El otro día, hablando con una mamá del cole, me di cuenta de que hablo demasiado bien de mi marido. ¿Y cómo me di cuenta? Pues porque hice un comentario del tipo “pues yo llegué anoche a casa y mi marido tenía a los niños ya duchados y la cena preparada”.

Ella me miró.
Pero no me miró normal.
Se le iluminaron los ojos. Literalmente.

Y entonces dijo:
—No sabes la suerte que tienes. Cuida a ese hombre, porque cualquier día te lo quitan.

Y ahí, me acojoné.

Nuevo miedo desbloqueado: que alguna me robe a mi marido.

No es que mi señor esposo sea Brad Pitt. A mí me parece el más guapo del mundo, claro, pero objetivamente es un señor normal. Del montón. Del montón bueno, como diría Emilio de Aquí no hay quien viva.

Pero cuando una ya tiene una edad y estás entrando en la perimenopausia, dejas de buscar abdominales y empieza a valorar otras cosas. Que sepa cocinar. Que limpie la casa sin que haya que estar detrás de él diciéndole lo que tiene que hacer. Que sepa en qué cajón está las camisetas de manga larga de los niños. Que sea buen padre, buena pareja y buena persona. Lo básico. Lo que debería ser normal, pero resulta que no lo es tanto.

Hablando con mis amigas, con otras mamás del cole, con alguna vecina, resulta que no todos los maridos son como el mío. Algunos no saben lo que es un estropajo, ni una fregona, ni cuantos años tienen sus hijos o a qué colegio van. Suena exagerado, pero de verdad que no lo es. El marido de mi amiga no sabe a qué colegio va su hijo porque no ha ido jamás. Es ella quien se encarga de llevar y recoger al niño, de tutorías con el profesor, de actividades extraescolares. De todo.

El caso es que ahí es donde empieza el peligro.

Porque yo hablo. Hablo mucho. Y hablo bien. Cuento cómo se encarga de los niños, cómo me cuida cuando estoy cansada, cómo no hace falta que le diga las cosas veinte veces. Y no lo hago por presumir, simplemente cuento mi día a día.

Pero cuando veo las caras de las otras mujeres, me doy cuenta de que lo que tengo en casa es un unicornio. Un golden retriever.

El problema es que, mientras yo hablo, hay mujeres escuchando. Algunas son amigas mías, y con esas hay confianza y no voy a tener problemas. Pero a veces hablo delante de mamás del cole, o de compañeras de trabajo, que conocen a mi marido, pero no tienen esa amistad conmigo que les haga respetarme.

Y, sinceramente, me da miedo que alguna de ellas, cansadas de tener un marido que es un cero a la izquierda, quiera robarme mi joya. Y eso que de temas sexuales no hablo porque entonces si que alguna viene a intentar echarle el lazo, seguro.

Yo confío en mi marido cien por cien. Sé que nunca me va a engañar, pero me da miedo que alguna lista lo intente.

Porque una cosa es confiar en tu pareja y otra muy distinta confiar en la humanidad en general. Y a estas alturas de la vida, la fe en la humanidad la tengo regulinchi.

No es que crea que todas las mujeres estén al acecho, pero tampoco soy ingenua. Cuando llevas años viendo relaciones mediocres, dinámicas injustas y hombres que confunden “ayudar” con “hacer lo que tienes que hacer porque también es tu casa y son tus hijos”, es normal que cuando aparece uno que suma, que te cuida y que no necesita que le pongas una medalla por hacer las cena a sus hijos, más de una levante la ceja.

Y es que mi marido no es perfecto, ni falta que hace. Se deja los calcetines tirados en el suelo del salón, se olvida de cosas y a veces parezco su secretaria personal recordándole cada cita o cada cumpleaños. Pero escucha. Aprende. Se responsabiliza. Y, sobre todo, no me hace sentir sola dentro de la relación. Que eso, vale más que cualquier cara bonita o abdomen marcado.

A veces pienso que nos han educado tan mal en lo afectivo que cuando alguien cumple lo básico, lo tratamos como si fuera un dios. Y claro, luego pasa lo que pasa: que los hombres normales parecen extraordinarios y las mujeres nos sentimos afortunadas por cosas que deberían venir de serie.

Yo también he estado ahí. Yo también he normalizado lo mínimo. Yo también he aplaudido migajas. Yo también he estado con hombres que me hacían sentir pequeña. Por eso ahora, que tengo algo sano, me entra hasta miedo de perderlo. No es inseguridad, es por puro instinto de supervivencia.

Porque sí, hay mujeres maravillosas, solidarias y empáticas. Y luego están las otras. Las que te sonríen mientras toman nota mental. Las que escuchan y comparan. Las que no quieren lo tuyo porque te quieran hacer daño, sino porque están agotadas de cargar solas con todo y están listas para una pareja que se implique. Y como encontrar un hombre que se involucre parece ser que no es fácil, pues me da miedo que me quieran robar al mío.