Poca gente de mi entorno sabe esta faceta de mi pasado, pero hoy desde el anonimato he querido abrirme con vosotras para quitarme una espinita. Estos temas son polémicos y, en cierto modo, un tabú, aunque despiertan mucha curiosidad y morbo. Sea como sea, fui webcammer erótica y no puedo borrar esa parte de mí.

Tenía 23 años y acababa de terminar un master. Mi plan era prepararme una oposición, pero no saqué plaza. El agobio de “todo el mundo trabaja menos yo” me empezó a pasar factura, y empecé a buscar en Internet información sobre trabajos que pudiese hacer desde casa.

De repente entré en un foro sobre venta de bragas y encontré una chica que era webcammer. No sé qué cable se me cruzó, pero le escribí un mensaje privado contándole mi situación. La chica fue un amor y empezamos a hablar sobre el tema. Me asesoró, me apoyó muchísimo y hoy por hoy seguimos siendo amigas. Me contó los pros y los contras del trabajo, y un par de semanas después decidí meterme en este mundillo.

No quería gastarme un pastizal en algo que no sabía si iba a funcionar o no, así que utilicé la cámara del móvil conectándolo al ordenador con un cable.

Colgué unas cortinas en la parte de atrás de mi cama y me puse unas cuantas pulseras para tapar el tatuaje que tenía en la muñeca. Quería evitar mostrar cualquier dato reconocible sobre mí. Me puse un antifaz, me maquillé como una puerta, y con la mejor de las sonrisas comencé a grabarme en vivo y en directo en una página de webcams.

 

Durante diez meses un par de horas al día, a veces más, las invertía grabándome y cumpliendo los deseos de desconocidos de Internet. A veces eran chat grupales y a veces eran chats privados (lo cual costaba más). A veces me masturbaba, a veces simplemente me acariciaba, y otras me limitaba a hablar.

Descubrí que hay decenas de tíos con pareja que son una auténtica mierda de personas. Sé que suena hipócrita porque yo les respondía con sonrisas y les daba conversación, pero en realidad me repugnaba pensar en sus novias. Aunque sólo quisieran hablar, sabía que eso no estaba bien y me ocasionaba mucho malestar ser participe de esos cuernos.

También descubrí que los gustos son totalmente subjetivos. Mi cuerpo no es para nada normativo, y conozco webcammers igual que yo. Hay chicas delgadas, bajitas, negras, pálidas, gordas, con una barbaridad de pelo púbico o en las piernas, totalmente depiladas, tatuadas, con piercings… DE TODO. Y todas tienen su público.

Muchas os estaréis preguntando cuánto dinero ganaba. Depende del mes. Al principio menos de 500 euros, pero a medida que fui cogiendo carrerilla gané más y más. El mes que menos gané (cuando empecé) fueron entre 300 y 400 euros. El mes que más gané fueron casi 2000. Todo esto de manera legal dándome de alta como autónoma, por si alguien duda.

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Si cobrabas tanto, ¿por qué lo dejaste? Pues porque aprobé la oposición. Además, el hecho de grabarte desnuda con un antifaz siempre te hace sentir insegura por si alguien te reconoce. Yo lo pasaba mal y quería trabajar de otra cosa (aunque respeto a las chicas que son webcammers por vocación).

Moralmente tengo sentimientos divididos. Sí, vendí mi cuerpo y perpetué la sexualización femenina como negocio aunque fuese de manera consentida. Habrá quien piense que fue el “camino fácil”, pero os aseguro que desnudarse delante de desconocidos, aunque sea por Internet y aguantar los prejuicios de esta sociedad es de todo menos fácil.

 

Anónimo