón. Estuvimos hasta las tantas de la noche dándolo todo: bailando, riendo, bebiendo y disfrutando. Mis padres se hicieron cargo de mi bebé y yo me permití disfrutar como antaño.

Las semanas siguientes iba por el pueblo y cuando mis invitados me veían me felicitaban por lo bien que había salido la boda y lo mucho que habían disfrutado. Sin embargo, también me llegó un rumor que me dejó en shock: en mi boda había corrido la droga. Aquello empezó a ser vox pópuli, e incluso me dijeron que mi ya marido era uno de los que llevaba la voz cantante.

No pude soportarlo más y una noche, después de acostar a nuestro bebé, hablé con él para que me dijera si todo aquello era cierto. Me lo negó por activa y por pasiva y me juró y perjuró que él no consumía. Sin embargo, algo en su forma de defenderse o quizás lo mucho que le conocía después de tanto tiempo, me hizo desconfiar. Allí había gato encerrado.

Empecé a observarlo de otra forma, con otros ojos y me di cuenta de que cada vez salía más de fiesta. El tipo de personas con el que se juntaba no eran sus amigos de siempre. De la cuenta común sacaba dinero que después no sabía decirme en qué se lo había gastado. A veces estaba irascible, como nunca lo había visto. Y en otras ocasiones lo escuché hablar por teléfono con su jefe excusándose por no haber ido a trabajar.

Estaba harta de no saber qué estaba pasando y cansada de que me soltara excusas que no me convencían, así que decidí hacer una pequeña maleta para mí y para mi hijo y nos fuimos a casa de mis padres.

Aquel ultimatum consiguió lo que yo quería: que mi marido me contara la verdad. Reconoció que llevaba un tiempo consumiendo. Yo le dije que no iba a pasar por esa situación ni hacer que nuestro hijo viviera con un padre drogadicto. Creo que fue el miedo a perder su hijo lo que lo motivó a cambiar. Volvimos a casa, primero bajo promesas de dejar las drogas, y después con certezas de que lo estaba haciendo. Le puse como condición someterse a tests de drogas que yo misma le pasaría sin decirle cuándo, así como ir a terapia con algún psicólogo especializado en la materia.

Fueron meses difíciles. Pero lo consiguió. Dejó de salir de fiesta tan a menudo porque reconoció que ese ambiente era su detonante. Asistió a terapia y encontró los motivos que le habían llevado hasta ese mundo. Y todos los tests que le hice dieron negativo. No sé qué habría sido de nosotros si no me hubiesen llegado aquellos rumores sobre lo que ocurrió en mi boda.

 

Envía tus movidas a [email protected]