Definitivamente, se nos está yendo la olla con el elfo de las travesuras. Porque una cosa es tener hijos y comerte el marrón de que el dichoso muñeco llegue el 1 de diciembre. Marrón que aceptamos voluntariamente las madres, también hay que decirlo. Como si no fuera suficiente con ser Mamás Noel, Reinas Magas, cocineras, organizadoras de cenas y eventos, ahora se nos ha ocurrido la historia del elfo para incrementar un poco más el estrés navideño. En fin.

Pero otra cosa muy distinta es que gente sin hijos se apunte voluntariamente a adoptar un elfo. ¿Me lo explicáis? Que a mí no me queda otra porque soy madre, pero tú, amiga… tú tienes salida. Corre. ¡Salva tu dignidad!

Que yo reconozco que se me ha ido la pinza con alguna trastada, como el año pasado, cuando al duendecillo de las narices se le ocurrió hacer espaguetis con tomate y me llenó los azulejos de la cocina de espaguetis pegados y tomate por toda la vitrocerámica. Ay, qué traviesillo el elfo. Me ensucia la cocina y luego la tengo que limpiar yo. Eso sí: mis hijos se partieron de risa con el desastre.

O la vez que el elfo le cortó los calzoncillos a mi marido, o cuando llenó el árbol de navidad de calcetines a modo de decoración, o cuando envolvió todos los pares de zapatos de los niños en papel de plata y les dejó una nota que ponía: “¡Hoy vais descalzos al cole!”

Pero gente que no tiene hijos, comprándose un elfo para ponerlo en situaciones graciosas y compartirlo con los demás en redes sociales… ¿Hola? ¿Todo bien por ahí?

Tengo una amiga que se ha llevado un elfo a la oficina y cada mañana me enseña la trastada que ha hecho. Me dijo ayer: “Mira, el elfo se ha ido a la fotocopiadora del trabajo y se ha fotocopiado el culo”. ¡Y ella muerta de la risa! Me ha reconocido que sus compañeros creen que le falta un verano, pero a ella le da igual, ella es feliz.

Y otra me cuenta que su madre, que vive sola, también tiene un elfo travieso al que ha llamado Rigoberto. Que tiene hasta nombre el elfo, no le falta de nada. Y cada mañana le manda un vídeo para que sus nietos vean lo sinvergüenza que es el Rigoberto.

Pensaréis: “¡Oh! ¡Qué ternura! Una abuela que se preocupa de tener un elfo y hacer travesuras para que sus nietos crean en la magia de la Navidad”. Pues ya os digo yo que esa súper abuela se preocupa más de comprarle ropita al elfo que a sus propios nietos. Pero ropita nivel outfit del día, ¿eh? Que si jersey de reno, que si bufanda tejida a mano por ella, que si un pijamita de franela. Que no repite modelito el elfo, vaya. Lo próximo es que le abra un Instagram. O un perfil de Facebook. Tiempo al tiempo.

 

También he visto que algunos negocios de mi barrio tienen un elfo. El otro día me fui a hacer la uñas y allí estaba, el pequeño ayudante de Papá Noel subido en una estantería entre los pintauñas. Al principio pensé que era decoración, pero es que pasé por allí otro día a pedir cita y me encuentro al elfo pintándole las uñas a una barbie. Casi me meo encima. Ya me ha entrado curiosidad y me asomo por allí todos los días a ver que ha hecho el elfo.

Igual yo pienso que están como una cabra y lo que están haciendo es conseguir clientas nuevas con la chorrada de poner al elfo cada día haciendo algo distrito. Ya me pasa con el bar de la plaza, que ahora voy casi todas las mañanas a tomarme el café allí a posta para ver qué está haciendo el elfo. Un marketing de diez, sin señor.

Lo de los negocios tiene un fin, pero que la gente sin hijos se esté uniendo a esta locura, debería hacernos reflexionar. O bien el mundo está fatal, o bien el elfo tiene un poder maligno que desconocemos. Yo ya no descarto nada.

El elfo ha venido para quedarse, nos guste o no. Y de verdad que las mamás que no habéis sucumbido a la presión social, sois la resistencia y os admiro. Pero yo ya tiré la toalla hace tiempo y desde septiembre ya estoy buscando trastadas nuevas en Pinterest.

De la clase del cole de mi hijo mayor, si hay 20 niños, 19 tienen elfo. Solo conozco a una mamá que se resiste porque dice que el muñeco ese le da mal rollo, que es como Chucky el muñeco diabólico. Pero luego es la mamá halloweenera por excelencia, que decora su casa en octubre con esqueletos, vampiros, arañas y un montón de cosas tenebrosas. En la fiesta el Halloween de este año del colegio tuvimos que decirle que no se vistiera demasiado terrorífica que luego los niños tenían pesadillas. Y luego dice que el elfo da miedo. Esa madre. Cada uno tenemos nuestras cositas. No pasa nada.

También creo que se van a hinchar los psicólogos a hacer dinero con todos los potenciales pacientes que están apareciendo gracias a Elf on the Shelf. Porque levantarte a las 6 de la mañana para prepararle una mini cafetería con sus tacitas, bandejitas, mini croissants de mentira, mesita, sillas y hasta un mini árbol de Navidad, todo comprado en Aliexpres, mientras tú te tomas el café frío deprisa porque te ha pillado el toro colocando todo aquello y ya vas tarde para levantar a los niños y llevarlos al colegio, es de estar un poquito cucú.